El maldito paro juvenil

La juventud estaba muy afectada por la crisis. Más de la mitad de los jóvenes de Gran Canaria no tenía trabajo, a pesar de su formación académica. En casa las cosas no iban nada bien, el paro también afectaba a las personas mayores de la familia y el poder adquisitivo se había reducido a menos de la mitad. Por eso, su inquietud por emanciparse se había convertido en una necesidad imperiosa, a pesar de la situación laboral. Dio cualquier cosa por válida y, por supuesto, sabía que no era algo que pudiera consultar con sus padres. Ya era el momento de dar el paso.

Fuerteventura, en los años setenta era muy distinta que ahora. Pero la llegada de la Legión española, con la cara de derrota que traían desde tierras saharauis iba a cambiar drásticamente la imagen de la Isla.

En 1975 desembarcó en Puerto Cabras el tercio Don Juan de Austria. La irrupción de los militares españoles, que se contaban hasta 5.000, aumentó notablemente una población que se estimaba entre 8.000 y 10.000 nativos. El hecho acabó con la pacífica convivencia de un pueblo, hasta entonces, ajeno a los sobresaltos.

En un traumático proceso, la Legión plagó la historia de la Isla de gravísimos incidentes: agresiones a civiles, secuestro de un avión y varios asesinatos… De forma que el temor al Tercio se extendió por el resto del Archipiélago, sobre todo de las islas más cercanas.

Él entró a formar parte del ejército español en el año ochenta y dos, con un periodo de instrucción en Madrid, capital del reino, donde ingresó voluntario y de inmediato en la Legión. Juró bandera con ellos solo con la intención de cobrar un sueldo y ser remitido a su isla de origen lo antes posible. Casi exclusivamente por eso se convirtió en un novio de la muerte.

Aprendió a llevar el típico gorrillo legionario tumbado, como para disimular todo el alcohol que tan a menudo ponía a prueba su equilibrio. Igual que los demás legías, su chapiri lo llevaba adosado como un escalador que fuese capaz de quedarse boca abajo, desafiando las más firmes leyes de la naturaleza. Casi lo mismo podía decirse de su hígado, que sobrevivía no se sabe cómo. Lo que sí destacaba era su mala leche. Un mal beber que se adquirió, seguramente, en las peores resacas y se quedó a formar parte de su carácter para siempre; no en vano, en el Tercio estaban todos de acuerdo en que era un auténtico cabrón.

Cuando llegó a su Isla eran muy muy pocos los majoreros que estaban en la Legión. El rechazo era total por parte de la población isleña, que sufrió el asesinato de un alcalde pedáneo, asesinato de tres extranjeros, asesinato de un oficial por un subordinado, intento de volar una discoteca, secuestro de un avión y conato de un segundo secuestro, puntuales ataques a civiles, robos de veleros y continuos desprecios a las autoridades locales (según la prensa alemana y el rumor popular). Así que no fue él quien se alejó de su familia y amigos; fueron ellos quienes le despreciaron y lo apartaron. Por eso se reenganchó una y otra vez hasta cumplir diez años de legionario. Diez años que marcaron su cuerpo como si fueran veinte y su alma para siempre.Reclutamiento

Su única relación conocida fue con aquella cabra majorera que se iba con cualquiera. Tampoco es que planeara irse a vivir con ella una vez licenciado, aunque con frecuencia la echaba de menos y la traía en recuerdos íntimos y momentos de soledad. Por supuesto, no tuvieron descendencia.

Cuando en 1996 el Tercio salió definitivamente de Fuerteventura, condecorado con la medalla del Parlamento de Canarias que le concedió el gobierno nacionalista de aquel entonces, su vida cambió.

Pero delante de los vecinos de Antigua seguía sacando pecho. Seguía siendo un gran cabrón. Suponía que le temían y lo respetaban, aunque no recibiera saludos; sino alguno por error y automatismo, a los que no solía responder por inesperados.

Por eso, tampoco sorprendió a la vecindad que apareciera muerto en su cama una semana después de fallecido. De hecho, más de uno se alegró. En realidad, no se relacionaba con nadie. Dicen que en su casa había un gran cuadro de Franco y otros símbolos militares fascistas; posiblemente heredados del desmantelamiento del cuartel del Tercio. No en vano, cuentan que estaba postrado boca arriba en su cama, vestido de militar y abrazado a un desgastado peluche de la cabra de la legión. El muy desgraciado…

En Gran Canaria, el volumen de jóvenes activos ha disminuido desde finales de los 70, debido al aumento efectivo de la escolarización obligatoria de los 14 a los 16 años, así como a la subida de la edad laboral mínima en esa misma franja. Esta bajada también se debe a la drástica reducción de las tasas de natalidad a partir de finales de los 70. Pero la mayor caída se produce con la crisis, a partir de 2007. Ya había sucedido que el volumen de jóvenes parados superase al volumen de jóvenes ocupados, pero nunca con la misma intensidad que en el momento presente.

Es la crisis del siglo XXI la que lleva a plantearse a un joven de izquierdas, cuya familia tiene muy mal recuerdo de los militares por culpa del hermano de su abuelo (aquel majorero renegado), la posibilidad de alistarse para tener un mínimo de seguridad laboral y un sueldo estable.

Se lo piensa, aunque ya está decidido. Le preocupa más cómo decírselo a la familia que su desafío personal. Además, sabe que no son lo mismo los cuarteles en Gran Canaria que el del Tercio al que perteneció su tío-abuelo, y son diferentes épocas. Sin embargo, aunque se vea muy capaz de afrontar el nuevo reto, se pregunta si llegado el momento podrá demostrar que se puede civilizar a un militar; no recordaba ningún caso y le aterraba convertirse en ese tipo de monstruo para siempre, como el hermano de su abuelo.

Pedro M. González Cánovas

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