Más pupilas que ojos

Primero fue solo los sábados. Después viernes y sábado, con el tiempo se alargaría hasta el domingo. Sin saber cómo se había acomodado en un uso casi diario. Los estimulantes aumentaban el rendimiento y no importaba que se pasasen noches en vela, gracias a eso ya repetía la lectura de la biblia.

El ánimo rayaba la excelencia y asombraba a todo el entorno por su ritmo inagotable. Hablaba rápido y demasiado, sí, demasiado… Eso era lo peor, aquella forma atropellada de expresarse hacía que las palabras se arrojasen fuera antes de ordenar las ideas y más de una vez esto llevaba a uno a meter la pata.

No había problema. Ningún problema, mientras tuviese unas pirulas o las suficientes rayitas del polvo marrón, casi gris, de sabor amargo y resultados veloces y satisfactorios. Pero lo mejor eran aquellos compuestos de laboratorio, de farmacia, que conseguían un lote diferente a la propia anfeta y lo mejoraban.

Sin duda, un par de petas eran imprescindibles para rematar. Un buen par. Cuantos más mejor. Y no de cualquier cosa, lo mínimo era crema y, por favor, que se alejaran los hierberos.

Noche tras noche en vela. Días que pasaban volando. El peso controlado, casi diez kilos por debajo del aconsejado para su estatura, le daban ese aspecto tan ligero… Con esas grandes zancadas algunos no lo verían pasar. Con ese palique continuo y tan irreflexivo, la gente lo que quería era que les abandonase lo antes posible; era un escudo perfecto, sin testigos de la velocidad de su cerebro. Se repartía entre tanta gente…

Desde la distancia que marca el tiempo, hoy, parece toda una gran locura. Una pesadilla dominada hasta ser catalogada como sueño. Un robo de la adolescencia premeditado y autoinfringido que como experiencia puede presentar muchas dudas. Y, lo peor, éramos tantos en la misma condición que fue como si una generación completa encontrase una empinada bajada de repente y viviéramos aquello demasiado rápido. Muchos cayeron con la loca carrera; otros salieron dañados o, lo más triste, acabaron cambiando el ritmo totalmente, presos de sueños jacosos; y que los menos, subidos al Enalapril diario, sabemos cuándo nos convienen unos tanganazos o cual es la cafeína necesaria para afrontar el día o, por qué no, cuándo es propicio pegar fuego a esos cogollitos secretos “de los que ya nadie fuma”.

Lo cierto es que ahora no hay pirulas ni anfeta ni dientes que lo resistan. Como recuerdo nos queda el bruxismo y un palique más maduro y coherente. Los más falsos son duros críticos de la juventud actual: con esas pintas; con ese “pumba pumba” que llaman música; con esas drogas de diseño que les roba la salud; con tanta diferencia… Y los que no, nos callamos. Mejor no opinar siquiera. Escondernos tras el respeto a la libertad de cada cual, hablando de diversidad y sin entrar en conflicto –por si acaso- con ningún tipo de quinqui o coloqueta. Sabemos que está tan cerca de nosotros que, ya sea en hijos o sobrinos, nos puede llegar a afectar directamente y venir a sacar aquella época oscura de la que nadie quiere hablar.

Salimos con estómagos tocados; con hígados envejecidos; con pulsos acelerados; con los dientes desgastados; con un poco de falta de vista y sin tener, más nunca, más pupilas que ojos. Estos, con sus arrugas, sí son los míos.

 

 

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

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