¿Qué entendemos por abstención anticolonial?

Antes de expresar mi actitud personal ante el inminente proceso electoral creo imprescindible reproducir un estudio sobre la ABSTENCIÓN ANTICOLONIAL que hice en marzo de 2008 y que, por su extensión, publico de dos veces. En la primera parte viene un enlace a “El independentismo y los procesos electorales” que publiqué en “EL GUANCHE”, como una cuarentena más, en la etapa que lo dirigía Alvaro Morera y que, como la propia publicación (tanto .net como .org) han desaparecido. Yo mismo no he encontrado copia pues el PC que usaba en esa época feneció y se llevó la memoria al paraíso de los PC que han sucumbido.

Aunque reconozco que son trabajos áridos, si no sabemos con precisión qué conceptos estamos usando, discutirlos es una pérdida de tiempo y esfuerzo, además de que nuestro independentismo no está precisamente, sobrado de aportaciones teóricas. Paciencia, pues, y que les sea leve.

ELECCIONES, NACIONALISMO, PARTICIPACIÓN Y ABSTENCIÓN

Algunos compañeros me han solicitado, por la muy cómoda vía de los correos-e, mi opinión sobre los resultados que el nacionalismo ha obtenido en estas elecciones españolas, opinión que, puesto que hice una clara llamada al voto a las opciones que presentaban como divisa la independencia y la vía socialista de desarrollo ulterior, me veo en la necesidad -y el deseo- de compartir con los compañeros de lucha. La realidad es que este último proceso electoral no solo añade nada nuevo a lo que ya he expresado sino que, bien al contrario, me reafirma en las tesis que sostuve tras las anteriores elecciones españolas, por lo que, igual que hice en el artículo pre-electoral (“El independentismo y los procesos electorales”)[1] autoplagiaré, actualizándolo, lo que en ese 2004 publicaba porque, en realidad, poco o nada ha cambiado después de aquel análisis, incluyendo los recursos del “voto útil” y del ”ojo que viene la derecha” (como si no estuviera ya asentada firmemente entre nosotros). Así, se ha repetido por enésima vez el hecho de que, ante cada nueva convocatoria electoral, surgen voces del nacionalismo que propugnan la ABSTENCIÓN, sobre todo de personas u organizaciones que consideran que la situación colonial de Canarias no tiene ni encaje ni solución en un proceso electoral metropolitano. Entiendo que esta actitud tiene fundadas raíces históricas y poderosas razones en que sustentarse, pero discrepo en cuanto a su utilidad para afrontar el problema de la ruptura de la dependencia política de Canarias con el Estado Español mediante la lucha política, incluyendo cualquier proceso de descolonización que se quiera -y pueda- plantear.

Creo que el nacionalismo patriótico de liberación (aclaro, una vez más, que uso ese término para evitar la interesada confusión semántica que sobre el nacionalismo ha introducido el españolismo regionalista de la CC) ha adolecido frecuentemente de capacidad de análisis, lo que nos ha llevado a actuar con el corazón y a base de grandes dosis de voluntarismo, dando como resultado una falta de recursos tácticos realistas que ha hecho que nuestra presencia política y nuestra influencia social real se vea hoy bastante mermada respecto a la que tuvimos hace años. Por eso, una tarea ineludible que tenemos en la actualidad es la de clarificar los conceptos que nos permitan sentar los fundamentos tácticos y prever los resultados prácticos de las actuaciones políticas a emprender, en una etapa que hay que clasificar como de necesaria reconstrucción de las organizaciones imprescindibles para el objetivo estratégico de la liberación nacional y social. Con ese ánimo pretendo abordar la relación entre nacionalismo y procesos electorales, en que mi experiencia personal me ha enseñado que esa cuestión de la relación entre el nacionalismo y las elecciones y, en consecuencia, de la dicotomía Participación/abstención está muy lejos de ser resuelta, y se presenta con renovada fuerza en cada nueva convocatoria, ocasionando cada vez dolorosas fracturas, que en el pasado han sido irreparables, dentro del espacio político nacional-popular. Por esa razón creo ni el 14 M del 2004 ni el 9M del 2008 marcan ninguna raya temporal que limite este repetido debate en que todos debemos participar para avanzar.

