La espiral

Caminaba en círculos creyendo que mis pasos lo guiaban las estrellas, pero estaba perdiendo las fuerzas. Caí rendida y me di por vencida. No sabía dónde estaba. Todo me resultaba familiar, pero yo no encajaba en ningún rincón del espacio infinito. La tierra negra y caliente de la playa me sirvió de cuna aquella noche. Estando allí, tumbada mirando al cielo, fue cuando entendí que las estrellas sólo me mostraban su luz, que brillaba tanto como la del templo de mi cuerpo que por primera vez observaba, con detenimiento y amor.

Sequé las lágrimas de mis ojos, me puse nuevamente en pie y canté a la luz infinita de las estrellas, también a la del Sol, a la de mi templo, a la de nuestra sonrisa, a la de nuestros ojos y a las huellas tatuadas en nuestras almas con los pasos dados desde nuestros ancestros.

Dejé de ver los círculos bajo mis pies para empezar a descubrir la curva que tiene un fin infinito. Los días y las noches son siempre uno más. No hay descanso en este viaje. El miedo se desvanece y el fuego se reavivaba mostrándose frente a los infantes desnutridos, a las madres creadoras y golpeadas, junto con los padres anestesiados y ausentes que se rebelaban después de las noches oscuras de guerra y siglos de esclavitud. El fuego se reaviva, y yo no quiero comercializar más con los cuerpos. No quiero renunciar a los sueños de libertad. Con el reavivar del fuego me rebelo contra la idea de experimentar una vida mal vivida.

Fue en un momento santo donde sentí el descanso sobre un punto de la espiral sagrada. Y grité: ¡Amo la vida! Esta vida que no para, la que sigue llorando tu ausencia, aún todavía con la despedida en los labios. ¡Amo la vida! Esta vida embriagada de lágrimas que brotan al recordar la estilla del abandono, la del rechazo y el miedo. ¡Amo la vida! Esta vida que ríe cuando reconoce la inmortalidad.

Soy descendiente de las maltratadas, violadas, de las heridas y asesinadas en las distintas batallas, pero también por mi sangre corre la savia de la alzada, de la valiente, de la libre, de la yerbera, de la alfarera, de la harimaguada y de la cuentista que nos enseñó a buscar y encontrar a San Borondón en nuestro interior. La Isla interna en la que todo nuestro tesoro es puro conocimiento, que aguarda el momento de ser transmitido, y despertar así del sueño que me impide liberar el amor que compartimos. Ese amor libre que, como el silbo, corre de cumbre en cumbre, pasando por los barrancos hasta llegar como un profundo susurro a tu alma. Ese mensaje silbado permite que vibremos con el tambor y que nuestras risas acompañen a las chácaras alegres.

Hermana, somos felices. Bebamos la agüita que brota por los Chorros de Epina. ¡Celebremos este día! Hoy, la despedida bendice el saludo del reencuentro.

 

Banessa Bethencourt Mesa

 




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