Jida

Samir era un niño de una Siria donde las bombas empezaron a sonar justo el día anterior. Ahora iban a comer cuando todo estalló. Se agarraba asustado a su abuela en una esquina del salón de su edificio medio derruido. Estaba cubierto de polvo, con dos ríos que cruzaban su cara, y temblando ligeramente, recordando el ayer.

Corría de la escuela para casa. Se sabía que empezaría una guerra y todos estaban bajo la tensión de las explosiones venideras. Muy pocos la querían, pero solo los radicales hablaban, pareciendo que la mayoría silenciosa asentía, pero solo por miedo.

Llegó a la parte baja de su edificio, que era una floristería, buscando a su abuela. Ella era la que se encargaba de las flores y de Samir.

Jidajida¡ En la escuela todos decían que la guerra empezará y que corriésemos a casa.

-Sí, lo oigo en las calles. He estado guardando las flores. Ven, ayúdame Sami.

-Quiero que se acabe, jida.

-Y yo. Pero no te preocupes. Ven. Mira, ¿ves esa rosa?

Lina, la abuela, señaló con una sonrisa a una rosa en una maceta que tenía conservada en una nevera, completamente fresca y cuidada. Parecía que su rojo relucía con el foco que la alimentaba.

-Cuando vuelva el amor, alguien la comprará-. Miró dulcemente a Samir y le acarició la cabeza-. Hasta entonces, la protegeremos y seremos los primeros en celebrarlo… cuando llegue el día. ¿Vale? No nos pasará nada si tenemos esperanza.

-¿Y por qué Allah hace esto?

-No es Allah, es la política. ¿No te lo enseñan en la escuela?

-Dicen que eso es de mayores y no podemos hablar, pero el maestro siempre se lleva las manos a la cabeza cuando preguntamos sobre qué pasa y nos empieza a gritar sobre los americanos y los rusos. No lo entendí.

-Mejor. Esas cosas no importan. Solo importa que aguantemos, ¿vale?

-Sí, jida.

Samir salió del recuerdo cuando empezó a ver rayos de luz entre la espesura del polvo. Miró a su abuela y apretó sus manos. Se levantó tosiendo y usó su camisa para cubrirse la boca y nariz para respirar. Apoyó la mano sobre una pared y la siguió hasta llegar a las escaleras. Fue al piso de abajo esquivando escombros y, devastado, cayó de rodillas.

La nevera de la rosa estaba sepultada.

Samir empezó a llorar de nuevo.

Cogió aire y se levantó con determinación.

Empezó a apartar los pesados escombros, o a intentarlo, con la esperanza de poder alcanzar la rosa. Oía muchos gritos, y tras un minuto, un hombre entró preguntando si había alguien. De pronto vio a Samir y lo reconoció. Era su vecino.

Vio al niño con las manos ensangrentadas intentando rescatar algo. Lo primero que pensó fue que su abuela estaría sepultada y acudió a la ayuda inmediatamente, y juntos lograron llegar a la nevera. La rosa estaba bien.

-Samir. ¿Y esto? ¿Dónde está tu jida? ¿¡Dónde!?

Samir no dijo nada.

Se dio la vuelta y volvió por donde vino. El vecino le siguió confundido. Aún estaba en shock.

Subieron las escaleras y por fin la vio. El vecino había salido corriendo a buscar ayuda en vez de quedarse con el chico.

Samir se postró de rodillas en frente de su abuela. Las lágrimas no dejaban de fluir sobre su cara ya embarrada. Cortó la rosa con sus manos, clavándose las espinas y manchándose aún más de sangre, y la puso en las manos de su abuela sobre su pecho. Su llanto era agónico, sin fuerzas, como el de un sordomudo.

Se encorvó y se abrazó.

Solo.

 

Elvis Stepanenko

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