Papeles de colores

Con sus pelos larguísimos, los vaqueros ceñidos totalmente a las piernas, cargaban en las manos las chaquetillas cortas, de llevar por encima de la cintura, y utilizaban un lenguaje casi incomprensible. Traspasaban la pasarela que cruzaba del muelle al Jet Foil con torpeza, con amplias sonrisas que no se borraban de su cara mientras hablaban entre ellos; a pesar de que estorbaban y no daba resultado la intención de incomodar al ejecutivo que subía detrás, con ánimo de adelantarlos. Era agosto de 1980, los Jet Foil no llevaban ni un mes en Canarias.

La hora y media del viaje se les hizo corta. Nadie se parecía haber percibido de que eran dos menores que viajaban solos. Nadie les pidió el carnet de identidad ni les puso pega alguna. Así que, con un sentimiento de libertad renovado, desembarcaron en Las Palmas. Se suponía que no conocerían a nadie y eso les permitía actuar con más desparpajo que nunca.

Se adentraron en el casco hasta que vieron el cartel de una pensión: “Hostal El Rayo”, en la calle El Rayo: Les valía. Total, era para una sola noche. Además, estaba junto al céntrico Parque Santa Catalina y parecía un buen punto para orientarse. Justo debajo había una tabaquería, donde el Ruedas compró media docena de paquetes de papelillos extraños para llevárselos a su hermana, que los coleccionaba.

Su amistad venía de años antes, durante las comidas que se ofrecían para algunos alumnos en un conocido colegio de curas de la capital tinerfeña. Eran de los alumnos que se señalaban como los más conflictivos y se llamaban “internos”. Aunque su internado se limitaba al espacio entre las clases de mañana y tarde. Ningún alumno dormía en el centro.

Fueron solo dos años, sexto y séptimo de Enseñanza General Básica (EGB). En octavo se separaron porque Jose, el Eléctrico, fue enviado por sus progenitores a un internado de verdad a las afueras de Las Palmas. Jorge, el Ruedas, no terminó tampoco octavo en aquel colegio; lo hizo un año después en uno público más cerca de su casa. Pero a la vuelta de Jose a Tenerife, se volvieron a encontrar.

El Eléctrico era un chiquillo altísimo para su edad, y además muy flaco y huesudo. Pero destacaba sobre todo su pelo, rubio y muy rizado, que parecía un estropajo que botaba en la parte alta de su cabeza y desafiaba a la gravedad, hasta tomar una forma esférica más propia de negros que de rubios. Su constante estado nervioso, que se apreciaba desde lejos por tener las manos metidas todo el tiempo en su pelo como si lo quisiera desenrollar, fue lo que le valió para ser nominado como “el eléctrico”.

Jorge era de la estatura media de la época y edad. Su constitución delgada, seguramente, se la debía más que a nada al abuso de pastillas para adelgazar y otras con derivados de anfetamina en su composición. A ese tipo de drogas, que ponía en el mercado la industria farmacéutica de entonces, en los barrios se les llamaba “ruedas”; de ahí su apodo. Su pelo era castaño y ondulado, casi rizado, de apariencia descuidada, y bajaba por detrás hasta la mitad de la espalda.

En la pensión no les pusieron buena cara, pero los atendieron y les asignaron una habitación en la parte alta, desde donde se veía una parte del parque Santa Catalina. No pararon allí ni para refrescarse, solo dejaron las chaquetas. Tenían claro cuál era su prioridad en Las Palmas y salieron sin perder tiempo a la calle, en dirección a La Isleta. Tardaron más en caminar hasta el barrio que en atacarle a alguien, con buenos resultados. Solo que los llevó caminando hasta Triana, para ligar lo que buscaban.

Ahora lo que tenían era un par de pedazos buenos de chocolate, por valor de 10 mil pesetas, que era lo que justificaba el viaje; un montón de papelillos; y una cajita de Camel, ya usada, para los dos. Y todavía les quedaba por delante el camino hasta el Parque Santa Catalina. Así que se enfilaron de nuevo en dirección a La Isleta, pero desviándose hacia su derecha, cerca de la costa, para no pasar de largo. No sabían que en ese camino encontrarían la comisaría de policía, pero, tuvieron la suerte de llegar antes a “el hoyo”, la Terminal de Guaguas de la que salía el transporte público hacía el norte o el sur de la Isla. Ahí, el Eléctrico, paró la expedición y propuso una visita a Santa Brígida, para que el otro conociera el Centro donde estuvo un año interno: el Jaime Balmes. Así que se subieron en el Utinsa correspondiente y al poco bajaron en el municipio periférico.

Era muy verde. Lo más verde que vieron esa vez en Gran Canaria. El Eléctrico estaba muy bien orientado, así que se dirigieron al colegio, que estaba abierto, a pesar de ser pleno agosto. Había clases de verano. El Ruedas, se empeñó en hacer un porro sentado en un banco de piedra de los esplendorosos jardines; así que rebuscó y se dio cuenta de que solo tenían papel de fumar de los que compraron en Las Palmas. Había papel de plátano, de fresa, de maíz, de chocolate… había de todo menos “el normal” de arroz que solían utilizar y, aunque estuvo a punto de hacer una cachimba de platina, acabó por optar por el papel amarillo: el de “papel de maíz”.

Tras compartir la tremenda trompeta de la crema que ligaron en Triana, se adentraron en el recinto, guiados por el Eléctrico. En uno de aquellos largos pasillos se oía el responso de un profesor, que salía de una puerta. Por ella se asomó el eléctrico, para volverse inmediatamente al otro y decir: “colega, es el Pirao, ¡fuerte cáncamo de nota!”. Por supuesto, tras ese gesto, el Ruedas también se asomó y se encontró con unos treinta pibes mirando a la puerta y un adulto con gafas de pasta y espeso bigote, con cara de rechazo y rabia. Incluso desde la distancia, parecía que podía morderle.

Los dos amigos acabaron corriendo mientras reían como endemoniados, fruto del nerviosismo y los efectos del chocolate de calidad, hasta conseguir salir del recinto y tomar aire. Aún entre risas, comentaban lo ocurrido mientras hacían otro porro (ahora iban a probar el papel de plátano), cuando – de repente- vieron aparecer por la entrada un coche Zeta del 091. Alguien había llamado a los monos. Según contó después el Eléctrico, era habitual que pasaran en verano antiguos alumnos con intenciones de venganza. Así que, sin dudarlo, los dos peludos corrieron campo a través por los jardines, que esa vez no parecieron tan grandes. Salieron a la carretera general, con la suerte de encontrar un taxi en marcha que paró a su señal y les llevó hasta Las Palmas, justo al Parque Santa Catalina. El papel de plátano era muy dulzón.

Se lavaron en la pensión, que no tenía ducha; comieron algo en un bar del Parque; y volvieron a subir. Un piso más arriba de su habitación, encontraron una salida a la azotea que estaba abierta, y allí se hicieron un porro, y otro, y otro…, contemplando aquel pedacito de las calles de Las Palmas nocturna y riendo al repasar lo acontecido durante la jornada, hasta quedarse casi dormidos.

A la mañana siguiente, lograron coger el Jet Foil de vuelta a las diez. A las once y media estarían en casa, pensaba el Ruedas, con casi 25 gramos de polen, que en el sur se vendía el doble de caro que en Santa Cruz. “Un buen bisnes”, comentaron ambos. En esos momentos, solo tenían ganas de llegar a la placita, “para conseguir papelillo de verdad y dejar de fumar aquella mierda azucarada de colores, ¡joder!”.

 
 
 

 Pedro M. González Cánovas

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