PRECISIONES SEMÁNTICAS

Como cuestión previa creo importante que aclaremos la terminología a utilizar. Parto de que no hay ningún concepto aséptico y mucho menos en cuestiones políticas. Por eso, racionalmente, precisemos todos la terminología usada por cada cual y el alcance que le damos.
Aunque el Diccionario de la R.A.E recoge como acepción pronominal de ABSTENCIÓN la de «privarse de alguna cosa», la primordial es «No participar en algo a que se tiene derecho, p. ej. en una votación» . Cuando hablamos, pues, de abstención electoral la identificamos -y así lo hacen la mayoría de los estudios electorales, sociológicos y políticos- con el hecho de que un ciudadano, que tiene el derecho a hacerlo, no deposita su voto en la urna en un proceso electoral determinado. Abstenerse es por lo tanto, simple y llanamente, el hecho de no votar cuando se tiene ese derecho, independientemente del porqué del hecho, haciendo así del concepto de «abstención electoral» el antitético del de «participación electoral». Basándose en este concepto es fácil entender que si bien la cuantificación de la abstención electoral es sencilla (diferencia entre ciudadanos censados y votos emitidos), dada la enorme cantidad de circunstancias que pueden determinarla, su estudio cualitativo es de una extrema complejidad, con multitud de trabas metodológicas y técnicas para analizar las variables que intervienen y para sacar luego las correspondientes consecuencias políticas.

Esta complejidad explica que, incluso en la nomenclatura conceptual, no haya acuerdo entre los autores para designar las clasificaciones y las distintas partes diferenciales en que pueda dividirse la abstención electoral. Esto nos obliga a definir previamente los términos a utilizar y a precisar su alcance conceptual, pues aquí impera lo del diferente librito de cada maestrito. Como ejemplo, y por su carácter de canario y prestigioso catedrático de la ULL, cito los términos que emplea D. Juan Hernández Bravo de Laguna en su libro “Las elecciones políticas en canarias 1976-1986”. Para él, el hecho de no votar constituye una abstención electoral pasiva, que subdivide en «abstención pasiva técnica» y «abstención pasiva no técnica», reservando el término de abstención activa para el voto nulo y el voto en blanco, nomenclatura esta de la que difiero totalmente y que no me parece ni acertada ni aceptable, aunque pueda entender la concepción política, que no técnica, que la inspira. Por mi parte, intentaré clarificar la que creo más correcta que será, en todo caso, la que emplee en este análisis.

Debemos partir de la realidad. Si la abstención se contabiliza como ya hemos dicho -y no hay otra forma de hacerla- como diferencia entre ciudadanos censados con derecho al voto y ciudadanos que ejercen ese derecho, habrá que considerar que entre esos «abstencionistas» no todos han pretendido serlo. La abstención, para tener validez sociológica y política, tiene que tener carácter voluntario por lo que tenemos que considerar los que no han votado, no porque voluntariamente así lo hayan decidido, sino porque les ha sido impuesto por circunstancias ajenas a esa voluntad (problemas censales, incapacidad, enfermedad, desplazamientos, condiciones meteorológicas….). Estaríamos ante la abstención forzosa, que generalmente se designa como abstención técnica. Aunque la cuantificación de esta abstención no es sencilla por la variedad de los factores que la determinan la realidad es que, salvo los problemas censales que la informática ha ido reduciendo, tiene tendencia a mantenerse casi constante y puede ser cifrada, para países con un grado de desarrollo comparable al del Estado Español en, aproximadamente, un 10% del censo electoral. En la realidad, solo en regímenes totalitarios se dan casos de abstención menor de ese 10%.

Cuando un ciudadano, que no tiene traba alguna que le impida el ejercicio de su derecho al sufragio activo (voto), no acude sin embargo a depositar su voto se produce la abstención voluntaria que puede, también, ser resultado de múltiples causas que originan diferentes categoría o clases de la misma. Esas causas pueden dividirse en dos grandes grupos: A) Causas psicosociológicas, y B) Causas políticas. La abstención que he denominado «psicosociológica» englobaría a los grupos marginados por el sistema social, con nulo interés por el acontecer político que, por lo mismo, no votan en ninguna circunstancia. La movilización de estos grupos marginados por el sistema solo se produce en momentos de crisis que pongan en cuestión al propio sistema y, desde luego, en esos casos no lo hacen mediante el ejercicio del derecho al sufragio ni activo ni pasivo. Por lo tanto, y aunque voluntaria, debe ser considerada como abstención pasiva a contabilizar junto con la técnica. El resto de la abstención debe ser considerada como abstención activa de carácter fundamentalmente político.

