Padre soltero

Charlize hablaba afrikáans, una especie de neerlandés que practican muchos blancos asentados en Sudáfrica. Conall provenía de una segunda avalancha de blancos llegados al país y hablaba inglés, aunque empezaba a dominar algo el afrikáans.

Sus amigos, sudafricanos anglófonos, al principio le decían que tuviese cuidado con ella, que “esa gente está muy cercana a los nativos negros”, pero Conall pensó que eran celos e hizo poco caso.

Casi sin que se dieran cuenta, se consolidó la pareja y llegó el momento del primer parto. Tras la ansiosa espera, vio acercarse a un médico que parecía esconder la mirada entre papeles, pero que se paró ante él y le dijo: “Su mujer está bien y los trillizos también”. Su ego afloró y sin poder evitarlo exclamó “Es que soy un cañón”. El médico murmuró “pues debería usted limpiarse por dentro, porque son todos negros”.

No pasó nada, aceptó bien a todos sus hijos y el hecho de que podrían tener diferentes pigmentaciones, al conocer que el abuelo fallecido de su mujer fue un negro de la tribu local más importante. Durante los años siguientes, centró su labor en enseñarles a quererse como hermanos, a pesar de sus apariencias tan diferentes.

La sociedad blanca de Sudáfrica era hipócritamente recatada. Se murmuraba de deslices amorosos por todos lados, pero nadie aceptaba los suyos. Sin embargo, nuestro protagonista tuvo que enfrentarse a duras críticas y eso lo llevó a volverse arisco y antipático.

Un día, Conall entró en una farmacia donde hablaban dos señoras con la dependienta. Callaron nada más verle, hasta que se aproximó y lo recibieron con un “buenos días” que no acompañaba ninguna sonrisa. Lo tomó como el aviso de que era él quien faltaba por atender y no dudó:

– ¿Me da una caja de preservativos?

– Oiga, por favor, hay dos señoras delante: ¿No tiene educación? – Increpó la dependienta.

– Perdone, tiene usted razón. ¿Me da cuatro cajas de preservativos, por favor? – Mostrando una forzada amplia sonrisa a las señoras y dependienta.

Como el uso de preservativos no estaba extendido por el país, Conall se planteó otra alternativa para frenar el crecimiento poblacional de su familia; y, aunque Charlize se oponía, Conall lo sometió a votación y ganó por once a dos que se hiciera la vasectomía. Los menores de nueve no votaron, pero la madre nunca se quedó contenta con el resultado de la decisión. De hecho, un año después pedía el divorcio. Se iba con un embarazo oculto de tres meses, y dejaba el resto de los hijos con el padre. Decía que quería cambiar de población y recuperar su autoestima, que “ya no aguantaba aquello”. Al parecer, su marido y conocidos hablaban mal de ella y había adquirido tal fama que la última vez que fue al médico, le pidió que se desnudara completamente; y cuando se disponía a hacerlo y preguntó dónde dejaba la ropa, el especialista respondió: “Aquí, junto a la mía”.

Charlize se fue lejos. Nadie la tenía localizada y su expareja la extrañaba más que los hijos. Desde el principio pensó que si él se quedaba con los niños, ella debería pasarle una pensión. Pero, por encima de todo el dinero del mundo, aunque no lo confesara en público, lo que más le dolía es que se le hubiera escapado y rehecho su vida junto a otro hombre; mientras él tenía que dedicar la suya al cuidado de sus hijos.

Pedro M. González Cánovas




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