Promesas

Fue a la funeraria para ver el cadáver de la mujer que había amado desde que la conoció, pero hacía diez años que no la veía. Iban a incinerarla pero el cansado protagonista sobornó al que iba a incinerarla para que pudiese estar a solas con el cadáver antes de que se borrase todo rastro de ella.

Daniel miró el pálido rostro de la muerte durante cinco minutos, temblando pero calmado, y rompió el silencio con un suspiro. Se quitó los pantalones y quitó la sabana que cubría el cuerpo. Escupió, lubricó y empezó el acto de la necrofilia.

Diez años atrás.

-Oye- le dijo Alicia a Daniel mientras estaban sentados en el sofá viendo la tele-. Si me muero, quiero que me hagas el amor una vez más.

-¡¿Cómo?!

-Pues eso. Es lo más romántico que puede haber. Yo por ti lo haría.

-¿Y cómo harías para la erección?

-Uso una jeringuilla.

Daniel, incrédulo, se lo tomó a broma.

-Venga, prométemelo- exigió Alicia.

-No sé si podría hacerlo. Es que no se si siquiera podría excitarme en esa situación.

-Tómate una viagra. Venga, prométemelo. Yo te prometo que lo haré por ti.

-De acuerdo- dijo mientras suspiraba-, lo haré, te lo prometo.

La relación entre ambos terminó unos meses más tarde, no por las extrañas conversaciones que tenían, sino por los estragos emocionales que compartían. Desde entonces, Daniel no supo nada de ella hasta que una amiga suya, diez años más tarde, le contó sobre el atropello que sufrió y el golpe que le provocó una muerte cerebral. Su madre la desconectó y donaron sus órganos dos días más tarde.

Daniel recordó inmediatamente su promesa y debía cumplirla, asegurándose de no encontrarse a nadie, preparándose y haciendo tratos con la funeraria para cumplir de la forma más discreta posible, para amar a Alicia por última vez.

Cuando terminó, se puso los pantalones y se quedó mirando el blanco y cosido cuerpo, frío. Solo sentía vacío pero el orgullo de poder hacerle el amor a esa mujer que tanto añoró le hizo sonreír.

Le dio un beso que duró dos eternos segundos y se acostó junto a ella. Se sacó de los pantalones la pistola que compró a una pandilla el día anterior. Solo tenía una bala.

Miró entre lágrimas a su amada y dijo:

-Te quiero.

Y apretó el gatillo.

 

 

 

Elvis Stepanenko

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