LA ABSTENCIÓN POLÍTICA ANTISISTEMA

Definida, como hemos hecho, la «abstención activa» como la de aquellos ciudadanos que, aún sin tener ningún impedimento legal, físico o psicosociológico, no ejercen su derecho al sufragio activo, hay que reconocer que ese acto voluntario de abstenerse puede estar determinado por multitud de factores que van desde los psicológicos, como las actitudes individuales frente al sistema, a los estructurales, los socioeconómicos y los político-institucionales. Ahora bien, a poco que profundicemos en todos estos factores y analicemos su incidencia relativa en el acto volitivo de la abstención, llegamos a la conclusión de que la «abstención activa» es fundamentalmente una abstención política.

Dentro de esta, una primera clasificación sería la que agrupe a un cierto abstencionismo que es, en realidad, una manifestación antisistema, producto de una reflexión política más o menos consciente. En efecto, acudiendo de nuevo al Diccionario, encontramos que el DRAE recoge los términos «abstencionismo» y «abstencionista» como «la doctrina y práctica de los abstencionistas» y como «partidario de la abstención, especialmente en política», que si combinamos con la acepción de «doctrina» como «conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc., sustentadas por una persona o grupo» supone, al menos a juicio de la hispana Academia, la existencia de un corpus teórico que sustenta la praxis de la abstención al nivel de ideología.

Este sustento ideológico a que me refiero parte de la realidad de que, con carácter general, los sistemas democráticos formales se autodefinen como «representativos» en base y función de un sistema electoral que permite, al menos teóricamente, el voto libre, universal, personal y secreto, mediante al cual el ciudadano elige a aquellos que ostentarán, durante un período determinado, la potestad legislativa y el poder ejecutivo o las parcelas del mismo que correspondan a la elección en cuestión. No estoy, al menos ahora, cuestionando la bondad o perversidad del sistema sino intentando resaltar el hecho de que el sufragio activo conlleva esa delegación del «poder que reside en el pueblo» en manos de unos supuestos «representantes» del mismo que lo administran en nombre de quienes los han votado, de quienes han votado a otros que no han logrado esa representatividad, y en nombre también de quienes se han quedado en casa sea por la razón que sea. Una vez realizada la elección no hay revocabilidad para esos cargos electos y, teóricamente, solo se les podrá exigir responsabilidades políticas mediante un nuevo sufragio que los reafirme o los aparte del cargo representativo ya que, en la práctica, incluso para delitos flagrantes cometidos en el ejercicio del cargo, la lentitud del aparato judicial y las trabas burocráticas inherentes hacen inviable su deposición por cualquier procedimiento legal -y de estos casos tenemos, desgraciadamente, muchos recientes ejemplos en nuestra insular y asirocada “clase política”- y mucho menos si se trata, simple y llanamente, de incumplimientos de los programas o de las promesas políticas que plantearon para ser elegidos. Son contadas las Constituciones que, como la de la República Bolivariana de Venezuela (Art. 77 y 233), recojan la posibilidad de la revocación popular de los cargos electos, y mucho menos los que la hayan llevado a la práctica como hizo el Presidente Hugo Chávez con el “Referéndum revocatorio” del 15 de agosto de 2004. Este sentimiento de «inutilidad» del voto ante el aparato de poder es la base de la justificación de la abstención antisistema, que es, sin duda, la expresión más radical de la misma.

LA ABSTENCIÓN ANTICOLONIAL

Si en la reflexión anterior, válida para cualquier territorio, introducimos el carácter nacional canario, esta tendencia a la «abstención antisistema» se debe ver reforzada por la consideración de que los representantes a elegir lo son para funciones o puestos que, al emanar directamente de la legalidad colonial, están sometidos a la misma, por lo que las dudas sobre la eficacia de esos representantes frente al problema central del nacionalismo -que es la ruptura de la relación de dependencia-, aumentan geométricamente para este tipo de abstencionismo, estimulada además por la permanente llamada a la abstención realizada por algunos sectores del nacionalismo anticolonialista aún en los casos en que otros sectores, incluso claramente independentistas, se presentan a las elecciones aunque sean autonómicas y/o locales. La abstención antisistema pasa así a convertirse en abstención anticolonial.


