Charla con la Parca 

Apareció en una oscuridad envuelta en neblina espesa y pesada. Desorientado, vio a cien pasos una tenue luz azulada. Decidió avanzar hacia ella, pero la sensación de sus pasos era vacía, como si caminase sobre las nubes. Al acercarse pudo ver una figura sobre una vieja barca rota. El río era transparente y del color del abismo que representaba. La figura sobre la barca, que era alta, delgada y encapuchada, resaltaba su negra sombra por la pequeña lámpara azulada que colgaba de un pequeño mástil en la parte delantera de la barca. Estaba atracada en un pequeño muelle de madera carcomida por la humedad. El muchacho abría la boca cada vez más cuanto más se acercaba. 

-Hola-, dijo nervioso-. ¿Dónde estoy? 

-Estás muerto- respondió con una voz femenina y siempre calmada-. Soy el barquero que te va a llevar al otro lado, por un precio, claro. 

-¿Y en qué te lo gastas si te pasas la vida aquí? 

-Yo no vivo, yo tan solo existo. 

-Sé algo de mitología y se supone que somos millones muriendo. ¿Cómo es que estoy solo? 

-Cada uno tiene su barquero. Somos todos y uno solo. ¿Tienes pago para el viaje o vagarás entre las sombras el resto de la eternidad? 

-No tengo dos monedas de oro, si me preguntas-, y sacó la cartera del bolsillo. La abrió y revisó-. Tengo cinco euros y un par de monedas de cinco céntimos. ¿Tienes cambio? 

El barquero suspiró y bajó la cabeza. 

-Dame las dos monedas. Como los tiempos cambian, ya nos conformamos con dos monedas de lo que sea. A los que no tienen nada les convertimos en la niebla de la que saliste. 

-Un poco injusto, ¿no crees? 

-La vida tampoco lo es. Mírate, un joven de veintitrés años aquí, muerto. 

-Pues menos mal que tenía la cartera en el bolsillo. 

-Sí, menos mal, porque dudo de que tus familiares te pondrían dos monedas sobre tu cuerpo. 

-¿Seguro que no es un sueño? Porque esto es absurdo. 

-Absurdo es lo que no comprendemos. A mis ojos, tu existencia es absurda. 

-¡Pues mira la tuya! 

-La mía tiene propósito, la tuya se esfuma en un pestañeo y puedes elegir existir como la nada o como la niebla. 

-Pues vaya propósito…, pero espera, espera, ¿cómo que la nada? ¿Existir en la nada? ¿No te refieres a no existir? 

-Mientras exista la nada y pertenezcas a ella, existes. Ahora, dame las monedas y sube. 

El barquero extendió su lánguida mano y recibió las monedas, que se evaporaron en la palma en cuanto cerró el puño. El muchacho subió y se sentó en la única tabla que había, justo debajo de la lámpara. El barquero, de pie, comenzó a remar dándole la cara a su pasajero. 

El agua estaba completamente calmada a excepción de las ligeras olas que causaba el avance de la barca y el zafiro de la calmada llama de la lámpara atravesaba la transparencia muriendo antes de llegar hasta el fondo. El muchacho se sentía abrumado. 

-Ten cuidado cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti. 

-A saber a quién has llevado en esta barca. 

-No tenía monedas y se quedó entre la niebla. Tan cerca de lo que pregonaba, pero tan lejos… 

-Lo sabes todo, ¿verdad? 

-Solo lo sé todo de los muertos. Los vivos son un misterio. 

-¿Tú no estás vivo? Ah, claro, existes… 

-No te preocupes por no entenderlo, solo yo puedo. 

-Subestimas la inteligencia. 

-Yo no juzgo. De eso se encarga cualquier otro menos yo. 

Parecían estar a la deriva en medio de la oscuridad, pero continuaban avanzando en línea recta. El barquero remaba tan calmado que ni se oía el remar y el silencio se hizo absoluto durante unos minutos. El muchacho sonrió y miró fijamente a la muerte. 

-¿Sabes?, te pareces mucho a la Parca, pero vas con un remo en vez de una guadaña. 

-Soy lo mismo, aunque esto es una guadaña. ¿Por qué crees que vamos tan lentos? 

-¡Estás de broma! 

El barquero sacó con rapidez el remo y cuando parecía que iba a golpear al joven con él, paró a un centímetro de la cabeza. El chic no tuvo ni tiempo para reaccionar y solo cerró los ojos. 

-Este remo, en mis manos, es peor que una guadaña. 

-Vale, vale, lo pillo. 

El remo volvió tranquilamente al agua y siguieron su rumbo. 

-¿Cuánto queda? 

-Estamos cerca. 

-¿Y qué haré en la nada? ¿Me esfumo y ya está? 

-Te bajarás y sabrás hacia dónde ir. 

-Pero, ¿ya está? ¿Nada más? ¿Cómo si jamás hubiese nacido? 

-¿No te consuela? Librarte de todo dolor. Eres afortunado, no como a los que les queda por vivir. 

-Qué depresivo… Yo creo que merece la pena vivir. No tienes nada más que vida, lo único que te pertenece. Aunque seas esclavo, tu consciencia es lo único que te pertenece de verdad. 

-Y la tuya se desvanecerá pase lo que pase. 

-¿Y los de la niebla? 

-No tienen consciencia, tan solo sufren agonía por la existencia. Hemos llegado. 

El muchacho se giró y atracaron en un muelle que parecía ser el mismo del que partieron. Desembarcó y se giró para despedirse. 

-Creas o no, no me importaría morir de nuevo para volver a verte. 

-Eso no pasará. 

-Es cosa de los vivos fantasear con lo imposible. 

El chico sonrió con los dientes y, por primera vez, la Parca se quitó la capucha. Era un hombre de pelo largo color azabache y una corta barba muy bien cuidada. Al vérsele la cara, sonrió con dientes blancos y perfectos. 

-Siempre pensé que serías huesos, ¡o una mujer! 

-¿Quién te dice que no lo soy?- y alejó la barca para dar la vuelta entre una corta carcajada. 

El muchacho esperó a que su amigo se alejase lo suficiente como para no poder verle y quedarse en la completa oscuridad, pero sintió un repentino impulso a girarse y caminar. 

Se sentía como si estuviese en trance y los pasos cada vez eran más rápidos. En pocos segundos empezó a correr y cada jadeo era más placentero, más eufórico. Sentía el mayor gozo que podía existir, y mientras su éxtasis se manifestaba con una amplia sonrisa y lágrimas, desfalleció de forma indolora y desapareció. 

 

 Elvis Stepanenko

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