La última parada

La pequeña guagua culeó en la frenada hasta detenerse completamente. Apenas dio tiempo para un murmullo generalizado. El ruido de la puerta creó un silencio absoluto entre los pasajeros que, expectantes, fijaron la vista en la parte delantera.

Por la derecha del conductor entró un hombre vestido de verde militar acompañado de su arma. La punta de la ametralladora se elevó hacia el techo en la medida que se acercaba al chófer, que seguía aferrado al volante. Tras él se abrieron paso dos más, que tomaron posiciones en la entrada del pasillo central, encañonando a los pasajeros.

Jorge era solo un periodista aficionado. Nunca estudió periodismo, pero su gusto por escribir le llevó a relatar las cosas que no salían en la prensa. Por esa época se llamaba periodismo alternativo. Quizá le ayudó la revolución de las comunicaciones y los contactos que pudo hacer con verdaderos profesionales de periodismo de investigación, de revistas especializadas vascas, etc. Lo cierto es que en el año 2000 ya contaba con un par de años de trabajos publicados, dentro y fuera de Canarias. Después estaba Liberación, un semanario que había puesto en los quioscos del Archipiélago y que contenía al menos un artículo suyo cada número. Ellos lo acreditaron como periodista para aquella expedición que, desde Canarias, había organizado el Frente Polisario a los campamentos de refugiados saharauis.

Sabía que un fuerte movimiento integrista recorría el sur de Argelia y que había dejado un reguero de muertos. Las víctimas del movimiento armado ultrarreligioso tardaban, algunas veces, hasta varios días en aparecer. Arrasaban con poblados enteros en una muestra de crueldad sin parangón que rumores sin confirmar achacaban al propio ejército argelino. Sin embargo, la versión oficial insistía en que eran paramilitares integristas que operaban en esa zona, en el sur de Argelia.

Después de convivir una semana con los saharauis en el destierro, cuando parecía que el regreso a casa se aproximaba y se terminaban aquellas 24 horas de retraso del vuelo a Canarias, se vivió una situación verdaderamente crítica. Las 100 personas que iban en aquel avión estaban en trayecto hacia el aeropuerto de Tinduf, a bordo de un vehículo donde él leyó en voz alta una placa que ponía ‘máximo 37 personas’. De repente, se vieron forzados a detener su guagüita en medio de la inmensidad de la noche del desierto. Al llevar la luz de dentro encendida, el reflejo en los cristales no les dejó ver el oscuro exterior y solo el chófer advirtió que tenía que parar en el último momento.

Ahmed era un joven argelino criado en una humilde familia rural. En el sur siempre hubo una arraigada tradición islamista entre las familias de agricultores. Abandonó su poblado con infinita tristeza, pero con el mismo impulso ansioso que el resto de jóvenes en busca de un mundo mejor en las ciudades.

Argelia había producido una auténtica crisis interna en el sector agrario al tragarse la producción sobrante del mercado europeo, vendida por debajo de los precios de costes; a cambio de que Europa asumiera la producción completa del petróleo y gas argelino. Aquel movimiento de jóvenes hacia las capitales se generalizó, lo que produjo un excedente de mano de obra que saturó el mercado laboral. Los más rezagados se alistaron en las filas del ejército nacional argelino.

Cuando se es el más joven del grupo está todo por demostrar. No se trata solo de un especial esfuerzo físico, sino de dominar los silencios y saber estar. Por eso, Ahmed sufrió una presión tremenda frente a aquellos extranjeros que él entendía como ignorantes de la realidad argelina. Tenía que dar la talla.

Notó que, según los observaba, los demás apartaban la mirada. Todos menos uno, que al principio pasó por alto, pero que después percibió sin exteriorizar las preguntas que se hacía por dentro. Buscó por un momento la situación del gatillo y sopesó la posición del arma.

El que hablaba con el conductor se dirigió a sus compañeros y estos retrocedieron hasta los escalones sin girarse y bajaron del vehículo. Ahmed se sintió orgulloso y aliviado, quiso imaginar Jorge. Cuando se cerró la puerta, el conductor dijo altivo “un control argelino”. El pasaje respiró de nuevo.

Jorge no pudo evitarlo y lanzó un “¡Dios!”. Enseguida se dirigió al compañero más cercano y le cuestionó “¿de qué Dios hablamos?”. Ni el otro contestó ni él tenía la respuesta. Lo que sí sospechaba el canario es que la mayoría de los presentes, a pesar de su condición de profesionales de la información, ignoraban tanto la realidad geopolítica local que ni se habían acordado de aquel terrible movimiento integrista que debían conocer por los informativos internacionales y que allí se materializaba.

Por suerte, no hubo más paradas.

 

 

Pedro M. González Cánovas

 

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