Revolución de colores

Fue tierra de tulipanes. Grandes extensiones eran ocupadas por preciosos tulipanes negros. Su estilizada figura crecía desde el suelo sobre un firme tallo, no muy grueso ni muy delgado; parecía lo justo para sostener aquella hermosa flor que los coronaba, de aspecto extremadamente aterciopelado.

No olía a flores, pero tampoco a fermentos orgánicos, ni estiércol de ningún tipo. Era una tierra con suficiente fertilidad para generar esos campos vistosos y únicos.

Entre los más adultos luchaban por asomarse figuras con aspecto más frágil, con un cogollo en la punta que pronto daría origen a otro de aquellos maravillosos tulipanes negros. Fueron esos jóvenes quienes detectaron aquel tallito espinoso que nacía en su propia tierra: en tierra de tulipanes. Desde el primer momento nacieron leyendas sobre lo que traía aquel tallo leñoso, que parecía ser el extremo opuesto a la suavidad de la hoja tulipanesca. Y los rumores se extendieron como el agua de riego, y todos los tulipanes supieron del terrible aspecto de aquel tallo invasor, fuera de lugar, que se acomodaba entre ellos.

Los viejos, sin dudarlo, dijeron que no tenía nada que ver con ellos; que se trataba de una fémina sin identificar y que era un mal augurio que estuviera pasando allí mismo tal aberración de la naturaleza. Todos mostraron su rechazo inmediato, pero peor fue cuando se empezaron a abrir aquellos pequeños bulbos que asomaban a la luz desde el tallo espinado. Un rojo sangrante encandilaba a serios tulipanes negros que no entendían lo que pasaba.

El pequeño capullo rojo se alzó en la punta de otro tallo espinoso que no paraba de crecer y, al poco, se había convertido en una exuberante flor de hojas arrugadas y muy separadas en la punta. Cuando se empezó a abrir era el mayor espectáculo del mundo para los tulipanes. Nunca habían visto que una flor se pudiera expandir así, que emanara un olor tan fuerte y dulce a la vez; ellos nunca florecieron de esa manera.

La cosa no quedó ahí. La planta, que ya cargaba varias de aquellas flores extrañas, se enredaba atrapando tulipanes entre sus tallos llenos de espinas hasta asfixiarlos. Pero bajo la tierra se desataba una batalla silenciosa. Las raíces del rosal tropezaban con bulbos de tulipanes; bulbos resistentes, blindados, preparados para soportar las más bajas temperaturas y florecer el otoño siguiente. Justo lo contrario que el matorral invasor que se congeló al principio del invierno y falleció ahogado de sombra.

Allí mismo fue donde nacieron, un año después, tulipanes rojos, naranjas y de otros muchos colores. Lo de aquel matojo y sus olorosas y preciosas flores se interpretó por las nuevas generaciones como un mito. “Historias de viejos”: aquello fue siempre tierra de tulipanes de colores.

Pedro M. González Cánovas

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