El burkini, ¿un conflicto cultural o un conflicto político?

Estos días en los medios de comunicación se ha dicho mucho sobre la prohibición en diversas regiones de Francia del empleo del Burkini por parte de las mujeres musulmanas en dicho país. En algunos casos se han llegado a sancionar económicamente a estas mujeres (multas que llegan a los 38 euros) e incluso a forzar, por parte de las fuerzas de seguridad del Estado francés, a estas mujeres a desvestirse.

Esta polémica no tardó en traspasar las fronteras francesas, llegando de una forma muy particular a la izquierda y al feminismo, generando diversas reflexiones y posturas encontradas. He intentado leer el mayor número de estas reflexiones que se han planteado desde la izquierda política, encuadrándose la mayoría de ellas en el feminismo y existiendo dos grandes posturas al respecto que intentaré, a pesar de la complejidad argumental de ambas, resumir en unas pocas líneas:

– Primera postura: el burkini es reflejo de la cultura musulmana patriarcal y, por lo tanto, debe ser combatido. No cabe aquí evocar al relativismo cultural que, en última instancia, acaba siendo una herramienta que permite justificar y legitimar otras formas culturales de machismo.

– Segunda postura: El burkini es un elemento cultural identitario de las comunidades musulmanas, que históricamente han sido víctimas del colonialismo europeo. Por tanto, no debe ser atacado, pues existe un feminismo islámico. Es más, el ataque continuo y frontal a este tipo de prendas parten de una mirada eurocéntrica y colonial sobre las expresiones culturales no occidentales.

Como vemos, ambas posturas y, por tanto, la gran mayoría de las reflexiones que se han hecho desde la izquierda focalizan la cuestión en la cultura: ¿etnocentrismo o relativismo?, ¿el burkini es realmente machista o es simplemente una expresión cultural legítima y respetable?, etc. No obstante, a mi parecer, no se está localizando la raíz del problema y el campo en el que realmente se encuadra: la política.

Es un problema político, no cultural

A pesar de que tengo ciertas críticas al relativismo cultural, también soy crítico con el eurocentrismo y el colonialismo. No obstante, creo que esto se trata, en última instancia, de un problema político y no de un conflicto cultural.

Un texto sin contexto es un pretexto”

La prohibición del burkini por parte de las autoridades francesas no es un acto ni una decisión abstracta y arbitraria, se inscribe en un contexto político, geográfico y temporal concreto: el Estado de excepción francés decretado por Francois Hollande el 13 de noviembre de 2015. El presidente francés sumía pues al Estado francés en una situación especial en la que las fuerzas del Estado se otorgaban de poderes especiales y, además, se anulaban múltiples derechos y libertades civiles fundamentales. Según un comunicado de Amnistía Internacional, el Estado de excepción permite “realizar registros domiciliarios sin orden judicial, imponer la localización permanente y disolver asociaciones o grupos vagamente definidos como participantes en actos que perturbaran el orden público” (1). Además, éste va unido a diversas acciones militares francesas en el continente africano y en Siria, en la lógica de la llamada “lucha contra el terrorismo”.

Actualmente, bajo dicha lógica “anti-terrorista”, existe un esfuerzo del presidente por ‘constitucionalizar’ el Estado de excepción (que aún está vigente), de modo que dejaría de ser una situación especial y se convertiría en la forma normalizada en que el Estado estaría configurado. Por tanto, tendríamos un Estado francés que delegaría permanentemente al Ejército poderes civiles de policía y que crearía jurisdicciones militares, e incluso permitiría al presidente de la República otorgarse a sí mismo poderes excepcionales, algo que en Francia no se hace desde la guerra con Argelia (guerra de liberación nacional argelina), lo cual puede llevar a una peligrosa fascistización de la democracia burguesa en Francia.

En toda esta ofensiva contra el Estado de derecho, los grupos en el punto de mira son, como no, el movimiento obrero y las comunidades musulmanas (sean nacionales o extranjeros). Al respecto, en Francia no hace mucho pudimos ver múltiples enfrentamientos entre sindicalistas y las fuerzas de seguridad estatales, conflicto y sucesos que han tenido muy poco espacio en los grandes medios de comunicación. Estos conflictos eran parte de la heroica lucha de la clase obrera francesa contra una reforma laboral agresiva, en la que el Estado, dado la situación “especial” decretada por Hollande, decidió prohibir las manifestaciones y reprimirlas duramente (2). No hay que olvidar que los ecologistas también fueron objeto de estas prohibiciones y recortes en libertades civiles, pues se prohibieron múltiples manifestaciones con motivo de la conferencia de París sobre el cambio climático (21ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) y muchos manifestantes fueron detenidos.

