Espíritu rebelde

Sospecho que todo tiene que ver con el episodio vivido a los cuatro años. Mi madre se las echaba de haberme destetado a esa edad. Sin embargo, creo recordar que nadie me consultó si estaba de acuerdo. Seguro que yo hubiera pasado toda la pubertad y adolescencia agarrado a una o dos de aquellas.

En primaria era de los más conflictivos, uno más de aquel grupito de alumnos pícaros y divertidos de la clase. Pero no me iba a conformar con eso: Yo, desde un principio, tenía claro que iba a ser el rebelde de los rebeldes: vamos, lo máximo.

En un colegio de curas de los años 70, donde el enemigo eran los profesores, los curas, padres y madres, y el resto de los adultos en general, el grupito subversivo tenía que ser reducido por fuerza (“por fuerza” nunca mejor dicho). El abuso de poder de la iglesia era patente, mucho más que ahora. El nacionalcatolicismo facilitaba que las escuelas religiosas formaran caracteres genuinos y a la medida del régimen; había total entendimiento entre el franquismo y la iglesia. Así que por ese lado me sentía protegido.

Pero la bobería de hacer reír a la gente en clase o en misa, copiar en los exámenes, ojear las revistas pornográficas extranjeras o fumarme algún cigarrito hasta vomitar, no me bastaba. Por eso, para destacar, inventé la “rebeldía rebelde” sin contarle nada a nadie.

Entonces, empecé a denunciar anónimamente al resto de los estudiantes revoltosos. Comencé a ir a misa todos los domingos, a pesar de que mis padres, que eran tan modernos, nos habían absuelto de ello. A veces, cuando no iba, contaba en casa sermones inventados donde exaltaba mi propia personalidad y denigraba a mis hermanos y hermanas, y hasta al adulto que se pusiese a mi alcance. Imaginen lo fácil que se me hacía aprobar religión; yo sabía perfectamente lo que querían oír. En el resto de asignaturas copiaba como un descosido, y así seguí hasta terminar la educación superior y entrar en el seminario.

Allí me di cuenta de que los curas son humanos; de que el voto de castidad consiste principalmente en mantener en secreto las aficiones sexuales de cada uno, y yo me había especializado en el secretismo. Por supuesto, me gradué con honores, después de destapar -secretamente- detalles obscenos de todo el que destacara más que yo.

En el ejercicio religioso hay gente que me adora y otros que me tachan de “cura de la nueva ola” con cierto desprecio. Soy uno de esos “modernos” que bautizan a quién nadie quiere bautizar. Uno que aparenta ser de confianza para confesar, y no imaginan el provecho que se le puede sacar a eso…

Andar escondido tras una sotana te permite andar sin nada debajo, o si me da la gana en bragas. Me descojono por dentro cada vez que hago mi cita preferida, aquella de “dejad que los niños se acerquen a mí” porque la mayoría de las veces lo que pienso es “dejad que las niñas se sienten sobre mí”. Pero bueno, “de todo hay en la viña del Señor”.

Por otro lado, está esa especie de secreto personal que me permite vestir como quiera debajo de los hábitos. Con solo quitármelos, soltarme la coleta, revolver mi melenita y adoptar otras maneras, me convierto en ciudadano de a pie con acceso a todo tipo de drogas u otros vicios y servicios que me proporcionan auténtica relajación. Esos alivios me permiten regresar íntegro a la parroquia y ofrecer a los feligreses la imagen perfecta del casto cura de sus sueños.

No es que piense seguir así toda la vida, pero entenderán que el cepillo no da para mucho y mis pequeños vicios se llevan gran parte de los ahorros. Así que, de momento, comprendan que mantenga el anonimato y les recuerde que no está en su mano juzgar a un siervo de Dios. Ah, y que cualquier día les puede hacer falta un cura moderno y entonces no van a encontrar otro como yo.

 
 
 

Pedro M. González Cánovas

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