Pasito a pasito

Sus pies descalzos eran casi la única vista que tenía. Llenos de cicatrices y marcas recientes, con un poco de sangre seca en el lateral exterior del derecho, por fin vio cómo el pulido peldaño de madera de la entrada de la iglesia anunciaba el descanso en la desgastada loza del interior. El hombro derecho, el enlace con el trapecio, se resentía del peso que caía sobre él con cada paso, con cada paso que daban los demás. Era como si ahora caminara sobre nubes, un cielo llano y agradecido, que ellos llenaban de sacrificio y dolor corporal.

Los zapatos empezaron a molestar hacía rato, destacaba su brillo de charol entre la oscuridad de la sombra del Cristo. La espalda, a la altura del riñón; la rodilla derecha; y ese mismo pie, repartían un terrible dolor que se difuminaba en la oscuridad. Se preguntó si el suplicio, que refugiado bajo de la imagen que cargaban, se distribuía por igual entre todas las personas que debían hacer el esfuerzo. O si, como casi siempre, había alguno que burlaba su correspondiente dosis, siendo sólo fuerza de castigo para los demás. Esquivaban -no se sabe de qué forma- la misión de aportar a la carga. Siempre pasa igual.

La Cofradía tenía preparado un brindis con algo de comer para más tarde. Cuando acabaran los actos religiosos y la imagen descansara en su sitio. Eso lo animaba en los últimos pasos. No por complicados que fuesen, sino por el agotamiento y la sospecha de que el lugar escogido para dejar reposar la imagen había sido calculado en el extremo adonde podía llegar una persona con el máximo esfuerzo. Bajo la imagen, el cansancio hacía estragos.

Una sonrisa vino a su rostro cuando recordó como pepe el lagarto increpó a la procesión hablando del “becerro de oro”. Seguramente la Guardia Civil no le habrá hecho nada, conocedora de la constante alcoholemia del protagonista. El lagarto, se pegaba horas al sol en un banco de la plaza del Cristo, flaco, moreno y de piel escamosa, como si hiciera por ganarse su apodo cada día, a cada instante.

Cuando hizo su juramento o la Jura de Reglas, junto con otros dos más de su edad que entraron ese año, dejó de beber hasta después de los Actos. Su padre se mostró muy orgulloso y le contó que aquello de la etiqueta que ahora él juraba, no se estilaba en su tiempo, cuando iban todos descalzos por las calles de tierra. Pero según él “el sacrificio era el mismo”.

Ahora no se imaginaba cargar con aquella imagen sin los preparados cojines de apoyo para el hombro, como se hacía antes, o sin la ayuda de las benditas rayas de coca que compartían casi todos los jóvenes. Sin embargo, la procesión transcurría en total silencio por las asfaltadas calles, embarazada de absoluto respeto. Todo tenía su momento.

En una hora, o menos, se vería con los ojos chispados, contando chistes de curas y riendo, con su amigo Domingo el lagarto, que entró a la vez que él en la santísima orden y también era costalero. En realidad lo que lo hacía sentir más incómodo era la corbata. Aunque era un simple trabajador de la construcción, a Domingo, que era policía, le pasaba lo mismo: también se asfixiaba con esas galas.

Como mejor estaban ambos amigos era cuando ya andaban empapados en alcohol, capaces de amanecer entre blasfemias, críticas y burlas a la curia. Todo habiéndose quitado de encima el peso de las procesiones. Ya quedaban apenas unos pasitos.

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

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