Como se ha indicado, las comunidades musulmanas en Francia también han sufrido persecución y represión: muchos musulmanes fueron objeto de registros domiciliarios o sometidos a arrestos domiciliarios y vigilancia permanente (24 horas al día) en función de criterios poco específicos, como prácticas religiosas que las autoridades consideraban “radicales” y, por lo tanto, una amenaza para el orden público o la seguridad nacional. La policía también llevó a cabo registros en mezquitas y otros lugares de culto musulmanes, cerrando algunos de ellos. El nivel de represión ha crecido exponencialmente en Francia, incluso el periódico derechista español El Mundo señaló, el 20 de mayo de este año, que: “activistas y juristas denuncian la ‘estabilización de un régimen con consecuencias extremadamente duras para los derechos humanos’, que ahora apunta también al colectivo de los refugiados y a los manifestantes contrarios a la reforma laboral” (3).

La citada noticia de El Mundo continua señalando: “‘Hoy, no vemos en qué sentido esta nueva prolongación contribuye a la seguridad’, defiende Dominique Curis, de Amnistía Internacional. Esta organización está denunciando desde el pasado mes de diciembre las decisiones ‘arbitraria’” tomadas a partir del estado de emergencia, no únicamente las que se refieren a la comunidad musulmana, sin duda la más perjudicada’”. Además, señala que se han producido más de tres mil registros administrativos y unas 400 detenciones arbitrarias, de modo que “un 80% de dichas detenciones quedaron inmediatamente anuladas sin que se iniciara proceso judicial alguno. Sin embargo, la estigmatización, la pérdida de empleo o las miradas sospechosas se han convertido en parte del día a día de las cientos de personas que fueron blanco de” las mismas. Hablamos de detenciones sin motivos claros que han durado hasta tres meses.

Todas estas medidas, como ya se ha planteado, pueden llevar a una fascistización de Francia. Al respecto basta con ver la propuesta de poder despojar a los ciudadanos franceses (incluso a los que lo son de nacimiento) de su nacionalidad. Hace no mucho, apareció un artículo recomendable al respecto en VoltaireNet (4), donde se dice lo siguiente: “la constitucionalización del despojo de la nacionalidad sacaría la nacionalidad del derecho civil para convertirla en un tema legislativo aparte. De esa manera, se disocia la persona jurídica, el hecho de gozar de la nacionalidad se separa de la posesión de la nacionalidad. O sea, el ciudadano puede gozar de su nacionalidad… a condición de que la utilice correctamente, y es el gobierno quién establece el marco de ese “uso correcto” de la nacionalidad.”

Esta es una medida que evoca directamente al fascismo, concretamente al régimen de Vichy, cuando “15.154 personas fueron despojadas de la nacionalidad francesa y el 45% de esas personas eran judíos”, de modo que, tal y como señala Jean-Claude Paye en su artículo de VoltaireNet: “gracias a la nueva ley, periodistas o ciudadanos podrían ser enviados a los tribunales por haber compartido un video colocado en internet por una organización designada como terrorista o por dar la palabra a miembros de redes políticamente demonizadas. O sea, este tipo de incriminación permitiría condenar e incluso despojar de su nacionalidad [francesa] a quienes se opongan a la política exterior de Francia hacia Siria, Libia o Palestina”.

Más adelante, Paye continua: “nos encontramos entonces en una situación que recuerda la Francia del régimen de Vichy y la ley del 23 de julio de 1940, que preveía despojar de su nacionalidad a los franceses comprometidos con el general Charles De Gaulle”. De hecho, en el debate de la Asamblea Nacional llegó a decirse que “En el estado actual del texto, Francia podría caer en una dictadura en una semana”.

Como vemos, toda esta campaña de acoso al movimiento obrero, a la comunidad musulmana, a los ecologistas y prácticamente casi que a cualquier ciudadano que se oponga a la pérdida sistemática de derechos y libertades es donde aparece la prohibición francesa del burkini. Parece poco oportuno plantear que, dado que se inicia en tiempos de auténtica reacción, dicha prohibición se haga con el fin de otorgarles más libertad a las mujeres musulmanas frente a la dominación machista.

Por ello creo más que necesario tener en cuenta todos estos alarmantes hechos, así como el contexto de auténtica reacción que se vive actualmente en Francia (unido a un amenazante crecimiento de fuerzas de extremaderecha como el Frente Nacional) para entender que la motivación del Estado francés para prohibir el burkini no es en ningún caso el feminismo en ninguna de sus variantes, sino la reacción, la exclusión de las comunidades musulmanas y el aplastamiento del movimiento obrero francés.

 
 
 

Cristian Sima Guerra

linea azulia

  1. https://www.amnesty.org/es/countries/europe-and-central-asia/france/report-france/

  2. http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/17/actualidad/1463438068_797947.html

  3. http://www.elmundo.es/internacional/2016/05/20/573cc136ca4741465e8b4609.html

  4. http://www.voltairenet.org/article192911.html

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