Morir sin ganas

Son las flores belleza y colores. Son terciopelos y escamas; espinas de escudo; a veces agrias, a veces dulces y melosas. Son dueñas de sus propios aromas y consiguen amores fieles que traspasarán la muerte.

Fue aquella rosa, ya mayor, la que –intimidante− se dirigió a mí:

– Soy Rosa y son espinas las defensas de mi tallo: ¡respétame profano! – inquirió.

Yo, sumiso, la recosté sobre el lugar donde quedó hasta marchitar.

Recordarla se hizo costumbre y compromiso. Así que allí estaba de nuevo, como cada día de santa Rosa, dispuesto a dejar sobre su tumba mi ramito de siemprevivas. Cuando ¡de repente! me rodearon ramas espinadas de rosales sin rosas con intención de abrazarme. Sin escapatoria vi cómo, presa resignada, caía en sus brazos sintiendo el calor de cada púa penetrarme, la fuerza de las ramas apretarme hasta conseguir que me faltara el aire y que aquel cúmulo de efectos me llevaran al extremo de una sensación que ahora puedo calificar como al borde del orgasmo. Seguro que por eso no quería despertar. Quería seguir soñando sin perder aquel hilo. Pero, por desgracia, todos los sueños mueren igual.

Pedro M. González Cánovas

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