La “resistencia” como una de las Bellas Artes

Las películas biográficas sobre personajes ilustres, también llamadas biopic, son una especie de subgénero dentro del cine que, de unos años a esta parte, han proliferado considerablemente. Películas sobre Giulio Andreotti, Stalin, Churchill, Lyndon Johnson o Berlusconi procuran indagar, con mejor o peor acierto, sobre las luces y las sombras, las virtudes y debilidades, lo brillantes o grotescos, sutiles o empecinados que fueron estos personajes.

También grises y anodinos, sin matices, como Dick Cheney en “El vicio del poder” (Adam Mckay, 2018), que relata la historia de un auténtico bastardo, según nos dice una nota introductoria nada más empezar la película. Vicepresidente con G. W. Bush, fue el arquitecto de la guerra de Irak y uno de sus principales beneficiarios por sus conexiones y comisiones con la industria petrolera y las empresas de seguridad que se lucraron durante la interminable postguerra. Tampoco le hacían falta profundos argumentos o palmarias evidencias para convencer a un hombre tan limitado en sus capacidades como Bush, por lo demás ya convencido por los beneficios que la aventura militar les proporcionaba a los cárteles petroleros texanos. Bush y Cheney encarnan la banalidad del mal, más por sus características personales que por la dinámica funcionarial con la que se empleaban, que también. La película los desvela sin misericordia.

La historia que más perplejidad me ha causado es “La Dama de Hierro”, biografía sobre Margaret Thatcher (Phyllida Lloyd, 2011). En las últimas escenas, cuando abandona el 10 de Downing Street y se despide de los trabajadores/as de la casa, me sorprendí a mí mismo sintiendo cierta simpatía por alguien que nunca tuvo la menor consideración hacia sus oponentes políticos o de clase, por alguien que socavó los derechos de las minorías y los trabajadores británicos durante su mandato. Más asombro aún me supuso ver como mi acompañante en aquel cine de Madrid lloraba que daba pena, pero no por amor a Magdalena como cantaba Benny Moré, sino por esa suerte de solidaridad que nos lleva a sentir lo que en un momento determinado sienten y viven otros, por esa pasión compartida que nos lleva a experimentar lo que al otro le ocurre, como analizó David Hume, y porque en el cine se llora.

Ocurría que la protagonista era un personaje histórico de difícil olvido, además de evidente peso en el presente. Si lo analizamos bien vivimos en el mundo que soñó Margaret Thatcher, el de la economía de mercado globalizada, con resistencias sin duda, pero por ahora insuficientes para modificarla sustancialmente o sustituirla. ¡Cómo le hubiera gustado ver el agua cotizando en la bolsa de Wall Street! O a Donald Trump ejerciendo de terrateniente del mundo, dándoles Jerusalem a los israelíes por aquí o el Sahara Occidental a los marroquíes por allá.

Durante una década, ella y Reagan moldearon el mundo a su manera, fue la “década prodigiosa”, los años salvajes del Desmantelamiento, la Precarización, la Desregularización, la Competitividad, el Economicismo… Cinceladas en la Escuela de Chicago, la de los boys de Milton Friedman, sus políticas adelgazaron el sector público hasta dejarlo en los puros huesos: privatizó British Petroleum, British Airwair, British Gas, Brtish Airport, British Telecom y hasta Rolls Royce y Jaguar corrieron la misma suerte. El estoque definitivo llegó con la flexibilización del mercado laboral y el cierre de minas de carbón, en esa faena cortó las dos orejas y el rabo al mismo tiempo que se le mancharon las manos de sangre. Pero fiel a sí misma “caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fue y no hubo nada”.

Con la complicidad y la inestimable ayuda de Reagan, reputado delator de compañeros de profesión durante la “caza de brujas” del senador J.McCarty, extendió el libre mercado desmantelando servicios esenciales de los británicos y, al otro lado del Atlántico, las casi nulas ayudas estadounidenses a las personas con precarias condiciones de vida, los pobres. Ya entonces existía en Estados Unidos la aporofobia, o fobia al pobre, término que se acuñó después sobre una realidad preexistente. Alguien dijo una vez que, siendo joven en Irlanda, pensaba que en América las calles estaban empedradas en oro y, cuando llegó, no solo no estaban empedradas en oro sino que ni siquiera estaban empedradas y, para colmo, las tenía que empedrar él. El despertar normal del sueño americano.

El impacto fue global y las sacudidas telúricas: la ideología liberal monopolizó el discurso, los mercados financieros comenzaron su expansión tóxica, sin que nadie los legitimara empezaron a controlar nuestra economía y nuestra existencia, las políticas sociales se esfumaron, la socialdemocracia giró a estribor y los sindicatos se sumieron en una suerte de melancolía existencial.

