ActualidadCienciaLa PalmaOpiniónVolcán Tajogaite

Una lectura científica sobre las «fallas activas» y el futuro de la reconstrucción en el Valle de Aridane

La Palma necesita ciencia para reconstruirse, no titulares que, queriendo alertar del riesgo, terminen certificando injustamente la muerte de la reconstrucción urbanística del Valle de Aridane”

Leía recientemente en los medios de comunicación, con la atención que nos impone la necesidad, los titulares sobre el último estudio del IGME-CSIC publicado en Natural Hazards. «Las fallas identificadas en la erupción del Tajogaite se siguen desplazando mediante movimientos lentos«. Sin duda, son titulares potentes para una realidad compleja, pensado sobre todo en provocar la atención, más que en hacer una comunicación con rigor científico y social. Como docente que he sido toda mi vida, enseñando Física y Química,  y como presidente de la Asociación Tierra Bonita, creo necesario bajar el balón al suelo y traducir qué significan realmente esos datos para nuestro futuro, más allá del impacto mediático.

Desde que se activó en PEVOLCA, en septiembre de 2021, y durante la erupción, los científicos fueron un objetivo prioritario de los medios de comunicación. Después de la erupción aún lo siguen siendo. Lamentablemente, la existencia de las emisiones difusas de CO2 en Puerto Naos y La Bombilla les ha dado mucho juego. Su papel, desde mi punto de vista, ha acumulado grandes desaciertos de investigación y, sobre todo, de comunicación científica. IGN, INVOLCAN e IGME han olvidado de manera notoria el rigor y la geoética en La Palma.

Sin embargo, la ciencia siempre debe ser nuestra mejor aliada. Es lo que aun seguimos esperando, con relación a la “verdad” de por qué no comunicaron de manera correcta, en tiempo y forma, la previsión del lugar y el tiempo de la erupción. Por ejemplo, que aún el mismo día de la erupción siguieran defendiendo una erupción inminente en Jedey. Por eso, cada vez que sale una comunicación de los científicos institucionales, INVOLCAN e IGME, sobre todo, las personas afectadas nos ponemos a temblar.

No estoy negando que se siga haciendo investigaciones de la erupción y del tiempo posterior. De hecho, creo que el trabajo de monitorización del IGME es valorable positivamente. Sin embargo, analizando el último paper académico del IGME (Intervención de emergencia para la estimación temprana del movimiento lento de deslizamiento en las fallas activas de La Palma, enlace: https://link.springer.com/article/10.1007/s11069-025-07872-2), no puedo resistirme a hacer una valoración crítica, no sólo de dicho artículo, sino de lo que la prensa dijo de dichos “descubrimientos”.

Con relación a la comunicación científica del IGME, mi primera objeción es el mal uso de cierta terminología. ¿Tectónica o gravedad? El estudio confirma que el suelo se mueve (cinemática). Es un hecho. Pero llamar a esas fracturas inequívocamente «fallas activas» implica una dinámica (una causa) que aún es discutible. Una «falla activa» sugiere una ruptura profunda de la corteza, permanente y peligrosa. Sin embargo, lo que miden los fisurómetros en las casas dañadas puede ser perfectamente compatible con un asentamiento gravitacional del edificio volcánico o una relajación térmica tras la erupción.

Metodológicamente también es discutible. Hay que ser claros: han medido grietas en hormigón y mampostería, materiales con coeficientes de expansión térmica distintos a la roca madre. Aunque los autores dicen haber usado resinas epoxi y medido a distintas horas para minimizar la dilatación térmica, mi pregunta es obvia: ¿estamos midiendo la falla o estamos midiendo cómo se asienta la casa 4 años después? Una vivienda dañada tiene su propia inercia y reacomodo gravitacional. Discriminar entre el movimiento tectónico puro (endógeno) y el asentamiento del edificio (exógeno) es el mayor desafío de este paper. Algo científicamente discutible.

Según la prensa, hablar de una “innovación tecnológica” es absurdo. Un fisurómetro, como el que usan, mide apertura/cierre, unidimensionalmente vectores 1D. Sin embargo, si estas mediciones pueden definir como causas la existencia de una “fallas activas” es algo discutible. El problema es que si la supuesta falla se mueve puramente de lado y la grieta es paralela al movimiento, el fisurómetro podría marcar «cero» apertura, aunque la supuesta falla se esté moviendo metros. Necesitan vectores 3D. El artículo admite esto y de hecho sugiere usar GPS (GNSS) en el futuro, por lo que, indudablemente, el artículo tiene una fuerte limitación para las conclusiones actuales.

Del artículo científico, no la nota de prensa, destaco un matiz conceptual relevante, sobre el desplazamiento. Si es tectónico, el problema es eterno. Si es gravitacional (el terreno está asentándose), el proceso terminará estabilizándose. El artículo “alerta” de las consecuencias que pueda tener para la reconstrucción urbanística en el Valle de Aridane. Porque legislar urbanísticamente asumiendo la peor hipótesis sin validación geodésica profunda (el artículo no usa las técnicas GPS/InSAR) sería un error que pagaremos los ciudadanos del Valle de Aridane con la pérdida de derechos sobre nuestros terrenos.

Los matices conceptuales son importantes. Hay un problema evidente, poco claro, de si el desplazamiento es la causa o el efecto. Los autores (Rodríguez-Pascua et al.) son partidarios de la teoría de que la tectónica controla al volcán. Es decir, creen que las fallas ya estaban ahí y el magma las aprovechó para salir. Por eso las llaman «fallas activas». Pero pasan por alto, es muy difícil distinguirlo, si la falla «cortó» la isla (tectónica) o si la isla se está «rompiendo» por su propio peso (gravitacional).

