Pastillas

Aquella iba a ser la segunda noche seguida sin dormir. Lo sabía antes de llegar a casa, estaba ahora más despierto que después de tomarme las tres centraminas de esta mañana. Aún tenía en mi cabeza la hora en blanco de matemáticas que se me pasó mirando fijo a la pizarra, que acabó con el sobresalto del timbre del final de la clase. De alguna forma, yo, que empecé tan concentrado, me quedé elucubrando fórmulas inexistentes hasta vencido el tiempo de clase. Me hacía gracia que nadie se diera cuenta, seguía sin entender cómo había pasado.

Desde luego, no era un palique de Bustaid; de “amarillas” de las nuestras, que eran cómo las pirulas de oro. Pero tampoco una basurilla para el catarro de las que contenían un mínimo de anfeta o derivados como para que mantuvieras el ritmo o para tener que empujarte una caja entera. Las cajitas o botes de Centramina solo tenían 20 ruedas, las suficientes para repartir entre dos y pegarte dos días empalicado, por lo menos. En este caso, la caja era para mí solo. Si bien es verdad que el domingo le di tres a un colega y esta misma tarde dos más a otro; pero yo ya llevaba ocho encima y dos de resguardo para mañana por la mañana. Las tenía muy contaditas.

Por esa época, antes del año 78 del siglo pasado, las conseguíamos en las farmacias sin necesitar receta. Después, empezaron a controlarlo un poco más. Pero fueron años poniéndonos como nos daba la gana de metanfetamina, sulfato de anfetamina y otros derivados, a precios irrisorios y en dosis controladas oficialmente.

La cosa ya llegaba a tal extremo que se empezaban a vender los tarros, cajas o hasta ruedas sueltas, la demanda justificaba el mercado.  Era la mayoría de la juventud de nuestra generación empalicada cada fin de semana, completando los paliques con unas cervecitas y un montón de fumadas de choco o yerba.  

Así que entré en casa lo más tarde y razonablemente posible, para ser lunes laboral. Cené y me acosté en tiempo y forma, como el resto de la familia. Pero al poco tiempo me volví a levantar. Tanteé hasta encontrar la biblia y el cuaderno que tenía pinzado un bolígrafo. Cogí la caja de Winston, donde tenía que estar el porrito liado que dejé preparado y fui a la sala. Allí encendí la luz pequeña y me acomodé en un santiamén.

Mientras me fumaba el porro e iba a la parte de la biblia donde lo dejé ayer me encontré con unas poesías que había escrito ayer. ¡Qué sorpresa!, no lo recordaba. De todas formas, las aparqué y seguí con el análisis del librote, donde buscaba y me documentaba de hechos paranormales que ya tuvieran nombre: como levitación, telequinesis, programación del agua, sanación por imposición de manos, etc. Y así se fue otra noche más, menos mal que me reservaba dos o tres centraminas para afrontar las clases de mañana.

A veces, me asombra recordar historias de hace cuarenta años. Estoy por comentárselo al psiquiatra. Pero, la verdad, me da miedo que pretenda justificarlo con la medicación que me ha prescrito y tener que confesarle que no me la he tomado: cuantas menos pastillas mejor, digo yo…

   

 Pedro M. González Cánovas

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