Uno menos

Mis padres decían que “de tan bueno que quería ser, era bobo”. Otros que la bondad que emanaba afloraba en mis escritos. Decían que me faltaba una chispa de crueldad, de malas ideas, y que mis personajes se alejaban de la realidad de tan correctos y éticos que eran. Yo creo que imaginación me sobraba, pero que siempre fui un poco cobarde para enfrentar las situaciones más duras de nuestra sociedad y por eso, en mi mundo idílico, en mi escritura, huía de ellas.

Sin embargo, había llegado a las semifinales de aquel terrorífico concurso literario. Esa noche de carnaval nos íbamos a enfrentar cuatro escritores enmascarados, primero en semifinales descalificatorias y después en una final uno contra uno. Todo el mundo sabía que a la capacidad de creación se sumaba la tensión de llevar a cabo el desarrollo literario con una pantalla gigante que mostraba al público lo mismo que tenías en la pantalla de tu ordenador. Se veían las correcciones y las ideas en el mismo momento que surgían. Se mostraban las dudas y los espacios en blanco, tal y cómo acontecían debajo de la máscara. Era un show, con el tiempo limitado a 5 minutos por participante. Con la introducción de las tres palabras que te ponían delante en el momento que llegabas al ordenador. Un espectáculo, una experiencia, que sobrepasaba lo literario para convertirse en una prueba de nervios y de lucidez que requería una concentración extraordinaria y una personalidad que, posiblemente, yo no tenía.

En las anteriores descalificatorias había aprendido a valorar a mis contrincantes. “Pamela” se iba a lo romántico, con un don especial que creía inherente a su juventud e inocencia. “Salcerda” era una escritora muy rica. De repente rayaba lo erótico, o pasaba desde ahí al humor más picante; o nos agobiaba a todos, nos entristecía, nos daba miedo… Por el contrario, “Loco saudade” era el escritor más completo. Un gran seguidor de Cortazar con un estilo literario que daba envidia. Su desarrollo se dirigía siempre a finales sentenciosos y llenos de emociones. Gustaba a todos los presentes siempre y se presentaba como el enemigo por excelencia de quienes participábamos de aquella aventura.

Esa última noche del campeonato, no esperaba encontrarlo cuando me dirigía al lugar del evento, pero en seguida reconocí a “Loco saudade”. Estábamos los dos solos, caminando a buen ritmo, ayudados por la pendiente de las calles periféricas al carnaval. Nos saludamos cordialmente y avanzamos juntos, cambiando impresiones y sentimientos, camino del matadero.

Él fue quien insistió en cruzar el Parque. Yo se lo dije solo una vez: “se ve muy oscuro, no parece aconsejable”. Pero cedí ante su insistencia, por miedo a quedar como un cobarde. En breve iba a ser uno de mis oponentes y no me gustaba mostrar debilidad. Así que le seguí y juntos nos adentramos a través de un camino asfaltado que asemejaba un túnel, cerrado por la tupida maleza menos por su entrada y salida.

Noté que alguien se movía paralelo a nosotros, a nuestra derecha, a la altura de mi compañero. De repente los teníamos encima. Eran dos chicos que nos cortaban el camino y se presentaban grotescamente, con la clara intención de intimidar.

– “A ver, ¿a dónde van ustedes niñatos?” ─ inquirió el más bajo de ellos. Detrás de nosotros aparecieron otros dos profiriendo risas absurdas mientras luchaban por salir de entre la vegetación.

– ¡Venga! Los móviles y las carteras ¡rapidito! ­─ Dijo el más alto de los de delante.

– ¿Qué dices? ─ contestó “Loco saudade” envalentonado. Yo estaba que me meaba encima. Mi cabeza buscaba incesante un hueco por el que salir corriendo.

– Qué te dejes de películas ¡niñato! ─ dijo el otro.

– ¿Te vas a poner chulo payaso? ─ ahora uno de los de atrás.

“Loco saudade” se cuadró con el alto que tenía enfrente y sin dudarlo, los dos de atrás saltaron sobre él. Empujé al que tenía enfrente, que se giraba sobre mi compañero, y casi lo hago caer. Pero solo lo hice para emprender la loca carrera que solo yo esperaba. Me paré a más de 30 metros y vi como golpeaban un bulto que hacía por perderse en el suelo.

– ¡El pibe les va a poner tibios, es una máquina en kárate! ─ Amenacé en la distancia. Y vi que le pegaban con más rabia. ─ Nos quedamos con las caras. Ya nos veremos. ─ continué amenazando. Para entonces, parecía que pateaban el mismísimo suelo. Y no paraban.

Tuve la sensación de que algunas de las sombras caminaban hacía mí. Así que volví a correr. Esta vez hasta el final del túnel. Cuando llegué a la luz estaba asfixiado, mareado, agotado y temblando. Cuando me giré moqueaba y se me desbordaban lágrimas. Ellos, según pude apreciar, seguían con su víctima. Daba la impresión de que despedazaban al derribado.

Busqué caras que me miraran. Me sentí desnudo a la luz y no daba abasto de secar el rebelde llanto. Un incontrolable terremoto, con el epicentro en mi interior, sacudía incesantemente todo mi cuerpo. Me desgastaba cada vez más y decidí caminar. Al principio lo hice lentamente por la parte iluminada en dirección a la salida del Parque. Creía que así lucharía con la ansiedad que tenía y me iba a recuperar antes. Pero lo cierto es que acabé de nuevo con una carrera breve, que me sacó del oscuro espacio verde y, 5 minutos después de seguir caminando, por fin sentí que volvía a respirar.

Todo el mundo echó de menos a “Loco saudade”. Nadie esperaba que faltara a la cita. Había quién lo daba por favorito. Lo cierto es que la organización del evento, tras la espera conveniente, puso en marcha una final a tres.

Ya íbamos con retraso y mis nervios parecían gastados. Pero tenía mis pensamientos muy lejos y luchaba por alejarlos más. No serví esa noche. No pude escribir ni una sola frase sin mencionar “parque”, “robo”, “sangre”… Y cada vez que me venía una de esas palabras lo suprimía todo y volvía a empezar. Fueron 5 minutos terribles. Me quedé en blanco. Fue mi noche en blanco. Así lo entendió el jurado y la organización, igual que el público asistente. En realidad, tuve la impresión de que todo el mundo y mi entorno tenían más interés por justificarme que yo mismo. Está claro que fui el primer descalificado, pero mi tranquilidad no empezó hasta cuando, al fin, me encerré en casa.

Llevaba meses sin escribir. Estaba convencido de que la escritura o la propia literatura me daban pánico. La muerte de “Loco saudade” la cargué como una culpa y me niego a pasar por aquel parque hasta de día. Aquello hizo cambiar mi vida y, seguramente, me valdrá para alejarme de aquellos escritos ñoños. Una cosa es segura: uno ya no es el que era.

 

 

 

 

 

Pedro M. González Cánovas

 

 

 

 

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