Joseíto Marrero aprendió sobre deserciones y traiciones

Joseíto se sintió desesperado y al entrar en la red se las vio con personas que consideraba cercanas, comportándose como auténticos hooligans del nuevo Gobierno, sin aceptar ninguna crítica a sus evidentes involuciones o traiciones ideológicas”

Joseíto Marrero era un alumno aplicado, desinquieto, que se interesaba por temas como la política, algo que parecía incomodar a muchos de sus compañeros, entretenidos en otros asuntos más importantes para las nuevas generaciones, como el nuevo juego de la play de moda o en grabar las peleas del recreo con sus móviles de última generación.

Solía preguntar a los profesores cuestiones incómodas, sobre todo qué diferenciaba a un republicano y un monárquico, porque en su casa se armaban verdaderos rifirrafes entre su abuelo, Nicolás, y su tío Ángel, en torno a si la monarquía servía para algo o simplemente era un cáncer social inútil digno de extirpar y nunca de legitimar, opinión esta última que tras la explicación de su profe, un tipo simpático con sarcillos llamado Chicho, entendió y acabó asumiendo como propia y apoyando a su tío Ángel frente al abuelo, en medio de risas y algún grito o “vetete pal carajo”. En cualquier caso, supo que en teoría ser republicano y monárquico no era compatible.

También aprendió que la izquierda era un movimiento que quería, en última instancia, derrocar cualquier forma de gobierno e instaurar una sociedad sin clases ni Estado, ni opresiones de ningún tipo. Que la derecha era una forma de gobierno en su totalidad, que defendía privilegios personales y el estatus actual de las cosas, amparando en teoría el libre mercado pero en esencia usando el estado para el beneficio de sus compinches y amigotes, con lo que aquella palabra que tanto sonaba, “neoliberal”, era un camelo absoluto. Entendió que esos neoliberales eran la corriente que mandaba a nivel global y que deseaban reducir al estado, pero que era una mentira fatal porque al fin y al cabo querían terminar usándolo para su beneficio. En cualquier caso también aprendió que no se puede ser de izquierdas y de derechas al mismo tiempo, o de izquierdas y neoliberal.

Comprendió que su tierra, llamada Canarias, siempre fue un grano en el culo de los gobiernos de Madrid, un territorio destinado a destierro o al mercadeo entre los poderes del Estado y los de las islas, aves de rapiña que se habían repartido el pastel, en medio de una emigración constante y vida paupérrima de la mayoría de la población. Entendió que ni siquiera aquella II República que había admirado, dejó de tener colonias y a Canarias nunca la trató como se merecía, sino como una región de tres al cuarto, tal y como hacían todos los gobiernos españoles desde que Canarias se incorporó a la Corona de Castilla, fueran del signo que fueran, monárquicos de los Austrias, borbónicos, republicanos federales o centralistas. En cualquier caso pensaba que era ridículo denominarse de izquierdas o progresista en Canarias y no resolver las contradicciones con el Estado, especulando que todos los problemas se resolvían en el lejano Madrid. O que era una desfachatez decirse nacionalista canario sin considerar a Canarias una nación, como hacían ciertas quícaras del corral caciquil.

Tras tanto estudiar y comprender, se durmió una noche, en medio de varias elecciones y agitación política inusitada en casa. El abuelo había dicho que venían los comunistas y tío Ángel que eso no era así, que era un gobierno progresista que iba a resolver los problemas del país, gracias a la lucha que Pedro Sánchez estaba haciendo por el pueblo. Chiquito cacao tenían todos, ya no sabía ni que pensar, así que Joseíto se quedó frito. 

Soñó algo horrible, vio a republicanos alabando a monarcas, vio un gobierno llamado progresista lleno de ministros neoliberales, defendiendo el modelo universitario de EEUU vía préstamos, vio a un asesino de masas, criminal de guerra y culpable de la destrucción de un país llamado Libia y a una jueza que procesaba mujeres sindicalistas, dándoselas de máximos progresistas y feministas. Menuda pesadilla más horrible, nadie tenía claro nada, todos compadreaban con todos a cambio de poder y lo veían como un mal menor. Escuchó las risas de fondo del monarca y de los poderes económicos, viendo como habían entrado todos por el aro justificando la Constitución que los poderes franquistas habían creado para el Estado y que dejaba a Canarias en manos de los buitres locales.

Menuda pesadilla más horrible, pensó Joseíto tras despertarse del sueño, sudando como cuando iba con abuelo Nicolás a sembrar papas.  Se despertó, encendió la tele y se dio cuenta de que no era un sueño, era la realidad, era el nuevo gobierno de España. Monárquico y republicano, progresista y neoliberal, socialista y de derechas, el mar de la contradicción. Vio al militar asesino, a la jueza espabilada, al amado líder “comunista” alabando al rey, al ministro de universidades alabando a los yanquis,  tantas y tantas cosas, como que ni siquiera nombraban o se interesaban por Canarias, sitio al que solo venían por los votos como los de siempre. Desesperado, llamó a Chicho, su profesor y tuvo una larga conversación con él.

Chicho comprendía la desesperación de Joseíto y le dijo lo siguiente:

-Mira, Joseíto, estamos en una época muy rara. Existe algo que se llama posmodernismo y tras la caída del muro, la confusión ideológica del personal es absoluta. Muchas personas bienintencionadas creen que el mal menor es la única posibilidad y lo creen porque la sociedad está tan derechizada que aspirar a algo más que a poner parches en un barco que se hunde, y que se hundirá por el colapso medioambiental, es lo único que se puede hacer, por eso caen en la moderación o en la ambigüedad política sin ningún tipo de vergüenza. Pero hay otros muchos, que viniendo de ambientes en los que supuestamente tenían las ideas claras,  claudicaron totalmente a ellas con tal de alcanzar una parcela de poder en la que poder asegurar la vida a ellos mismos y a parte de los de su grupo, algo que determinada izquierda viene haciendo desde hace tiempo, al igual que la derecha que tanto criticaron. Hoy te voy a enseñar otra palabra que seguramente conoces pero que es asumible para estos casos: TRAICIÓN, o CLAUDICACIÓN, como dije antes. Usando una expresión no muy adecuada en estos tiempos, hay tantas y tantas personas que prefieren bajarse los pantalones y renunciar a lo que siempre predicaron con tal de tocar poder.

Joseíto se sintió desesperado y al entrar en la red se las vio con personas que consideraba cercanas, comportándose como auténticos hooligans del nuevo Gobierno, sin aceptar ninguna crítica a sus evidentes involuciones o traiciones ideológicas. Vio como a un contacto suyo en facebook, llamado Pako González, lo tenían acribillado a insultos, por criticar que algunos concejales de la autodenominada izquierda se burlaran de su tío muerto por los franquistas y se negaran a exhumar sus restos y los de otros republicanos asesinados. Al final de aquel día comprendió lo importante que era mantener aquello en lo que se pensaba y que jamás renunciaría por nada a los ideales que tantas horas de estudio y debate  le habían costado, que antes de decir que era una cosa y luego cambiar solamente por alcanzar poder o quedar bien con la monarquía o la CEOE, era mejor callarse y largarse del país. Sobre todo pensó que sería otro gobierno inútil, con medidas inútiles para unas islas cargadas de problemas y lastradas por la dependencia. Así que dejó a los hooligans de lado y pensó en trabajar duramente por lo que creía, por lo que defendía, algo que nada tenía que ver con este gobierno lleno de contradicciones, falsedades y mentiras…

Bien por Joseíto y por las personas que son coherentes con sus ideales sin venderlos por nada ni por nadie.

Pedro Pérez “el Gasio”




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