El arte, ¿realmente una expresión subjetiva?

A lo largo de la historia, ha habido muchas definiciones a la hora de catalogar el término “arte”. Creo que todos tenemos claro que es un medio de expresión utilizado por los seres humanos, dentro de la visión occidental que percibimos hoy en día, ya que en otros períodos como es el de la Antigüedad y concretamente en Egipto, el arte fue utilizado como ofrenda para los faraones, entre otras cosas. Es decir, su función era transmitir un mensaje que podía ser visto o no. Pero tal y como entendemos hoy el arte, pecamos de deterministas a la hora de decir que una obra elaborada por un artista no ha sido ejecutada con la función de ser vista y evaluada por el público. En definitiva, hasta el proyecto “más individualizado” pide una aprobación colectiva del resto de la sociedad.

Todo esto viene a cuento de una conversación que tuve hace varios días sobre qué era arte, qué dejaba de serlo y qué papel tenía el individuo como elemento único en su creación artística. Y aquí viene mi respuesta.

El arte nos puede transmitir emociones, sentimientos, sensaciones, etc. El arte y sus géneros siempre han generado polémica a lo largo de su propia evolución. Un ejemplo de ello es la desvalorización del arte contemporáneo por el hecho de ser actual, sea cual sea su medio (pintura, escultura, arquitectura, música, cine, fotografía, etc.). Es como un continuo remake de que lo pasado siempre fue mejor, una especie de veneración hacía la nostalgia de lo que el propio individuo no pudo apreciar, y, por lo tanto, no pudo vivir ni palpar en su totalidad. Y aunque me guste mucho utilizar el concepto de “genio creador”, es cierto que un artista y sus circunstancias son realmente el verdadero condicionante de su obra maestra. Quizás me gusta mucho/demasiado el concepto de obra maestra. Creo que, en parte, tuvo que ver el filósofo y socialista Walter Benjamin y su manera de ver el arte. Benjamin nos decía en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936), que toda obra tenía un “aura”, es decir, una esencia que se perdería a la hora de que ésta se reprodujese de manera masiva. Lo masivo como algo negativo, ya que se elimina la percepción de lo especial, de lo auténtico, de lo inédito. Pero, reconozco, que parte de mí, sigue ajustándose un poco a la teoría de Benjamin. Aunque he de decir, que en un principio me aproximaba más al concepto de Inmanuel Kant y su visión de ver en el arte en la “Crítica del Juicio” (1790) y el famoso lema del “arte por el arte”. Lo que no sabía (no me atrevo a decir que no sabía), más bien no decía Kant, es que ese propio lema estaba condicionado por unas cuestiones materiales propias de su contexto, en el que se rompía con las cuestiones academicistas y conservadoras de un arte que seguía unos patrones específicos.

El arte deja al artista, por desgracia, de poco “especial” frente a una conciencia condicionada por la relación con la sociedad a la que se afronta. No por ello, debe haber un menosprecio y una repugna hacia lo que se proyecta ni a las técnicas que se han utilizado para el mensaje artístico, ya que pienso que el arte requiere que los seres humanos tengamos “una sensibilidad” concreta a la hora de analizar lo expuesto a nuestro alrededor. Sin embargo, esa “sensibilidad” y la manera de ver lo qué es arte y deja de ser arte siempre ha estado relacionado con la clase social, y, por lo tanto, con el gusto que tiene esa determinada clase social. Pierre-Félix Bourdieu, uno de los personajes más destacados dentro de la sociología nos hablaba de la cuestión del gusto. El gran referente es su obra “La distinción. Criterios y bases sociales del gusto” (1988), en la cual nos indica que la apreciación del arte entra en conexión con nuestro capital cultural, posición económica, etc. Desde mi punto de vista, la aprobación se produce en torno a quien lo vea (clase social), donde lo vea (museo, galerías de arte) y quién lo aprecie (crítico de arte). Una institución que rompió con el arte para unos pocos fue la Proletkult, la cual nació junto a la Revolución Rusa en 1917. El arte soviético ha sido muy criticado por verse como algo meramente propagandístico, aspecto en cual me podría extender bastante, pero básicamente, si nos ponemos a pensar, ¿qué arte no ha demostrado los intereses o inquietudes de una sociedad en concreto?, ¿por ello deja de ser arte?, ¿debemos dejar a un lado unas condiciones materiales frente a unas meramente “personales” ?, ¿cuándo deja el arte de ser político y social?, ¿el aura de Benjamin pasaría a un segundo plano?

Me gustaría también destacar los diferentes estamentos que asignaba Edmund Burke en “La indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello” (1757) en cuanto a la satisfacción visual del arte, ya que la idea del arte no estuvo siempre arraigada a lo totalmente idílico y “perfecto” a la hora de encasillarse como magnífico. Burke nos decía que lo bello agradaba y lo sublime asustaba y a ambas categorías las consideraba arte, aunque despertasen diferentes emociones, que, al fin y al cabo, es lo que queremos cuando pretendemos expresar cualquier tipo de manifestación, sea artística o no. Dejando las ideas románticas a un lado, quiero hacerles entender que una obra de un artista renacentista no tiene que elevarse al máximo exponente frente a una de por ejemplo, Marcel Duchamp (dadaísta), en cuanto a lo que querían transmitir dentro de su contexto histórico y a sus maneras de reivindicarlo, aunque el mismo Duchamp dijese que la sociedad llamaría a todo arte si así lo hacemos ver. En definitiva, tanto el arte como el “anti-arte”, forma parte de nuestro proceso histórico-artístico y es algo que no podemos obviar ni desprestigiar.

 

 Yasmín Bouzaoui Acosta

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