Acción: Reacción

La cafetería estaba llena de gente. No estábamos autorizados a utilizar megafonía: ni nosotros ni nadie. Pero el lugar nos pareció atractivo y allí celebrábamos nuestro tercer aniversario. Estábamos todas las personas del grupo y, algunos, conseguimos llevar a nuestras parejas o personas más cercanas.

Sin micrófono, sin sonido, empezar iba a ser complicado. Tal vez, no deberíamos haber ocupado el escenario antes de empezar, pero ya era tarde para esa reflexión. Así que, Nira y yo, nos pusimos en pie y ocupamos el frente de la plataforma: la gente no hizo caso y el barullo general se alzaba por encima de nuestras voces. De repente, Cristina se puso a aplaudir y la acompañó todo el grupo. Así se consiguió el silencio y la atención de los presentes.

Había pasado más de una década. En aquel entonces, frecuentaba un espacio paradisiaco en la costa de Bajamar. Una zona nudista que llamábamos “El charquito”, que también es conocido como “El charco de la laja”, justo al lado del Club náutico de Bajamar.

En “El charquito” nos encontrábamos muchas personas con tendencia naturista; o, quizás, más bien nudista. Así, formábamos un sólido grupo que poblaba aquel lugar; muchas veces, hasta saturarlo. El espacio principalera un charco alargado, como mucho de quince metros y un par de ellos de ancho, de una profundidad que no alcanzaba en ningún sitio los dos metros. Todo su fondo estaba cubierto de fina arena; y entraba agua casi todo el tiempo, lenta y suavemente, a través de un muro de piedra casi a ras del mar. Allí disfrutábamos de un espacio salvaje, lleno de peces, con las mejores condiciones de tranquilidad.

Algunas personas, llevaban pan y se satisfacían poniéndolo entre sus manos -apenas sumergidas- para que alcanzasen los peces y se dieran su banquete con la ofrenda. Todo un espectáculo para los más pequeños que se educaban en una conexión entre humanos y animales pocas veces vista.

Éramos una tribu incluyente.

-¿Cuál es la zona no nudista?

-La que usted quiera. A nosotros no nos molestan. – Me di el placer de contestarle a algún extraño recién llegado.

Ni siquiera teníamos problema con los pescadores de caña que nos rodeaban, a pesar de sus indiscretas miradas. Pero aquel día, uno de ellos se acercó demasiado.Venía con un niño pequeño; de entre siete y nueve años, calculo. El adulto, traía una larga caña y un cubo de plástico. Pasó entre nosotros y fue al extremo del charco por el que solíamos entrar al agua. En aquellos momentos nos cogió adormecidos por el excelente clima que reinaba, sin viento y con ese sol caliente pero no extremo. Nadie se bañaba. Vi cómo se aproximaba a la cabecera del charco. Le explicó algo al infante y no tardó en tirar su anzuelo en medio de nuestrodelicioso charquito.

Me quedé estupefacto. Me pareció una acción horrenda e impropia del lugar. No lo asimilaba. Miré hacia los lados y vi a Cristina observando la escena y, sin dudarlo ya más, me incorporé y me dirigí hacia el pescador. Me paré al lado contrario del niño, en el borde del agua. Lo saludé con un simple “buenas”, sin esperar respuesta, y sin más cogí impulso y me tiré de cabeza allí donde terminaba el hilo de pescar. Estuve a punto de reírme en el agua, invadido de cierto nerviosismo. Nadé aquellos pocos metros pataleando y braceando el agua con la furia que nunca había imprimido en tan reducidas dimensiones. Cuando llegué al otro extremo y me viré, observé que el pescador recogía sus aperos. Pero, además, varias personas se habían levantado y se incorporaban al baño. Me encantó cuando Cris llegó a mi lado y dijo “Qué bueno, Piter”:Yo no podía reprimir una sonrisa de satisfacción.

Unos veinte años antes (tenía yo menos de treinta años), recuerdo que bajamos dos parejas a uno de los primeros multicines de Santa Cruz: los “Oscar”, si mal no recuerdo. Iríamos a ver alguna película importante; porque cuando fuimos a entrar en la sala nos vimos atascados en una cola increíble. Encima, no se apreciaba aire acondicionado y hacía bastante calor en aquella zona común.

Cerca de mí, un par de escalones por delante, un elemento que desde allí abajo alcanzaba casi mi altura, rompía el silencio y aumentaba la incomodidad de los presentes con una inacabable ráfaga de comentarios hirientes: “Esto es el tercer mundo” “Esto se hace aquí porque la gente es boba y la gente se deja” “Canarias es una vergüenza” “Si la no se callaran…”. Y no me callé:

-Mire, señor, debería de tener usted un poco más de educación: Yo soy canario y usted me ofende. Y si no le gusta Canarias, es libre para marcharse y, además, yo se lo iba a agradecer. – A lo que el godo en ejercicio, ofendido, respondió.

-¡Tú eres gilipollas! Sal fuera y te arreglo, ¡estúpido! – por un segundo, creí hablar demasiado. Hasta que alguien inquirió detrás de mí.

-No, el que va a salir contigo voy a ser yo, godo de mierda. – Y entonces parecieron despertar media docena más de los presentes que también se encararon con el mastodonte prepotente aquel.

Quizás yo era el más pequeño, el menos adecuado para hacerle cara a aquel animal, pero un impulso emocional me hizo revolverme como un resorte. Me sorprendió la reacción de la gente; aunque, después me di cuenta de que era lo que tenía que pasar. Estaba todo dentro de un orden natural.

Debí aprender desde ese día que la interacción, cuando es sana y se sostiene sobre fundamentos justos, coherencia y respeto, es la que se sobrepone a todo lo demás. O, a lo mejor, es que disfruto tanto con estas lecciones que siempre quiero más y prefiero pensar que se repetirán una y otra vez, sin final.

Pedro M. González Cánovas 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×