Devolverle a Cuba una pequeña parte de lo que le debemos
“Porque Cuba, con todas sus dificultades y contradicciones, representa algo que incomoda a quienes creen que la historia terminó: la persistencia de la dignidad”
Cada cierto tiempo, la historia parece querer poner a prueba la memoria de los pueblos. Este convulso 2026, además del secuestro del presidente de Venezuela, nos ha traído, pro parte de la administración de Trump, un endurecimiento del bloqueo contra Cuba, prolongando una política que desde hace décadas intenta rendir por asfixia a un país que decidió no arrodillarse.
El bloqueo no es una abstracción diplomática ni un conflicto lejano entre gobiernos. Es la dificultad para conseguir medicamentos, la escasez provocada, la vida cotidiana convertida en resistencia. Es una política de castigo colectivo que contradice el derecho internacional y golpea, sobre todo, a quienes trabajan, cuidan, enseñan y construyen la vida diaria en la isla.
Y, sin embargo, frente a ese cerco, Cuba ha respondido siempre de la manera más inesperada para quienes creen que el mundo solo se mueve por intereses: con solidaridad internacionalista.
La historia guarda episodios que deberían recordarse cada vez que alguien intenta aislar a la isla. Uno de ellos ocurrió en África, cuando Cuba cruzó el océano no para conquistar, ni por intereses económicos o geopolíticos, sino para ayudar a un pueblo a defender su libertad. En Angola, junto al gobierno de Agostinho Neto, combatió a las fuerzas de la UNITA, apoyadas por regímenes racistas de la región.
Allí, en la histórica batalla de Cuito Cuanavale, se quebró algo más que un frente militar: empezó a resquebrajarse el edificio del apartheid. Aquella batalla ayudó a abrir el camino hacia la independencia de Namibia y a debilitar el régimen racista de Sudáfrica. No lo dijo cualquier voz, sino la de Nelson Mandela, quien reconoció el papel decisivo de Cuba en la liberación del África austral.
Pero la solidaridad cubana no solo se ha escrito con la tinta de la historia y los fusiles. También se ha escrito con estetoscopios, cuadernos y canciones.
Miles de médicos cubanos han recorrido el mundo llevando salud allí donde nadie más llegaba. No preguntaron por ideologías ni fronteras: preguntaron dónde hacía falta un médico.
De esa vocación nació la Operación Milagro, que ha devuelto la vista a millones de personas. Entre ellas estuvo Mario Terán, el soldado boliviano que abatió al Che Guevara. Décadas después, médicos cubanos le devolvieron la vista. Hay momentos en la historia en los que la humanidad se vuelve más grande que la guerra, y ese fue uno de ellos.
Cuba también ha llevado alfabetización a lugares donde la palabra escrita era un lujo negado. Ha compartido sus métodos educativos sin pedir nada a cambio, convencida de que enseñar a leer es también abrir una puerta a la dignidad y a la conciencia.
Y junto a todo eso, está su cultura: la música que acompaña luchas, la poesía que nombra lo que parecía innombrable, la tradición de pensamiento crítico que ha alimentado la conciencia de generaciones enteras en América Latina y en el mundo.
Por eso, cuando hoy se intensifica el bloqueo, no solo se intenta asfixiar a un país. Se intenta castigar un ejemplo.
Porque Cuba, con todas sus dificultades y contradicciones, representa algo que incomoda a quienes creen que la historia terminó: la persistencia de la dignidad.
Durante décadas ha resistido un bloqueo implacable que se agravó tras la caída del bloque socialista, golpeando su economía y su vida cotidiana. Y aun así, no se ha rendido.
Por eso Cuba y su Revolución son también un patrimonio de las clases trabajadoras del mundo. No en el sentido abstracto de un símbolo lejano, sino como una experiencia viva que ha demostrado que la solidaridad puede ser política de Estado y que la dignidad puede sostenerse incluso bajo asedio.
Y precisamente por eso, con Cuba no deberían bastar los gestos tibios ni los discursos calculadamente políticos que buscan no mojarse. Frente a la injusticia del bloqueo, lo que hace falta es el apoyo abierto, sincero y sin ambigüedades, el mismo que durante décadas la isla ha ofrecido a los pueblos del mundo.
Hoy, defender a Cuba es más que denunciar una injusticia internacional. Es reconocer una deuda moral con un pueblo que ha estado del lado de quienes luchan. Es devolver, aunque sea en parte, lo que Cuba ha dado al mundo.
Porque cuando un pueblo resiste durante décadas sin renunciar a su soberanía, no solo defiende su propio futuro: mantiene abierta la esperanza de que otro mundo es posible.
Y en esa esperanza —hecha de médicos que cruzan mares, de alfabetizadores que encienden palabras, de pueblos que no se rinden— Cuba sigue siendo una luz.
Una luz que no pertenece solo a una isla, sino a todas las personas que creen que la historia todavía puede escribirse con justicia, solidaridad y conciencia de clase.
René Behoteguy Chávez
es boliviano, reside en Euskal Herria y es miembro del Colectivo de Migrantes Tinkuy