Este enfrentamiento entre sectores del nacionalismo patriótico de liberación por la dicotomía irresuelta de participación/abstención siempre ha sido muy fuerte. Hablo como testigo de excepción ya que, en la etapa en que fui Secretario General del FREPIC-AWAÑAK, se acordó en dos ocasiones (1987 y 1991), en debates desarrollados en Congreso o en Conferencia General, acudir a las Elecciones Locales y Autonómicas y, en ambos casos, el acuerdo causó fracturas considerables de partes importantes y valiosas de la organización, propiciando el nacimiento de plataformas marcadas por el signo del abstencionismo anticolonial como fue el caso, por ejemplo, de la ya hoy olvidada PUA, aparte de la sangría de militancia que siempre sucedía tras un proceso electoral ante la escasez de resultados que, aunque perfectamente previsibles, no eran fácilmente asumidos por la parte de la militancia -sobre todo juvenil- que, a pesar de las advertencias previas, íntimamente mantenía expectativas de resultados más acordes con el esfuerzo personal y colectivo realizado. Para las elecciones Legislativas españolas no logró el FREPIC resolver el debate hasta el año 96 y, aún así, fue a costa de presentarse solo en las Canarias orientales y provocar una severa ruptura interna.

Aunque los aspectos cuantitativos serán el objeto de la parte final de este análisis de la relación del nacionalismo con las elecciones y, más específicamente, con la abstención frente a las mismas, es conveniente introducir ahora algunas cuantificaciones que sirvan de apoyatura a esta tesis que mantenemos de la permanente existencia de una abstención de carácter fundamentalmente anticolonial. Evidentemente, si consideramos que, salvo el carácter colonial, son más o menos similares las causas y condicionantes de esta abstención antisistema en la metrópoli y en la colonia, el «plus abstencionista» que deriva del carácter anticolonial tiene que incidir en los procesos electorales de forma permanente.

Aunque podría hacerse, me parece excesivamente simplista el atribuir la diferencia entre niveles de abstención en España y en Canarias a esta abstención anticolonialista ya que existen más factores diferenciales a considerar en la comparación de la abstención entre Canarias y España, como haremos oportunamente, por lo que me limitaré ahora a la exposición de aquellos datos cuya explicación más coherente pasan por admitir su carácter anticolonial. Así, en las sucesivas nueve convocatorias a Elecciones Legislativas celebradas en el Estado Español entre 1977 y 2004 (ambas inclusive), la media de la abstención en España ha sido del 26,07% mientras que la habida en Canarias asciende al 32,73%, lo que arroja una diferencia de +6,7 puntos respecto a la española. Estas diferencias permanentes -que supera los 8 puntos en las tres últimas convocadas (1996, 2000 y 2004)- son debida exclusivamente a causas políticas ya que, incluso las que dependen de factores coyunturales o estructurales son de índole política y, en un gran porcentaje, son una expresión antisistema.

Dado que las decisiones políticas que más influyen sobre el modus vivendi cotidiano y que condicionan el desarrollo de cualquier país tienen origen estatal, es lógico que el interés del ciudadano por las elecciones legislativas del estado al que pertenece sea siempre superior a las de carácter local, ya que la participación electoral crece proporcionalmente al posible beneficio que el ciudadano espera alcanzar con los resultados. Esta es una constante que, con mayor o menor relevancia, se repite en todos los estados gobernados mediante democracias formales, y el Estado Español no es una excepción en este sentido. De aquí deducimos que, si la tesis de abstencionismo anticolonial que sostenemos es correcta, sería lógico esperar que la diferencia existente entre la abstención en las diferentes elecciones que se celebran en el estado Español (Generales o Legislativas; Locales y Europeas) sea distinta en España y en Canarias y, en efecto y a mi juicio, los datos corroboran estas consideraciones.

