El principio de la revolución

No le gustaba cómo terminaba siempre todo. Por eso intentó convencer a las demás de que tenían que sublevarse, que tenían que intentar algo. Pero la tomaron por loca y dijeron que “si las cosas eran de esa forma es por algo” sin más razonamiento ni argumentación. Pero no era suficiente para que cambiara de opinión.

Se mantuvo firme, empeñada en marcar la diferencia y luchar para cambiar la situación. Aunque estuviese sola en la batalla, creía que le respaldaba la justicia y la razón.

Creció. Y, a diferencia de las que tenía a la vista, ella tenía menos pétalos. Muchos menos. Las demás Margaritas decían que eran solo la mitad: las hojas que correspondían al “no”.

Sucedió que fueron extirpando, poco a poco, el resto de las flores. A veces para hacer ramos de regalo; o simplemente para jugar al terrorífico divertimento de “me quiere, no me quiere; me quiere, no me quiere…” amputándoles cruelmente hoja a hoja, hasta arrancarles la vida sin piedad.

Cuando empezó a marchitarse era la única Margarita vieja que quedaba en el jardín.

 
 
 

Pedro M. González Cánovas

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