Es decir, usar el concepto de «fallas activas, con las denominaciones de Tazacorte y Mazo» no es acertado, ya que, si realmente fueran “fallas activas”, podrían generar terremotos de una elevada intensidad sin erupción volcánica, simplemente por el empuje de placas. Pero esto no ocurre. Realmente, son fracturas pasivas. Solo se mueven si el volcán se hincha/deshincha o si la gravedad actúa. Esto es más compatible con la no generación de grandes terremotos por sí solas.

El artículo utiliza incluso expresiones, como creep (movimiento lento), típico de fallas activas reales, como la de San Andrés, en Norteamérica. Estos movimientos también son típicos de deslizamientos de tierra gigantes. Los autores no han demostrado inequívocamente que esto no sea un deslizamiento gravitacional.

Por ello, opino que formalmente podrán usar el término “fallas activas”, pero conceptualmente se equivocan. Cuando en Geología se usa el término “falla activa”, se refieren a una discontinuidad en un medio sólido que experimenta un desplazamiento relativo, medido en tiempos geológicos, de miles de años. Los autores se equivocan, pues están aplicando un término, «tectónico», a un fenómeno que es una mezcla de relajación termo-elástica (el edificio volcánico enfriándose y contrayéndose) y ajuste gravitacional.

Por ello, recomiendo que los autores cambien el término “fallas activas” por “estructuras vulcano-tectónicas activas” o “fracturas de flanco activas”, a menos que puedan demostrar que el campo de esfuerzos que las mueve es puramente regional y no local (volcánico).

Luego, hay una pieza clave en el estudio: el descubrimiento de un creep. Quizás lo más relevante del estudio haya pasado más desapercibido: la confirmación de movimiento (creep) en la zona de Puerto Naos. Para un físico, esto explica muchas cosas. Si hay una fractura moviéndose -aunque sea milimétricamente- bajo la costa, eso rompe constantemente el sellado mineral de la roca, manteniendo una alta permeabilidad. Si esto es cierto, nos estaría diciendo que la persistencia de los gases (CO2) en Puerto Naos y La Bombilla no es algo que esté pasando por mala suerte. Es geología estructural.

La supuesta «falla de Puerto Naos» entonces actuaría como una “chimenea” abierta por el propio movimiento. Entender esto es clave, porque nos lleva a aceptar que las emisiones pueden durar mucho más que la vida de un ser humano. No podemos simplemente «esperar a que pare», como erróneamente se ha interpretado. Las emisiones nunca pararán, si aceptamos esa falla en Puerto Naos. Si la causa es estructural, la solución debe ser ingenieril (desgasificación activa, adaptación) y no la simple clausura de los barrios, como se hizo.

La comunicación, por tanto, tiene sus lagunas. Pero lo peor es la comunicación en la prensa de estas investigaciones. Se sigue recurriendo, como en muchos otros artículos, a elevar la magnitud del miedo. En el artículo del IGME se habla de velocidades de hasta 2,8 milímetros al año de desplazamiento de las supuestas “fallas activas”. Pongamos los números a escala humana: esto es la velocidad a la que crecen las uñas de las manos. Conclusión, si es un movimiento real, y se agrietan las paredes rígidas, son hechos que han medido. Pero la ingeniería civil lleva décadas lidiando con suelos que se asientan o reptan a esas velocidades. Existen cimentaciones flexibles, zunchados y técnicas constructivas para ello.

Para mí lo más relevante es que no puedo expresar estas críticas sin solicitar a la Administración que actúe. En este sentido, mi llamamiento es que no utilicen este estudio como excusa para dibujar líneas rojas definitivas en el mapa. Validen los datos de las grietas de las casas con mediciones satelitales del zócalo de la isla. Y, sobre todo, no confundan un reto de ingeniería (construir sobre un suelo que se mueve 2 milímetros) con una imposibilidad física.

Habría que plantear al IGME y a los autores del escrito y, por supuesto, al Comité Científico del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias, que emitan un informe aclaratorio sobre la diferencia entre «riesgo tectónico» y «asentamiento gravitacional».

A la Consejería de Política Territorial, Cohesión Territorial y Aguas del Gobierno de Canarias y, específicamente, también a la Viceconsejería de Reconstrucción de La Palma, es necesario advertirles que en la legislación nunca deberían utilizar el término «falla activa» y que además esto no debería tener consecuencias para diseñar parcelas en las que no se pueda reconstruir.

Los ayuntamientos del Valle de Aridane, que conceden las licencias, no pueden negarlas bajo ningún concepto usando el estudio. Los técnicos municipales, los que tienen que visar un proyecto de reparación de una casa, no pueden actuar con el miedo, porque hayan leído que hay una «falla activa», y denegar licencias, lo cual estarían haciendo con una incorrección administrativa y técnica.

Una petición muy importante, que no dudo en realizar, la dirijo al comisionado especial para la Reconstrucción. Es una figura política, que debe actuar también sobre organismos del Estado como el IGME. El comisionado estatal debe entender que el IGME está realizando estudios con incorrecciones científicas y con incidencia en la reconstrucción del Valle de Aridane.

La Palma necesita ciencia para reconstruirse, no titulares que, queriendo alertar del riesgo, terminen certificando injustamente la muerte de la reconstrucción urbanística del Valle de Aridane.

Francisco Rodríguez Pulido
Profesor jubilado de Física y Química en Secundaria y presidente de la Asociación Tierra Bonita

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *