Acto 4. The Handler

Otra entrega de las aventuras de S&J. Anterior: Acto 3. El potencial

Un fuerte dolor empezó a recorrer rápidamente mi pecho. Un grito desgarrador invadió la habitación en la que me encontraba. Me desperté de forma muy brusca.

Otra vez había tenido un sueño, un sueño en donde aparecía mi álter ego. En el otro sueño si se parecía un poco a mí, pero en este, ese S&D no tenía nada que ver conmigo. Pero lo que más me asustaba no era eso, sino que el dolor que sufrió él, lo sufrí yo. Se como es un tiro en el pecho, y yo estaba notando esa misma sensación, aun viendo que mi camisa no estaba manchada de sangre. Cada vez me preocupaban más esos sueños sobre los otros detectives. Ya se estaban volviendo más frecuentes, y lo que me daba más miedo aún, cada vez era más reales. Cualquiera me diría que son simples sueños, una mala indigestión esa noche, pero no. No es así, el palpar el frío de esa Colt, el ardor propio del Bourbon. Me daba miedo, mucho miedo, ya averiguaría lo que me estaba pasando más adelante. Ahora tenía problemas más serios entre manos.

Levanté la mirada. Me encontraba sentado en una silla de madera, con las manos atadas en las patas traseras de la misma. La habitación era toda de cemento. O sea, el suelo, las paredes, el techo, todo estaba recubierto de cemento. Un cemento muy oscuro, mucho más de lo que se suele ver normalmente. Lo único que no estaba recubierto, era una puerta de caoba, a la cual estaba mi silla orientada. Una bombilla colgada del techo, iluminaba de forma mi nuevo hogar, más pequeño que mi pisito de las afueras.

Todavía conservaba el dolor en la nuca del secuestro. No tenía ni idea de quiénes eran estos tíos, ni qué querían de mí, pero una cosa estaba clara, y era que me necesitaban, si no ya estaría muerto. Y peor aún, me conocían.

Debajo de la silla, había un charco de agua. Me alongué para verlo, y ahí estaba. El rostro de un caucásico, cuyas tragedias y errores se habían plasmado en una raja que atravesaba el lado izquierdo de su cara. Una raja vertical centrada en ese ojo, ojo que jamás volvió a ver. El rostro de un hombre, que había sido derrotado por la vida, por el devenir de un caprichoso caos, que no sabía aún cómo no había acabado con ese sufrimiento hace ya varios años.

De repente, la puerta empezó a abrirse. De la oscuridad salió el hombre que me había encontrado en el secuestro, el de la extraña sonrisa.

-¿Qué le parece su suite?-me preguntó el hombre de la gabardina.

-¿Tengo que reírme?-le respondí de forma sarcástica.

-Es una bromilla S&D, para relajar un poco el ambiente.

-O una de dos, mátame ya, hijo de la gran puta, no voy a ayudarte a nada y lo sabes.

-Eso es verdad, a mi no me vas a ayudar. Al que no te podrás negar será a mi jefe.

Entró de nuevo a la habitación otro hombre. De traje negro con rayas verticales blancas apoyado con un bastón, y un bombín a juego que le ocultaba la mayor parte de las canas, se presentaba ante mí un, para desgracia, viejo conocido.

-Creí que en su día os elimine a todos, o al menos a fijo que a ti-le solté al nuevo presente.

-Mala hierba nunca muere, amigo mío…-dijo, con un tono de voz apagada y carrasposa.

-A no ser que se encuentre con buen veneno…

-Bueno S&D, te parecerá raro, pero necesito tu ayuda.

Reuní un poco de flemas en mi boca, y le mandé un lapo en toda la cara al subnormal ese.

-Ahí tienes mi respuesta.

-Acabas de ofenderme bastardo, pero si no fuera de tal magnitud el asunto, tendrías unas cuantas balas en la cabeza.

Me mandó un golpe en la cara con el bastón, el cual hizo que acabara cayéndome al suelo.

-¡Y ahora escúchame! -su tono de voz, esta vez, dejó de ser tan apagado.

-Déjate de bobadas y golpes, y mátame de una jodida vez, hazme aunque sea por una vez un regalo que me genere placer.

-Levántalo Jonás, y tráele el presente que teníamos guardado al invitado.

El tal Jonás, me levantó del suelo, y con un paso firme abandonó la habitación.

-No esperaba que te acordaras de mi cumpleaños-le comenté.

-Aunque en el pasado tuviéramos nuestras rencillas políticas, no sé, parece que se crea un vínculo de honor y respeto, entre aquellos que se declaran como enemigos mutuos.

-Ajá, ya veo de qué forma has interpretado la cantidad de búnkeres de ILU que hice explotar, la cantidad de países que conseguí que os dieran caza,…

-¡Calla!-me asestó otro golpe con el bastón, que me dio de lleno en la mandíbula. Escupí tres dientes.

-Te odio desde el mismo día que te diste cuenta de nuestra existencia, o peor aún, desde que dedujiste nuestros planes, o mejor dicho, vislumbraste nuestra auténtica naturaleza.

-Qué pena que no me dieran un Nobel de la Paz por ello.

-Te veo bromista S&D

-Ibais a acabar con todo, y mi antigua moral, no me permitía que os salierais con la vuestra.

-La ventaja de esta guerra, es que al menos no fuimos nosotros lo que lo perdimos todo, !jajajaj¡

-¡Hijo de puta! ahora el que va a morir eres tú…

Una ira inmensa me empezó a recorrer el cuerpo. Rompí las cuerdas que me ataban a la silla, ya que las había desgastado, frotándolas, durante el discursito de The Handler. Me dirigí rápido hacia él, y le mandé una patada giratoria en la boca del estómago. Se desplomó en el suelo. Antes de propiciarle la siguiente patada, un fuerte calambrazo recorrió todo mi cuerpo. Jonás, me había disparado con un taser, por la espalda. La instante del impacto, caí al suelo, dando convulsiones, e incapaz de articular palabra alguna. The Handler se recompuso de la patada. Cogió y de un sobre que le trajo su gorila, sacó un par de fotos, que me puso en la cara.

Era imposible, eran fotos de una muchacha, parecida a mi hija, pero más mayor.

-Así es, es tu hija, si quieres volverla a ver con vida, ya va siendo hora de que empieces a escucharnos…

 

 

 

Alberto Candelario

 

 

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