A nivel del Estado Español, por las razones explicadas, la participación es siempre mayor en las Elecciones Generales que en las Locales, incluso cuando se realizan conjuntamente como en 1979, disminuyendo aún más esta participación cuando se trata de Elecciones Europeas aún en el caso en que, como en 1987, se celebren conjuntamente Europeas y Locales. Examinemos ahora esas diferencias entre el comportamiento electoral entre España y Canarias ya que las cifras son reveladoras como apoyo a nuestra tesis del abstencionismo anticolonial. En efecto, las medias de abstención en España para Generales y Locales en los períodos señalados de 1977 a 2004 son, respectivamente, del 26,7% y 33,7%, esto es, una diferencia de +9,6 puntos en las Locales, mientras que en Canarias para los mismos períodos, las cifras respectivas son del 32,7% y del 37,4%, lo que arroja una diferencia de tan solo +4,7 puntos para las locales, esto es, más de cinco puntos de diferencia respecto a España de «desinterés relativo» por las Elecciones generales españolas respecto a las locales, porcentaje diferencial perfectamente atribuible al rechazo anticolonial superior que generan aquellas sobre las de ámbito particular canario.

El análisis de las Elecciones Europeas nos llevaría a consideraciones similares. La media de abstención a esos procesos europeos en el Estado Español es del 38,7%, porcentaje que en Canarias se eleva al 44,7%, apareciendo de nuevo los 6 puntos de diferencia que ya habíamos observado en las Legislativas entre España y Canarias (+6,7%). Inclusive en aquellos casos, como en 1987, en que las Elecciones Europeas se celebran conjuntamente con las Legislativas españolas se mantiene el diferencial entre España y Canarias que, en el caso concreto citado de 1987 es de +6,6%. Idéntica explicación puede tener la diferencia de casi un punto por encima que, generalmente, presenta el voto nulo entre Canarias y España en los procesos electorales, probable expresión de un anticolonialismo militante que no rechaza al sistema democrático formal, ya que es una experiencia común a los que participan en los recuentos electorales en nuestra patria la papeleta sobrescrita con mensajes independentistas.

Podría utilizarse unas elecciones de especial significado como fue la de 1982 -por la circunstancia del entonces reciente golpe de estado del 23F- que son las elecciones en que se da la más alta participación en toda la historia electoral del Estado Español tanto en España como en Canarias. En aquellas especiales circunstancias la mayoría de las objeciones «antisistema» de apoyatura para la abstención perdieron significado ante la defensa del sistema democrático frente al fascismo puro y duro. La única objeción al proceso electoral, aunque también minimizada, era justamente la anticolonial, por lo que los porcentajes diferenciales en esas circunstancias tienen especial validez para evaluar el núcleo más duro del anticolonialismo. Las cifras en este caso fueron de un 20,1% de abstención en España y del 23,9% en Canarias, con +3,8 puntos respecto a España a los que habría que sumarle una diferencia de +0,9 en el voto nulo, dando pues un total diferencial del 4,5%, probable abstención anticolonial en aquellas complicadas circunstancias políticas que afectaban tanto a la metrópoli como a la colonia

Especial relevancia para este análisis tienen también las Elecciones Generales de 1979, por la participación en las mismas de una parte importante del nacionalismo y los resultados que obtienen, ya que la UPC logra 58.953 votos y un 11,04% de los votos válidos en Canarias, convirtiéndose en la tercera fuerza política de la nación canaria a relativamente escasa distancia (6 puntos porcentuales) del PSOE -que fue en ese momento la segunda-, y llevando a J. Sagaseta al Congreso español, aunque hay que recordar que en las anteriores generales (junio 1977) ya PCU se había presentado, aunque solo en Gran Canaria, y logrado 17.717 votos (3,24% de los votos en Canarias). En ese marzo del 79 se presentaba una situación muy diferente en las Canarias Orientales y las Occidentales ya que, mientras en Gran Canaria los independentistas en su mayoría se agrupaban en torno a PCU y participaban en el proyecto UPC, en Tenerife, en cambio, la mayoría del independentismo se integraba o bien en el «Tagoror» que para solicitar la abstención formaron la CCT y el ilegalizado PRAIC-PTC, o bien en el MPAIAC que también preconizaba la abstención en Tenerife. Puedo hablar con la experiencia personal que me da el ocupar en aquellos momentos la Secretaria General del PRAIC donde la campaña, sañudamente perseguida por las autoridades coloniales, nos costó más de un centenar de detenciones, una docena de procesos por «delitos electorales» y abundantes multas que, dicho sea de paso, nunca se pagaron, configurando todo ello la campaña activa por la abstención anticolonial más fuerte de las realizadas en nuestra patria. Los resultados de esa campaña hablan a las claras si observamos no solo las diferencias en la abstención entre España y Canarias sino, además, los que presentan las circunscripciones electorales correspondientes a las «provincias» administrativas en que el Estado Español ha subdivido al Archipiélago.

