El genocidio estadounidense

Con la enorme cantidad de guerras, golpes, algaradas, intrigas y complots que los Estados Unidos han urdido contra todo país que se atreviera a desobedecer su doctrina económica, tal vez sonará extraño hablar de genocidio estadounidense, y no provocado por ellos. Suele ocurrir más a menudo de lo que debería que, por ahorrar palabras, hablamos de Estados Unidos, no de su Gobierno o sus élites, cuando el imperio arremete contra la disidencia, pero a los EEUU pertenecen también los cuarenta millones de ciudadanos que vivían bajo el umbral de la pobreza en 2019. Debemos cuidarnos del odio sin crítica, debemos replantearnos continuamente nuestra posición, y a lo mejor es útil que leamos de Slavoj Zizek un párrafo en el que lo planteaba así:“(…) cuando uno habla de «la globalización y sus agentes», el enemigo se externaliza (normalmente en forma de vulgar antiamericanismo). Desde esta perspectiva, en la que la principal tarea hoy en día es combatir al «imperio americano>>, cualquier aliado es bueno si es antiamericano, y así el desenfrenado capitalismo «comunista>> chino, los violentos antimodernidad islámicos, así como el obsceno régimen de Lukashenko en Bielorrusia (véase la visita de Chávez a Bielorrusia en julio de 2006), pueden aparecer como progresistas compañeros de armas antiglobalización … Lo que aquí tenemos es, por consiguiente, otra versión de la infame noción de «modernidad alternativa>>: en lugar de la crítica del capitalismo como tal, de enfrentarse a su mecanismo básico, con lo que nos encontramos es con la crítica del «exceso>> imperialista, con la noción (tácita) de la movilización de los mecanismos capitalistas en un marco distinto, más «progresista”. Pero no estamos aquí para hablar de altermundismo, estamos aquí para hablar del genocidio.

¿Qué es un genocidio? Según la definición del derecho público es un “delito consistente en dar muerte o agredir de forma sistemática a los miembros de un grupo nacional, étnico, racial o religioso o determinado por la discapacidad de sus integrantes, con el propósito de destruir total o parcialmente dicho grupo, si consideramos que EEUU es una nación que se está viendo conscientemente mermada por unas prácticas políticas que deliberadamente lo permiten ¿podemos hablar de genocidio? Sin duda el término se ha popularizado de otro modo, como la destrucción deliberada -o incluso accidental- de un pueblo por sus propios gobernantes. En EEUU están muriendo miles de personas por la política irresponsable de su Gobierno, que ha pasado del “estamos en buena forma” de febrero, al “si se refiere al virus, no, no está controlado en ninguna parte del mundo”. La potencia mundial se ha convertido en el primer país que reporta más de 2.000 muertes en un solo día y, a la hora de escribir este artículo,  algunos de sus 19.701 muertos, los no reclamados, están siendo enterrados por reclusos en una fosa común en el Bronx. Hace unos días el estudio de unos epidemiólogos del Imperial College de Londres advertía que si no se tomaban medidas, 2.2 millones de ciudadanos estadounidenses no vivirían para contarlo.

La primera medida que el Gobierno de Donald Trump tomó contra el virus fue relativamente rápida: cesar los vuelos chinos en su país. Esta medida, no se le escapará a nadie, tiene más que ver con la sinofobia del presidente que con su intención de proteger al pueblo estadounidense. Pero a pesar de haber trancado la puerta china, rápidamente comienzan a aparecer casos en EEUU, sin que se ponga mayor atención sobre ellos “¡USA está en buena forma!”, twiteó Trump frente a las malas noticias. Unos días después comenzaron a aumentar las muertes, pero el Twitter del presidente rebozaba de tranquilidad ya que, después de todo, las cifras debían ser un número falso: se lo dictaba su “intuición”. Hasta el 13 de marzo no declarará la emergencia nacional, días después de que la OMS califique al nuevo virus de pandemia. Unos días más tarde declarará que siempre supo que se trataba de una pandemia. Ante este relato podemos adoptar dos posturas: o bien el presidente de EEUU está loco y es un inepto, o bien el presidente de EEUU sabe perfectamente lo que está pasando, es más, le importa un pijo y tiene intereses más importantes a los que atender. Uno tiende a deslizarse hacia la primera postura, es más gustoso creer que un hombre está loco a creer que la muerte le es indiferente, pero la realidad no siempre es agradable.

Para el Gobierno estadounidense “la cura es peor que el problema”, pero esta postura está causando fricciones dentro de la estructura estatal, como ocurre con el Gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que tras escuchar a su presidente se apresuró a aclarar que “si hay que elegir entre la salud pública y la economía, entonces la única elección posible en la salud pública. La vida humana ni tiene precio”. Sin embargo, el día anterior a que se escribiera este artículo Trump declaró que se estaba creando un grupo de trabajo únicamente centrado en abrir de nuevo la economía ¿cómo es esto posible? Tal vez tengamos también que tener en cuenta el culto a la “libertad” -entre comillas, pues la libertad deja de ser tal cuando implica la muerte de otras personas- que existe en EEUU, muchas personas no consienten que les ordenen quedarse en casa, incluso encontramos casos extremos, como los de algunos personajes de Idaho que han amenazado con la rebelión, o los de una legisladora republicana que exclamaba hace unos días “este camino elegido por el Poder Ejecutivo de Idaho es inconstitucional, antiestadounidense, y no es la manera de Idaho”. Este contexto también podría ser tenido en cuenta, pero hasta donde sabemos es una rebelión nada nueva, realizada por grupos antigubernamentales de extrema derecha. Por lo pronto no tenemos pruebas documentales de que, como dice el vicegobernador de Texas, los abuelos estadounidenses  ofrezcan su muerte por el capitalismo yanqui.

Poco más que decir ¿genocidio? ¿Pandemia? Las palabras tienen ese doble filo. Durante muchos años hemos visto como hambrunas en países en vías de desarrollo se llevaban por delante a millones, y estas eran calificadas de genocidios que servían para bloquear o invadir dichos países, tómese este artículo como justicia poética. Donald Trump ha amenazado a la OMS con negarle fondos por favorecer a China, mientras la OMS, defendiéndose como puede, pide que no se haga política de la pandemia. Hacer política de la pandemia suena feo, indecoroso, inmoral ¿se tomarán medidas políticas si se califica de genocidio? Tal vez, sin querer, hayamos tumbado esa breva que siempre está por caer.

Pablo Daniel Ramos Infante




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