El ilustrado

Todos los amigos de el Vértigo se fueron de juerga. Ni siquiera lo avisaron: ellos eran así. Él siempre estaba borracho, arrastrándose a cuatro patas por la calle. Tenía consciencia de que podía ser un poco lastre.

A el Chino nadie lo llamaba ya de ese modo. Había perdido la gracia hacerlo. En el barrio había bares, estancos y restaurantes regentados por orientales (“chinos” todos).

El Grillo y el Flaco eran inseparables del que ya nadie llamaba el Chino. De hecho, solo a ellos dos se les escapaba de vez en cuando lo de “Chino”, a pesar de haber tanto “chino” en el barrio.

Los tres caminaban hasta donde estaba sentado el Vértigo. Con la espalda apoyada en una jardinera, una pierna estirada en el suelo hasta donde alcanzaba y otra flexionada, con la rodilla en alto. Estaba tranquilo. Fumaba.

– ¿Qué pasa Vértigo? – dijo el Flaco.

– ¿Qué pasó mano? – respondió en la misma postura. – ¿Qué cuentas Conache? – dijo a continuación, dirigiéndose al que antes llamaban el Chino. No hubo respuesta.

Por la entrada de la plaza apareció un elemento monstruoso. Sus brazotes tatuados rebosaban de la ceñida camiseta sin mangas que vestía y parecían un colorín, de la cantidad de dibujos y colores que tenían. El Grillo hizo una disimulada expresión de espanto.

La bestia, que era peluda como el resto de los presentes, se dirigió en línea recta hacia el grupo sin el mínimo desvío, mostrando sus tatuajes como si fueran trofeos de guerra.

Llegó a los otros cuatro y nadie dudó de que fuera algo más viejo que ellos. Se paró justo enfrente y preguntó: “¿Alguno de ustedes conoce a Jotajota?”. A Conache, el que antes llamaban el Chino, se le erizó todo el vello del cuerpo y noto un sudor frio en la nuca. Sin embargo, se incorporó, sin apenas dudarlo, para decir: “Soy yo”.

Aunque sus amigos sabían que en casa lo llamaban así, el Flaco y el Grillo no esperaban que nadie de fuera lo tratara por ese nombre. Y menos aquel desconocido pedazo de laja.

– Yo soy el Ilustrado, el tío de el Peluca, que está contigo en los Salesianos y me contó como el otro día lo defendiste de tres notas que abusaban de él. – Conache no sabía de lo que hablaba, pero de forma automática inquirió:

– Y… ¿entonces?

– Entonces te estaba buscando pa´ invitarte a un porro y darte las gracias, pibe. – soltó sin cortarse el Ilustrado.

– ¡Escapaste! – afirmó el Vértigo desde el suelo.

Fue el principio de una noble amistad.

Pedro M. González Cánovas

 

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Nuestro héroe (“el Chino”, “Conache” o “Jotajota”) recordó con el tiempo que le dijo a tres lajillas baratos “dejen al pibe”, y lo repitió varias veces, cuando abusaban de un flaco rarito con el que no tenía mucha relación. Aquel flaco resultó ser “el Peluca”, el sobrino de su colega “el Ilustrado”.

Esta vez somos capaces de afirmar que este relato está basado en una historia real. Los nombres de los protagonistas no concuerdan con la realidad para proteger la intimidad de las personas y los animales

 

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