En esos comicios del 79 de los 58.953 votos que obtiene la UPC, 38.304 (el 65%) lo son en Las Palmas, por donde sale elegido Sagaseta. La abstención en Las Palmas es del 29,51%, dos puntos menos que en España (31,7%), mientras que en la «provincia» de Santa Cruz de Tenerife se eleva al 47,155, esto es, 17,64% más que en Las Palmas y 15,5% más que en España, lo que corrobora hasta la saciedad la importancia fundamental del abstencionismo anticolonial en Canarias.


En las recién celebradas del 9 de marzo no hay variaciones substanciales en la tónica descrita. La abstención total del Estado Español fue del 24,68 mientras que la de Canarias se elevó al 32,42 %, esto es 7,74 puntos porcentuales por encima de la española. Si al dato añadimos que en Euzkadi la izquierda abertzale practicó una abstención activa, incluso con llamamientos al boicot, lo que hizo elevarse 10 puntos la abstención en ese territorio (del 25,03 en 2004 -similar a la de España- al 35,10% en este 2008), para tener una visión más realista de la situación debemos considerar solo la abstención en España (esto es, el Estado salvo Euzkadi y Canarias) que, estudiada así, baja al 23,72 %, lo que significan 8,7 puntos de diferencial con Canarias. Especial significación tiene también contrastar el dato de que un boicot activo en un territorio tan concienzudo como Euzkadi logra una diferencia de 10,03 puntos sobre su cifra anterior y, aún así, solo con un diferencial de 2,68% sobre la abstención en Canarias, donde no solo no hubo campaña por la abstención sino que funcionó a la perfección entre el electorado progresista y de izquierda el señuelo del “miedo a la derecha” que, para colmo, en nuestra patria conocemos bien por funcionar codo con codo con el españolismo regionalista de CC.

Dado que el colonialismo fue primero, cabe destacar que esta renuencia al voto como resultado de una situación mantenida en el tiempo, es tan vieja como las votaciones. Así, de las tres Elecciones Generales que se celebraron en el Estado Español con la 2ª República (1931, donde solo votaban los hombres mayores de 23 años, las de 1933, boicoteadas por la FAI-CNT y en la que votan por primera vez las mujeres, y las de 1936 que traen la victoria del Frente Popular) son las de 1936 las de mayor participación, con solo un 28% de abstención de promedio estatal pero con una abstención que en las dos circunscripciones canarias ronda al 50%.
Al menos a mi juicio, y a la vista de los datos aportados, tenemos que considerar como mucho más importante la abstención política en Canarias que en la metrópoli. Adelantando un cálculo empírico para una conclusión parcial nos daría que del promedio de casi 34 puntos en que se sitúa la abstención en Canarias ante las Elecciones Generales españolas, si restamos los alrededor de 10 puntos que significa la abstención técnica o forzosa nos queda, de forma sostenida en el tiempo, aproximadamente un 24% de abstención política activa, de la que un mínimo de entre un 7 y un 10% hay que considerarla como específicamente anticolonial.
Una conclusión realista de este análisis es que la izquierda anticolonial en Canarias tiene un campo propio de entre 90 a 100.000 votantes posibles al que las organizaciones existentes no han sabido -o podido- captar, como tampoco supimos los que hemos tenido responsabilidades organizativas anteriormente. Esto nos debe indicar que no hemos encontrado las vías tácticas para llegar con nuestro mensaje y movilizar a esa potencial masa de canarios que, probablemente, solo intuyen el origen de su problema: el colonialismo español. En hacerlo entender tiene que estar nuestro trabajo militante.

 

 

 

Francisco Javier González
Canarias a 12 de marzo de 2008

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Fuentes: Elaboración propia a partir de datos oficiales de la Dirección General de Política Interior del Ministerio del Interior de España, del Archivo Histórico Electoral y del ISTAC.

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