El camino del amor

Inició el camino antes de aprender a caminar. Sus padres no entendían cómo aquella personita tenía tanta alegría al despertar. Cómo con el roce de sus manos sentían el revolotear de las mariposas a su alrededor. Cómo el espacio que les rodeaba estaba impregnado con la fragancia de las flores que florecen sólo en primavera. Eran aquellos padres incapaces de pronunciar palabra ante la presencia de aquella pequeña vida que les acompañaba. Muchas personas criticaban su manera de educar y criar pero ellos sabían, que aquella personita, necesitaba crecer sin cercos, salvaje entre las rocas y la tierra seca. Sabían que si la protegían con la educación y la cultura impuesta, ella dejaría de brillar, de sembrar y de purificar aquel aire que compartía. Las risas de aquella pequeña llenaban de silencio las mentes ocupadas. Su padre y su madre, entendieron desde el primer momento, que con su llegada ellos también regresaron casa. La niña les había indicado que la puerta estaba frente a ellos, sólo tenían que abrirla nuevamente para reencontrase con el origen.

Aquella niña creció fuerte, sana, alegre y sin preocupaciones. Pero a medida que ella crecía y florecía, sus progenitores envejecían y como los árboles viejos, poco a poco dejaron de dar frutos. Acompañaron a la joven hasta donde pudieron pues sus piernas débiles por el peso de los años, decidieron descansar en un punto determinado del camino. Ellos se despidieron con una sonrisa y un “hasta siempre amor”. Ella en cambio, se despidió con un dolor en el corazón y por primera vez, su sonrisa se presentó apagada.

Durante meses anduvo por los montes, cruzó los barrancos y los riscos con aquella sonrisa oscura y el dolor en el corazón. No entendía ella por qué seguía con aquel sentimiento que se antojaba eterno y aquella actitud que creía única. La joven miraba al cielo y veía las nubes blancas unos días y otros, las veía grises. Caminaba algunos días sobre la tierra seca y otros sobre la tierra mojada. A veces observaba como caían las hojas amarillas o anaranjadas y otras, como brotaban pequeñas hojas verdes en las ramas. De noche acariciaba los capullos cerrados y al amanecer, bebía las gotas de rocío que le regalaba la flor cuando abría sus pétalos para darle los buenos días a lo eterno. Lloró la joven desconsolada aquella mañana. ¿Soy insensible? -se preguntó- ¿Vale la pena vivir en este estado de tristeza? Si corro me alejaré más de ti pequeña flor amiga mía, pero no escaparé de mí. Si me quedo aquí, ¿cambiará algo? Y para sorpresa de la joven, una voz que no dudó que venía de la mismísima flor, le dijo: “Mira al charco que está a tus pies y di en voz alta lo que ves”.

La joven aturdida miró desconfiada al suelo y descubrió un gran charco que se había formado gracias a sus lágrimas saladas y amargas. La imagen la endureció por un instante, pero más tarde, la obligó a arrodillarse y a fijar su mirada en él. Al principio, no era capaz de ver nada que no fuera tierra en la profundidad y agua en la superficie. Sumergió su dedo y poco a poco empezó a distinguir entre las ondas su propio reflejo. Aquella imagen le parecía extraña al principio, distante, pero poco a poco la curiosidad le obligó a fijarse en los pequeños detalles. Su pelo rizado y alborotado le empezó a hacer gracia. Y la sonrisa seca y eternamente triste comenzó a transformase, en una sonrisa viva y alegre. Sus ojos apagados también empezaron a desprender poco a poco más luz. Y ella empezó a sentirse más y más cómoda, segura. Empezó a reconocerse. La niña atenta, sintió la presencia de la flor que esperaba sus palabras:

Querida flor y dadora de vida. Estoy apareciendo poco a poco. Salgo despacito de la oscura profundidad. La luz permite que mi reflejo vaya apareciendo hasta que se convierta en una imagen clara y nítida. Soy como el cielo que nos protege. Infinita, eterna, con algunos pensamientos oscuros como los nubarrones, pero como ellos, estos se van poco a poco para dar paso a la claridad. Linda flor soy como este charco, estancada por momentos pero sintiendo el fluir en cada onda. Flor amiga soy como tú, bonita, delicada, me cierro pero me vuelvo abrir al instante, para disfrutar de mi capacidad y regalar mi fragancia a todo ser que comparte este presente. Linda flor, el recuerdo silencioso me llena y sé que tengo que partir. Mi casa está ahora aquí, pero también allá encontraré la puerta abierta. Gracias amiga. Me hablaste desde el corazón y ahora entiendo, que en él está mi origen y mi destino.

La joven delicada como su amiga la flor, se levantó sintiendo como sus pies pertenecen a la tierra que la sustenta y emprendió el camino del amor danzado al son del tambor y susurrando un hasta siempre amor.

 
 
 

Banessa Bethencourt Mesa

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