18 de julio del 36: ni olvido ni perdón

El 18 de julio del 36 representó el fin de muchos sueños y esperanzas para las grandes mayorías del Archipiélago, y el comienzo de una época de terror y barbarie. Durante la Segunda República la clase trabajadora canaria contó con un momento único en su historia a la hora de organizarse y sumar fuerzas en pos de grandes transformaciones sociales. Fue un momento verdaderamente revolucionario, de confrontación auténtica con las clases dominantes.

La combatividad obrera de los 30 no solo animó a las élites en Canarias -el bloque colonial canario- a sumarse alegremente al levantamiento cívico-militar fascista del 36, sino que también dichas élites participaron de su promoción, ofreciendo sus recursos al enconado esfuerzo de “Reconquista” emprendido por el nacional-catolicismo español. A cambio, consiguieron buenas prebendas: mercado y protección para sus negocios; impunidad en la explotación de la clase trabajadora; y el exterminio de la vanguardia revolucionaria que alzaba la bandera de la auténtica insurgencia proletaria isleña. Sin Canarias, la guerra no hubiera sido tan fácil para el denominado “bando nacional”. Esta colonia fue más que estratégica a la hora de ofrecer a los fascistas todo tipo de recursos, con Radio Club emitiendo para todo el mundo los partes de guerra, ordenes e instrucciones; la refinería tinerfeña ofreciendo combustible; o los miles de combatientes canarios -forzosos en más de un 90%- que fueron enviados al frente (más de 80.000). Canarias participó plenamente en el esfuerzo de guerra; Canarias fue fundamental en esa guerra; y Canarias también se resistió, como pudo, sin armas, con las organizaciones descabezadas y con una izquierda republicana en las instituciones empeñada en ser “república de orden” (tibieza que, en todo caso, no les permitió obtener el perdón de los golpistas).    

Exterminio

El exterminio en las Islas se orquestó con listados de nombres en la mano. Al igual que las diferentes depuraciones de funcionarios, la matanza de trabajadores y de buena parte de los intelectuales de vanguardia que nutrían sus filas se hizo de forma ordenada -bien organizada- con una maquinaria muy bien engrasada, encargada de perpetrar las “sacas” -de prisiones militares y campos de concentración- de los presos gubernativos para “desaparecerlos”. Miles de canarios fueron ejecutados, sus despojos arrojados al mar o en el interior de simas volcánicas.

Dolor y silencio

Tendríamos que remontarnos a la conquista del Archipiélago para poder rememorar un periodo tan terrible, donde la vileza y la infamia fueran capaces de sumar tanto dolor y silencio. Las Islas se tiñeron de muerte y desesperación. La rabia contenida se mantuvo, y se mantiene, pese a los mercaderes de la memoria que pretenden hacernos olvidar, que condenan las resistencias y apelan a falaces “reconciliaciones” y otras mentiras, que organizaciones políticas, pretendidamente de izquierdas, adoptaron tras la muerte de dictador Francisco Franco (más que lamentable es condenable el papel jugado por el PSOE o el PCE durante la denominada “Transición”).

Régimen del 36

Sin justicia, sin la condena de los genocidas y de todos los que promovieron la represión contra la mayoría trabajadora, no hay reparación, y cualquier legalidad se transmuta en opresiva, en ilegalidad que persiste. Con los muertos en las cunetas, en los barrancos, en simas y en el fondo del mar, sin una constricción verdadera, con voluntad de enjuiciamiento de los crímenes cometidos por parte de los poderes fácticos -la Iglesia, el Ejército, las élites empresariales y políticas que alimentaron el odio y la guerra- no puede darse ninguna legalidad aceptable. No hay verdadera democracia, sino que detrás de esa palabra se oculta la persistencia de la ilegalidad, la absoluta pervivencia del orden fascista. El denominado “Régimen del 78” no deja de ser heredero legítimo del régimen político inaugurado por la “España sublevada” en julio del 36.

Para Canarias, el exterminio de sus vanguardias políticas y revolucionarias supuso la pérdida de una oportunidad de edificar un proceso de emancipación de clase, que irremediablemente se encaminaría hacia la emancipación nacional del Archipiélago. Porque solo una conciencia revolucionaria puede dar sentido a la verdadera emancipación nacional de un pueblo. Pruebas de lo que decimos quedarán para la historia en los programas políticos del Frente Único Revolucionario (FUR) del 33 y 34, y en los textos de uno de los más importantes dirigentes comunistas de la época, el gomero Guillerno Ascanio Moreno. Sin olvidar las reflexiones que se dieron en el seno de las importantes organizaciones anarquistas canarias (como la CNT), que no eran extrañas ni ajenas a los debates sobre la emancipación del Archipiélago.

 

 

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