Anselmo el Vértigo

Anselmo recorría las calles del centro ataviado para una prueba de supervivencia, al menos en apariencia. El orgullo vencía a la vergüenza hasta inmovilizarla. Las miradas acosadoras, las de extrañeza, las de censura, lo crecían mientras recordaba la placa que guardaba en secreto: esa de Protección Civil que cuando palpaba y notaba dentro de su cartera, le hacía imaginarse grande y sentirse seguro de sí mismo. A menudo le daban ganas de mostrarla y hasta lo hacía: soy testigo de ello.

Se tomaba muy en serio el juramento que hizo obligado al entrar en “el cuerpo”, no como otros, y en todo momento era un colaborador de las fuerzas del orden público: una importante pieza del sistema. Que lo apartaran desde hace años del servicio iba a su favor, así podía trabajar de incógnito. Sin eso, seguramente, habría enloquecido.

Desde pequeño vivió en las Casas de la Cumbre. Allí se crio sin parar de correr montes, de bajar y subir las escarpadas laderas de Anaga. De hecho, en ese terreno se sentía más poderoso que cualquiera. Se aferraron a su memoria, firmes como garrapatas, recuerdos de cuando los viejos del lugar lo utilizaban para que recuperase animales que se quedaban atrapados, presas del miedo y los verticales riscos. Ya entonces era casi una bestia montesa.

Poco después tomó contacto con la clandestinidad que se escondió en Anaga: cosechas de marihuana costera almacenadas en cuevas, que solo salían para que entrase dinero −mucho dinero− casi todo en calderilla, de la que puede dar fe que llenó bidones; o el refugio circunstancial de militantes y material político subversivo, en los últimos años de la dictadura y los primeros de la transición española.

Uno de sus vecinos, conocido de toda la vida, lo metió en Protección Civil. Fue en la época que se creó un voluntariado que ya cubre toda la provincia de Santa Cruz de Tenerife, conocido como Ayuda en Emergencias Anaga (AEA). Tan solo el nombre le alzaba como entre los principales protagonistas, si no el más destacado. Incluso, se cuenta que cuando llegó a AEA, con su palique bordado entre camellos de calderilla y proselitismo prosoviet, planteó que era necesaria la formación del personal “para ser capaces de barrer los montes de Anaga con los ojos cerrados” para lo que se ofreció como formador. Por suerte o por desgracia, su apariencia física y otras cuestiones hicieron que sus superiores en AEA se planteasen bien la oferta y la descartaran sin dudar. Pero es que ese hombrecillo de poco más de 1,50 de altura, con aquellos ojos exageradamente saltones, obligaba a prestarle una atención muy especial.

Por aquel entonces, la gente de Las Cumbres cogió fama de pendenciera entre el resto de los habitantes de Anaga. Cada vez que se hacía un baile, cualquier tipo de fiesta o multitudinario encuentro, acababan a la piña. Si es verdad que había entre los hombres muchos de puños fáciles, también lo era que Anselmo tenía siempre un destacado protagonismo actuando como detonante o mecha.

Bebía mucho. Demasiado. “Tenía mal beber” según sus propios vecinos y solía llegar desde el principio con una oscilación irregular. Seguro que tomaba la arrancadilla en casa. Lo llamaban Anselmo el Vértigo porque decían que cargaba mucho alcohol para una cabeza que apenas levantaba 1,50 del suelo. Lo cierto es que más que bailar se tambaleaba, se tropezaba y tropezaba −siempre con gente de fuera− hasta convertir el baile en combate, y así despuntaban los puños de la gente de Las Cumbres.

Así que verlo ahora, por el Centro de La Laguna, con zapatos rígidos y pantalón corto de boy scout, con su camiseta mimetizada y una pequeña mochila donde se amarra un palo demasiado fino, con su gorrita de visera verde insigniada (¿?) no era buena señal. Por lo que −me perdonen en el cielo− seguro que es mejor rehuir su encuentro y esquivarlo, y dejarlo soñar con su mundo paramilitar-clandestino-oficial como el que solo él pudo crear.

 

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

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