Otra Navidad

Otra Navidad más. Otra vez ese momento del año, ese 25 de diciembre, en el cual parece que todo el mundo es feliz, en el cual sólo se ven sonrisas en el rostro de la gente, sonrisas a prueba de frío, sonrisas que, aunque sean mentira, en esta época parecen sinceras, llenas de verdad, llenas de alegría. Y mientras yo aquí, vestido con harapos, con unos vaqueros echo mierda, y una americana que parece que sacada de una guerra, disfrutando un frío que ya se había vuelto un compañero más de viaje en mi vida.

Es interesante ver como con el paso de los años, uno se convierte en una caricatura de sí mismo, en la sombra de lo que fue, como si ese fuera el modo que Dios tiene de divertirse ahí arriba. Y como no, en mi mano, el amor de mis amores, el líquido con el cual hoy no sería quien soy, mi preciado vino tinto. Cuantas veces intenté terminar con este amor, pero esta botella y yo sabemos que es demasiado fuerte como para que lo rompan grupos de gente que lo que quieren hacer es encarrilar su vida, volver a ser normales, volver a ser felices.

Y más sonrisas, no sé cómo desde una posición tan baja como es la acera, se puede ver tan fácil los rostros iluminados de la gente que está caminando. Escupo sobre esto, lo odio, me genera un asco inmenso, odio estas fechas, como si por sonreír fueran a evitar la desgracias que les tiene silenciosamente preparado este año 2042 que entra.

Parece que por fin ha llegado, el día más temido que esperado, aunque de pequeño sabía que este era mi destino, muy inevitable, ya que así lo ha querido mi señor. Me dijeron que salvabas gente, sobre todo a las ovejas negras, a las descarriadas, a los desechos inmundos, llevándolas hacia tu camino, camino ambiguo, y que nunca creí que fuera el que me decían los santos padres de las ermitas. Religiones a mí, mar de decepciones, de promesas que son humo, humo que se lo lleva cualquier ápice de brisa, para coger eliminarlas todas de la faz de la tierra, cada una de ellas, religiones que todavía atan a la sociedad en mentiras, que no permite a la misma madurar, admitir de un vez por todas que después de la muerte no hay nada, seguir creyendo en los reyes magos.

Parece que por fin ha llegado, el día en el cual la vida me ha derrotado, y actuar en consecuencia, aunque creo que no debería irme de aquí, sin hacer un bien a la gente, y dejar mi legado detectivesco, S&D, que seguro que alguien lo usará mejor que yo, y que traerá bien al mundo que yo nunca pude, aunque eso de buscar heredero no sé si se me dará. Aunque pensándolo bien, seamos realistas. No voy a coger a nadie, y a darle un legado que será una maldición, que joderá su vida, que destrozará su vida al igual que hizo con la mía. Mejor no, mejor es destruir a S&D, para siempre, hacerlo cenizas, y para ello, hay que destruir a su creador, es decir, a mí. Voy a dejarle a la humanidad el mejor regalo que se puede hacer en estas fechas, voy a hacer como Tesla con su rayo de la muerte, eliminar al graznido del fénix, hacer que ese pájaro, que ese pseudónimo que me acuñaron mis enemigos, sea finalmente ceniza, y que jamás vuelva a resurgir. A parte, será un regalo de navidad liberador para mí.

Cogí la pistola que guardaba de debajo de la chaqueta, y me la puse apuntando en la sien.

-Hola señor.-me dijo una niña, de unos seis años, que estaba enfrente mío.

-Apártate, no quieras ver esto.

-Señor, no sé dónde están mis padres, estoy perdida.

-Buscaste la vida, ¡vete!- vociferé a aquella muchacha.

-Pero, pero,…-la niña empezó a llorar.

Guardé la pistola, y me puse de pie.

-Tranquila muchacha, te ayudaré a buscarlos.

-Gracias señor-dijo entre sollozos.

-A ver, ¿de dónde vienes?

-De misa señor, estábamos en misa.

-¿De qué iglesia vienes?

-De la de San Jorge.

-Pues vamos allá, encontraremos a tus padres.

Me levanté y la cogí en brazos, y pusimos rumbo a San Jorge. En ese instante, me imaginaba a un señor mayor vestido de blanco, pelo encanecido, sentado en las nubes, riéndose de mí. Era mucha casualidad todo esto, una niña perdida católica, y que viniera de la ermita de mi santo.

La iglesia de la que ella me hablaba, sólo quedaba a un par de manzanas donde ella me encontró. No tardamos más de cinco minutos en llegar. Mientras íbamos, le contaba chistes a la chiquilla, para que se relajara un poco. No me había sentido tan paternal desde hacía mucho.

Cuando llegamos, había un furgón policial y un cerco de seguridad delante del templo. Así pues me dirigí a un tumulto de gente que estaba delante del cordón policial, para ver qué había ocurrido. Dejé a la niña en el suelo, y le dije que se quedara quieta, y que no se acercara a donde estaba la policía.

-¿Qué ha ocurrido?-le pregunté al sacerdote, que sería el que mejor me explicaría lo ocurrido.

-Un maníaco hijo, vino, y se llevó consigo la vida de los Thompson.

Esto no me gustaba nada, esperaba al menos que no fueran los padres de ella.

-¿Los Thompson no tendrían una hija verdad?

-Sí, Sofía. Eran creyentes fieles, siempre que podían acudían a la ceremonia.

-¿Y Sofía no será la niña esa de allí?

Señalé a donde había dejado a mi nueva amiga.

-¡Sí, es ella!- saltó de emoción, se dirigió a la niña y la cogió en brazos.

-Hola padre, no encuentro a ni a mi papá ni a mi mamá.

-¿Sabes dónde pueden estar?-le preguntó el cura.

-Cuando vino el hombre que gritaba, me dijeron que corriera, que si llegaba primera a casa, me iban comprar una piruleta- sonrió la niña, ignorando la gran desgracia que había acaecido a sus padres.

-Muchas gracias buen hombre, por traerla aquí, que dios se lo pague-dejó a la muchacha en el suelo, que se puso a jugar con la nieve de la calle.

-Va a ser duro ahora, darle la noticia. A parte, ya no le queda absolutamente nadie para que se quede con ella, su abuela tiene alzhéimer, no podría cuidarla, es pena que vaya a ser pasto de los orfanatos.

La verdad es que la mentira que me repetía cada día de que mi corazón era una piedra, estaba hecho tan polvo que era insensible, no podía sostenerse más. No podía permanecer impasible ante aquella situación. Esta injusticia, esta imagen, me hizo recordar, sacar de mi interior, el por qué un día decidí que aquellas dos letras fueran uno conmigo, el por qué una mañana me levanté para Salvar & Defender a las personas. A aquellas personas, a esos inocentes, los cuales no se merecen nunca que sus vidas se vean rotas por lo inmundo, lo más nefasto y lo más oscuro que hay detrás de la naturaleza del ser humano. En ese instante, vi que el graznido del fénix tenía que sonar de nuevo, que aunque yo estuviera acabado, mi corazón hecho trizas, no me podía quedar impasible ante esta situación. El graznido con más fuerza que nunca, y más impasible que antaño. Y además, ese graznido iba a sonar durante mucho tiempo, ya que había encontrado en la pequeña Sofía, la perfecta candidata para heredar el manto de S&D.

 

 

 

 

 

 

Alberto Candelario

 

 

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