Perséfone

Era otro paseo más dentro de lo que cabía en la eternidad. Perséfone caminaba los campos para ver a su madre, Deméter, y volver cada seis meses, atravesando eriales inhóspitos que le daban tiempo a la reflexión y al resentimiento, o al altruismo y el deber.

Mucho cambió desde que Hades la raptó mientras ella recogía flores, y se enfureció hasta un grado abismal cuando su madre convirtió a las ninfas, aquellas criaturas melódicas y alegres, en las sirenas que atormentan a los marineros.

De alguna manera, junto con el casamiento forzado con el Dios del Inframundo y la furia de Deméter al negarse a sembrar los campos que tanto necesitaban crecer por la supervivencia de los adoradores, ella creció como una Reina fuerte, impasible, y hasta llegó a amar a su secuestrador.

Sentía una rabia constante al principio de todo, pero Hades la amaba y le dio a elegir quedarse o volver al mundo de los vivos y abrazar a su madre. Pero Hades amaba a Perséfone.

Dio como condición no comer durante la travesía y ella, la primera vez, con ojos que se iluminaban de felicidad, aceptó la propuesta de Hades.

-Perséfone, antes de partir, toma estas semillas para el camino, pero tendrás que quedarte un mes más por cada semilla que comas.

-¿Crees que me las voy a comer? Hades, no soy necia.

-No es que seas necia, pero mira lo que ha hecho Deméter. Se niega en protesta a hacer crecer los campos, a dar vida a tierras que suplican su ayuda. Cuando la veas, pide que vuelva a su buena voluntad, aunque con lo vengativa que es, seguro que ni hará caso. Seré el Dios de este mundo, pero no significa que los vivos deban pagarlo donde se supone que deben tener un mínimo de alegría. Este lugar es tormentoso y nunca pueden faltar almas frescas, pero si se da el caso, no sé…

Perséfone miraba hacia el suelo, cuestionando a ese brutal marido sin entender el propósito de las semillas.

-No voy a sentir lástima por nadie, pues creo que nadie la ha sentido por mí.

-No digas eso. Aunque no lo creas, te amo, y eso explica todas mis acciones.

-Siempre te justificas, hermano traicionado. Tal vez sea verdad que te sentías solo en este agujero rojizo- dijo Perséfone desafiante, levantando una mirada decidida.

Hades le dio la espalda lentamente a su mujer, obviamente dolido. Perséfone, ante la escena, no dijo más y atravesó la gran puerta custodiada por Cerbero.

Caminó durante días, semanas, meses, y mientras lo hizo, se fijó que aquéllos estériles parajes daban brotes de verde. Mientras caminaba, sentía cada vez menos apatía por los muertos de hambre y se veía, cada vez más fervientemente, responsable.

Su marido erró, sí, pero no por ello debían sufrir los mortales tal calvario.

Al sexto mes, Perséfone al fin llegó a los brazos de su madre y el sol brilló sobre sus humedecidos ojos. Al fin estaban juntas y podían irse, solo hacía falta bajar de la colina sobre la que estaban, pero la imagen de todas las tierras infértiles que había atravesado desapareció.

 El color verde predominaba, y los granjeros cultivaban, los animales pastaban, y los árboles resucitaban de la sequedad y la enfermedad. Se dio cuenta de que fue el evento, el reencuentro y la travesía lo que había hecho que las cualidades de su madre se manifestasen.

-Madre, mira qué hermoso.

-Sí… Aprovéchalo, será la última vez que verás esto. He negado mis poderes de dar fertilidad a la tierra.

-¡Pero se ha logrado ahora!

-Debe ser nuestro reencuentro o tu viaje, nada más. Hija -dijo acariciándole la mejilla a Perséfone-, vámonos. No nos queda nada más.

Un escalofrío recorrió los hombros de la joven por la cálida brisa que la rodeó y el aroma de los campos sembrados. Su consciencia retumbaba con tanta fuerza como su corazón. Su madre tiró de la mano suavemente para hacer hacerla caminar, pero Perséfone no se movió.

-¿Quieres quedarte a contemplar este paisaje un poco más?

-No. No seré la víctima aquí. No voy a vivir sabiendo que el mundo de los hombres solo alberga miseria, porque si ellos sufren, también lo harán los animales, y los árboles, y las flores… ¡Todo! No puedo permitirlo.

-¿Vas a volver con Hades? ¡¿Con aquél que te raptó y violó de por seguro?!

-No me forzó porque no me resistí. Había aceptado mi suerte y me resentí. Sí, me raptó, pero sé que me ama, y eso basta para ponerlo todo a mi favor. Seré la Reina del Inframundo, y cada seis meses, haré esta travesía para reencontrarme contigo y volver a lograr este milagro de la vida, y eso no me lo vas a quitar, ni tú ni Hades.

La muchacha, sobre exaltada, cogió del pequeño saco seis semillas y se las tragó sin hesitar.

De pronto, encima de la colina apareció un portal de llamas del que hades salió elevándose alto, dando la imagen tan temible que debería dar el dios que consideran más horrendo del los tres más poderosos.

-Adiós, madre. Vuelve a estas colinas y espérame.

Deméter, con ojos humedecidos del orgullo que le suponía su hija, agarró la pequeña cabeza de su hija y le besó los labios. No hizo falta decir nada, solo se sonrieron como despedida, pero cuando Deméter miró a Hades, su semblante cambió a una mirada de furia y odio.

Perséfone dio la vuelta y se plantó delante de Hades.

-No lo hice por ti, que quede claro.

-Lo sé. La próxima vez te traeré yo mismo y podrás quedarte todo el día con Deméter, si así lo deseas -respondió el dios cabizbajo e intentando evitar la mirada de su esposa.

Con satisfacción, Perséfone miró y respiró el mundo exterior por última vez hasta la próxima vez que saliese. Durante esos segundos entendió a Hades y el porqué de las semillas. Sabía lo que ocurriría y sabía que era necesario. En ese momento, no se sintió manipulada sino poderosa, pues ella mantenía la vida mientras que su marido mantendría la muerte.

Perséfone agarró la mano de Hades y le sonrió. Ya no podía despreciarle tanto. Jamás le perdonaría el rapto, pero ahora vivirían como iguales. Hades entendía esto y le devolvió la sonrisa mientras juntos descendía al Inframundo con las llamas envolviéndoles y desapareciendo sin más rastro que hierba quemada donde surgió el portal.

Deméter, sintiendo un buen presagio, suspiró y comenzó la bajada de la colina con la mente centrada en el reencuentro con su hija.

 

 

 

Elvis Stepanenko

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×