Religión en la fiesta

En el legendario barrio lagunero de Chimber, que nace en la orilla sur del barranco de Chamarta, se desarrolla nuestra historia. Sus predominantes bloques ocultaron la antigua iglesia y las dos casas terreras adjuntas, asomadas apenas gracias a la plaza que se extiende delante de la parroquia cristiana. Por un lado, la casa del cura, y en la trasera, el antiguo centro parroquial que hoy lo sigue siendo, además de funcionar como asociación de vecinos.

Famosas fueron siempre sus fiestas en todo el municipio, aunque posiblemente destacaban más que otras porque este barrio linda con el casco histórico. Fue tanta la fama que alcanzaron, que se colapsaban los accesos rodados. Se juntaba gente de toda La Laguna e, incluso, de otros municipios. Y cada año iba a más y a más, hasta que empezaron las primeras quejas vecinales serias. Aquello se les había ido de las manos.

Ya ningún vecino se apuntaba en la Comisión de Fiestas y el Ayuntamiento empezó a cobrar tanto por el alquiler del suelo para los quioscos y chiringuitos, que nadie pujaba por ellos. Quizá desde el consistorio observaron lo costoso de contener a tal muchedumbre, tanto conflicto, borracheras y sobredosis varias, que valoró la posibilidad de liquidar aquella fiesta que colapsaba en centro de la ciudad y los servicios municipales. Y así fue. Tras varios años en que la asociación de vecinos se hizo cargo del peso de la organización, decidieron finalmente dejar de organizarla.

El aspecto del barrio había cambiado mucho en los últimos 20 años. Todavía quedaban obras en algún edificio, añadir ascensores a los bloques y dar nueva pintura a las fachadas de colores teja y gris, lo que diferenciaba a Chimber y marcaba sus límites reales. Pero también se integraba mejor entre los tonos teja y ocres predominantes en las casas terreras de la zona.

Seguía vivo el movimiento parroquial, apoyado sobre todo por un nutrido grupo de mujeres y respaldado por el grupito folclórico que tenía su motor en un par de personas significativas de allí. Pero el más vivo de todos fue el párroco, como se encargó de demostrar.

Según me contó mi abuelo, que más bien lo sabía por su padre, el cura aprovechó el momento de cansancio de los líderes de la asociación de vecinos para darle un giro a la fiesta. Propuso recortar los días festivos a solo dos, un único fin de semana. El sábado sacarían a San Isidro hasta el portal de la iglesia y en su honor tirarían los clásicos fuegos artificiales, sin hacer baile en la plaza ni fiesta posterior. El domingo, que tradicionalmente era el día fuerte, dijo que tenía pensado mantener la tradición y darle la vuelta al santo por el barrio, pero desprendiéndose de todo lo malo que había traído la antigua celebración y que se anunciaría solo como una procesión.

En principio, la gente no lo vio mal. De hecho, el cura consiguió que se involucrasen vecinos del barrio que nunca lo habían hecho. Uno de ellos tramitó el acompañamiento, subvencionado por el Ayuntamiento, de una banda de cornetas y tambores para la procesión, al que poco a poco se fueron sumando otras actividades folclóricas y hasta animales y carretas venidos de fuera.

Me cuesta imaginar lo de aquel entonces, viendo en lo que ha derivado la fiesta hoy. Se celebran procesiones viernes, sábado y domingo. El sábado con los fuegos artificiales; el domingo con el acompañamiento de militares y autoridades. Y aunque el poder eclesiástico se queja, tras la del viernes hay un baile y una gran fiesta, llena de todos los excesos. Igual que el domingo, después de encerrar al santo, que con la contratación de tantas actuaciones el barrio acaba arrasado por cientos o miles de foráneos.

Aquel barrio que fue periférico ha sido absorbido por el crecimiento de la ciudad. Ahora se considera integrado en el propio centro, pero evidentemente excluido del casco histórico. Sin embargo, su fiesta, que tiende a ser cada vez mayor, se considera de interés turístico y se ha convertido en la más importante del centro lagunero. Este año fueron casi 10 días, de viernes a domingo de la siguiente semana, y se incluyó otra procesión el primer fin de semana. Ahora es una lucha de la juventud de Chimber por darle vida a la fiesta y a la procesión del último domingo, convertida ya en romería.

El Ayuntamiento parece apoyar a los organizadores, seguramente viéndolo como un atractivo local. Pero hay un choque con la iglesia: esta no solo se niega a perder protagonismo, sino que quiere ganar más y controlar que el mayor ritmo festivo sea el paso fúnebre y temeroso de Dios que impone cada procesión.

Lo cierto es que romería y procesión son manifestaciones populares encabezadas por ídolos religiosos, como hicieran los griegos o romanos con los suyos hace miles de años. Manifestaciones festivas sin más ingrediente social que la búsqueda del ocio, pero que aprovechan las religiones para exaltar sus doctrinas y acaparar un protagonismo que, seguro, no comparten todos los participantes.

La interpretación de los acontecimientos tiene mucho que ver con el designio del grupo ganador de cada edición. Ya sea cortejada por carnes y comidas, vinos, porros y cualquier otro abuso, o seguida de una marcha casi fúnebre, estrictamente disciplinada, siguen siendo las imágenes religiosas las que ganan, aunque pertenezcan a una religión que descalificó su propio culto desde la Biblia.

Los jóvenes han iniciado una recogida de firmas para que el cura se aparte y se dedique exclusivamente a lo suyo. El cura ha iniciado su propia campaña, desde el púlpito y casa a casa, tachando de pecadores a quién firme a favor de la iniciativa juvenil. El párroco asegura que tiene todo el apoyo del consistorio y el obispado, y nadie lo duda. Pero ¿comulgarán los vecinos con él?

 

 

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

 

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