La niña que soñaba con reciclar
“La economía circular debería ser una estrategia de desarrollo para La Palma y no un capítulo dentro de un plan de residuos”
Sara Hernández, portavoz de Drago La Palma
De las primeras cosas que recuerdo que me preocuparon de verdad cuando era chica fueron los residuos. No sé exactamente de dónde surgió esa inquietud, la verdad. En mi casa, de hecho, fui yo, ya algo más mayor, quien enseñó a mis padres a separar la basura para reciclarla.
Recuerdo una visita de representantes políticos a mi colegio. No me acuerdo de lo que hablaron —yo debía ser un fisco chico—, pero lo que sí tengo grabado es que les pregunté cuándo se iba a empezar a reciclar en La Palma.
Crecí pensando que, cuando llegáramos a este futuro en el que hoy vivimos y que entonces parecía tan lejano, ya no existirían apenas residuos. Todos los aparatos rotos se repararían, los materiales se reutilizarían y los vertederos serían una anécdota del pasado.
Pero, para desgracia de aquella niña soñadora, su yo del futuro está en 2026 presentando alegaciones al nuevo Plan de Prevención y Gestión de Residuos del Cabildo de La Palma. Porque, tristemente, de sus casi 500 páginas, alrededor del 90 % siguen dedicadas a hablar de cómo recoger, transportar y tratar los residuos una vez que ya se han generado. Qué bajón.
Por eso decidí escribir este artículo mirando a otros territorios insulares que sí que consiguieron cambiar por completo su manera de entender los residuos. Islas que no se limitaron a mejorar su gestión —porque la gestión debería ser lo último en lo que tendríamos que pensar—, sino que lograron transformar la manera en que su ciudadanía pensaba el consumo, la reutilización y el valor de los materiales. Porque es ahí, en el propio modelo de consumo, donde comienza realmente la generación de residuos.
Tres islas, tres lecciones para La Palma
Tres de esas experiencias me parecieron especialmente inspiradoras y me apetecía compartirlas con ustedes, porque demuestran que otra política de residuos es posible. Tilos, Bornholm e Ibiza ofrecen tres respuestas distintas a un mismo problema compartido y, de paso, ponen sobre la mesa algunas de las preguntas que todavía quienes nos gobiernan siguen sin hacerse en La Palma.
La primera lección llega desde Tilos, una pequeña isla griega de apenas 800 habitantes, una población comparable a la de muchos de nuestros barrios. Se convirtió en la primera isla del mundo certificada como «Residuo Cero», con más del 90 % de sus residuos desviados del vertedero. ¿Cuál fue la clave? Apostar por la separación en origen, el compostaje, la recogida selectiva y, sobre todo, un intenso trabajo de sensibilización y acompañamiento a la ciudadanía.
Mientras tanto, el Plan del Cabildo sigue apostando por concentrar buena parte de la gestión en una gran instalación insular. Eso significa que una parte importante de nuestros residuos seguirá recorriendo la Isla en camiones antes de ser tratada. Tilos demuestra que, al menos para la materia orgánica —la fracción más importante de nuestros residuos y especialmente en una isla rural como la nuestra—, es posible hacer justo lo contrario: tratarla cerca de donde se genera, reducir el transporte y las emisiones asociadas, obtener compost para la agricultura e implicar mucho más a la ciudadanía.
La segunda lección llega desde Bornholm, una isla danesa de unos 39.000 habitantes. Allí, la economía circular no se entiende únicamente como una política ambiental, sino como una estrategia de desarrollo insular. La transición ecológica se convierte, al mismo tiempo, en una oportunidad para crear empleo, impulsar la innovación, favorecer nuevas empresas y mantener el valor de los materiales y la riqueza circulando dentro de la propia isla.
Ese enfoque contrasta con una de las grandes ausencias del Plan del Cabildo. A lo largo de cientos de páginas apenas encontramos referencias al potencial económico de la prevención, la reutilización o la reparación. Los residuos aparecen casi exclusivamente como un coste que hay que gestionar, cuando también podrían convertirse en una oportunidad para diversificar nuestra economía. Resulta llamativo que el propio Plan dé por hecho que materiales como el textil, los aparatos eléctricos y electrónicos o el papel y el cartón seguirán enviándose fuera de la Isla para su tratamiento, en lugar de explorar cómo parte de ese trabajo —y del empleo asociado— podría quedarse en La Palma.
La tercera lección no llega de una política pública, sino de una investigación académica realizada en Ibiza. En “Economía circular y destinos turísticos: el caso de Ibiza”, su autora demuestra que un buen diagnóstico condiciona toda la planificación posterior. Al diferenciar en su análisis el impacto de la población residente y de la población turística en la generación de residuos, evidencia que conocer quién genera los residuos, cuándo y en qué cantidad es imprescindible para dimensionar correctamente las infraestructuras y diseñar políticas de prevención eficaces. Una conclusión especialmente pertinente para una isla como La Palma, donde el turismo modifica significativamente la población real a lo largo del año.
Precisamente por eso cuesta entender que el propio Plan admita, con absoluta naturalidad, que no dispone de datos suficientes para cuantificar el impacto del turismo sobre la generación de residuos y, aun así, pretenda definir la planificación insular para la próxima década. Aunque lo verdaderamente preocupante no es solo esa falta de información, sino la falta de rigor que supone seguir planificando como si esa carencia fuera aceptable y utilizarla, además, para justificar el sobredimensionamiento de las infraestructuras. Un absoluto despropósito.
Otra política de residuos es posible
Después de conocer estas experiencias, cuesta seguir pensando que el gran debate de La Palma sea dónde construir una planta o cómo gestionar mejor un vertedero. El verdadero reto no está al final del ciclo, sino al principio. Está en reducir la generación de residuos, apostar por el compostaje descentralizado, impulsar la reparación y la reutilización, fomentar la creación de empresas y cooperativas que prolonguen la vida útil de los materiales, utilizar la contratación pública para priorizar productos duraderos y de proximidad y, sobre todo, disponer de datos fiables que permitan planificar con rigor.
Pero, en realidad, todo eso solo es posible si antes, quienes nos gobiernan, cambian la forma de mirar la Isla. Después de leer este Plan, una tiene la sensación de que siguen viendo la Isla, ante todo, como un territorio donde gestionar residuos. En Drago La Palma creemos que hace falta justo lo contrario: instituciones capaces de entender la Isla como un sistema vivo en el que circulan materiales, energía, alimentos y personas. Solo desde esa mirada es posible diseñar políticas que reduzcan nuestra dependencia del exterior, generen empleo local, devuelvan materia orgánica a nuestros suelos, apoyen al sector primario y aprovechen el valor que hoy seguimos enterrando o enviando fuera de la Isla. La economía circular debería ser una estrategia de desarrollo para La Palma y no un capítulo dentro de un plan de residuos.
Aquella niña que preguntó cuándo empezaríamos a reciclar en La Palma ha tenido que esperar casi treinta años para encontrar un proyecto político que compartiera esa forma de mirar la Isla. Ahora, solo queda una tarea mucho más difícil, pero también mucho más ilusionante: demostrar que otra manera de hacer política también es posible.
Sara Hernández
portavoz de Drago La Palma


