Las alas del alma

Algunas personas de mi edad quedaron marcadas por “Bambi”. Mi caso fue muy diferente, a mí me destrozó “Dumbo”, aquel elefante volador que no conocen muchos pequeños de ahora.

A pesar de la aversión social, yo, desde muy pequeño, llevaba el pelo larguito y recorrí así toda mi adolescencia y más. El atributo físico se convirtió en toda una característica mía, hasta que me obligaron a despegarme de mi melena en aquel servicio militar obligatorio de principio de los años 80. Cuando eso la crueldad social no entendía el maltrato como ahora ni dentro ni fuera del ejército.

Aunque aún nadie me lo confirma, estoy convencido que fue mi nariz la culpable de la cesárea que sufrió mi madre. Mamá no es irrompible. Mis alas, posiblemente, también tuvieron algo que ver en el acontecimiento, pero habrán pasado a un segundo plano ante la citada prominencia. El conjunto de todo era impresionante, seguro.

Aquellas alas había que taparlas y lo hice desde que tuve consciencia. El pelito cumplía bien la función. Tal vez por ello me lancé al Rock and roll y, posteriormente, al Rock duro. También es cierto que, en mi caso, era más fácil tener más oreja que oído. Pero he de reconocer que nunca destaqué por lo segundo, a pesar de que la primera impresión pudiera ser la de tener también un oído sobrehumano.

En realidad, cuando lo pienso, creo que mis orejas fueron famosas antes que yo. Habría que ver cómo aparecería eso en una ecografía. Sinceramente, no recuerdo o no tengo consciencia de cuando se empezó a hablar de ellas.

Hoy por hoy las considero unas alas de mis pensamientos, unas alas del alma que elevan mi imaginación y me justifican cada vez que alguien vuelve a acusarme de flipado.

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

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