Por sus dimensiones, por sus protagonistas y por sus secuelas, tanto en los años de gobierno de Margaret Thatcher como posteriormente, la huelga de la minería del carbón, la mayor huelga de la historia de Gran Bretaña, tuvo una relevancia sin parangón. Cerca de 200.000 mineros se movilizaron un año entero, de marzo de 1984 a marzo de 1985, en defensa de sus puestos de trabajo. Un duelo entre la Premier y la patronal por un lado y los mineros del carbón agrupados en torno al NUM, Sindicato Nacional de Mineros, por otro. Cabe recordar que fue la máquina de vapor, impulsada por la energía fósil del carbón, la que le otorgó a Gran Bretaña la preminencia en la Revolución Industrial y su puesto destacado como gran potencia mundial. El NUM era un baluarte del sindicalismo británico, de las Trade Union, con una historia de luchas plagadas de cicatrices contra aquellos que pretendieron hacer de las minas algo peor de lo que ya eran en un trabajo de los denominados penosos, hundidos bajo tierra comoLos Pichiciegos” de Rodolfo Fogwil, aquellos desertores argentinos que sobrevivían en las cavernas durante la Guerra de las Malvinas, otro hito en el currículum de Thatcher, otra muesca más en su revolver.

Bajo tierra sí, pero vivos, con músculo y pegada, el NUM cerraba filas cuando se sentía atacado, En 1974 hizo caer el gobierno conservador de Edward Heath en el que ella era ministra de Educación. Nunca lo olvidó, a partir de entonces siempre pensó que a los sindicatos había que debilitarlos y vencerlos, más que convencerlos y negociar, y a esa empresa se dedicó con toda la constancia, dedicación y pericia de que fue capaz. Pero se encontró con la resistencia numantina de aquellos que merecieron, como ninguno, que les dedicaran la vieja divisa de Marcelino Camacho: “Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”. Nueve años en Carabanchel tampoco domesticaron a Marcelino, dicho sea de paso.

Aquella histórica huelga contra el gobierno y la patronal del carbón está soberbiamente recogida en la novela de David Peace “GB84” (2018). En ella todos los protagonistas que representan a los sectores implicados entran y salen sin aparente hilo conductor, como voces que se turnan mientras se teje la trama, hasta que el lector reconoce quien es quien bien adentrada la historia: la propia Margaret Thatcher; el presidente del NUM y leyenda del sindicalismo inglés Arthur Scargill, “el rey Arturo”, irreductible siempre, errático en ocasiones; la policía; los miembros de los piquetes voladores; los esquiroles; los fontaneros de las cloacas del Estado; los días plomizos de los lúgubres condados carboníferos de Inglaterra, Escocia y Gales; las victorias fugaces como el olor de la rosa; la derrota cruel y definitiva. Todo tiene su asiento en esta novela coral y vanguardista. También la pobreza, la desesperanza, la venganza y la vergüenza. También la muerte.

Ya sabemos cómo acabó la historia, sin piedad y sin perdón, los mineros regresaron a las minas y Thatcher se elevó a las nubes hasta la defenestración final a manos de su propio partido en un renovado episodio del “¿Tú también, Bruto?”. La historia más que lineal es circular.

La mujer que no creía que las mujeres fueran aptas para detentar el poder, salvo ella que era la excepción que confirmaba la regla, la que se negó reiteradamente a sancionar a la Sudáfrica del apartheid, la que abogó por que un Pinochet paralítico en Londres volviera a su país convertido en un saltimbanqui nada más pisar el suelo de Santiago, “La Dama de Hierro”, acabó siendo velada en la catedral de San Pablo y elevada al altar de los dioses liberales, Santa Patrona del Libre Mercado.

La más hermosa canción de Los Beatles habla de los cielos suburbanos bajo los cuales discurre la vida: un peluquero que muestra las fotografías de las cabezas que ha tenido el gusto de conocer, un bombero que abrillanta su camión con una foto de la Reina en su bolsillo, una enfermera que vende amapolas en una bandeja, un banquero del que se ríen los niños. Bajo los azules cielos de los barrios de la periferia. Cabría también un minero entrando en un pub para tomar una pinta después del día de trabajo y antes del regreso a casa, otras canciones lo han hecho ( ”…bajo a la mina cantando porque sé que en el altar, mi madre queda rezando por el hijo que se va…”) y su estampa ha formado parte del paisaje inglés como las cabinas telefónicas o el té con galletitas.

Hoy el carbón debería ser sustituido como fuente de energía a la mayor brevedad posible, la acumulación de gases de efecto invernadero proveniente de la quema de productos fósiles hacen peligrar la vida en el planeta. Hoy tenemos un dilema bastante sencillo de plantear y difícil de resolver: la bolsa o la vida. Pese a todas las resistencias e intereses de la economía fósil, hay que cerrar las minas y darles a los mineros la oportunidad de emerger y respirar, de formarse para nuevos y mejores trabajos, lo agradecerán porque ellos ya han tenido su propio y particular cambio climático en el interior de las minas.

La huelga de mineros británica, que duró un año entero, hoy se tiene como un hito del movimiento obrero, como ocurre con ciertos países que celebran su Fiesta Nacional el día en que fueron derrotados por sus más enconados enemigos porque no importa tanto si perdieron, lo que realmente importa y trasciende es cómo perdieron.

                        Gerardo Rodríguez

Miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC




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