“Vamos a visitar a Charlie”

La compañía Bravo tenía que salir de la base para explorar los alrededores y acabar con las guerrillas vietnamitas. La guerra de Vietnam había durado demasiado para los estadounidenses pues no importaba cuántos helicópteros cargados de soldados y cuántas bombas de napalm arrasasen con lo verde, el Viet Cong era como una plaga esparcida y escondida en la naturaleza.

                -¿Cuánto queda para llegar?- Preguntó Jimmy.

Iban subidos en un helicóptero a cinco minutos de llegar al campamento

                -Yo no estaría tan entusiasmado en llegar. Han ordenado a Bravo que salga a revisar el perímetro. Capturamos la posición justo ayer y da por sentado que habrán Charlies dispuestos a matarte, y si no te mata, se contentará con hacerte perder una pierna con sus trampas. Nada más llegar nos darán dos minutos para ver los mapas y preparar el equipo si tenemos suerte-, contestó el cabo Williams.

                -¿No deberían darnos más tiempo?

                -Solo somos cuatro hombres más, ellos son quince. Nos tocará seguir la corriente, como casi siempre… Así nos va la guerra.

                El soldado Carter miró con asco al cabo Williams y habló.

-Nos va así porque somos ciegos. No vemos a nuestros enemigos ni conocemos el terreno. Venimos con tantas armas, tantos helicópteros, para que cada día soldados pierdan piernas por simples ramas de bambú en el suelo, por no olvidar como nos guían hacia una emboscada cada dos por tres. Oí que algunos pasan semanas en los árboles. ¡Imagínate esa dedicación! Y luego nos tienes a nosotros, los hijos de América a establecer nuestra ideología a una nación que ni nos importa. Solo queremos ir a casa.

-Ya sabemos que te llamaron a filas y no tuviste los huevos de hacer como Hendrix. Eres un pesado-, dijo en burla el cuarto soldado, Jackson.

-¿Tú sí que eres valiente, no? Vi como mataste a esos granjeros-, respondió Williams con ira en los ojos.

-Iban a delatarnos, es el modus operandi cuando sospechamos.

Jimmy no quería enfrentamientos entre los del mismo bando justo antes de una posible batalla.

-¡Dejen de reñir con los mismos temas de siempre, estamos llegando!

Todos callaron hasta que el helicóptero descendió y los americanos bajaron para ponerse al día. Sorprendidos, les llevaron directamente a integrarse a un pelotón cansado.

-¡Ya podemos salir, vamos!

-Ni preparación ni nada, como casi siempre, ya os lo dije-, le susurró a Jimmy el cabo Williams.

-¡Williams! ¿¡Negligencia o arrogancia!?- espetó Carter. Williams frunció el ceño y le ignoró.

Mientras salían a paso rápido por el portón de madera reventado por explosiones causadas por bazucas, Jimmy empezó a coger náuseas con el olor putrefacto del barro húmedo. Se fijó en que aún había cadáveres pudriéndose entre el sol y la mugre. Esto le impresionó de tal manera que le ardían las entrañas. No era cobardía, era ansiedad causada por la incertidumbre.

-Jimmy, entramos en la boca del lobo-, dijo Jackson con una sonrisa-. Recuerda que hasta las piedras pueden matarte, o lo que hay debajo, ¡jajaja!

¿Cómo se puede disfrutar tanto de la guerra?”, pensó Jimmy.

Marcharon entre los finos árboles durante media hora y Jimmy no podía aguantar más.

-…y va y me dice que somos los repuestos de los cuatro novatos que murieron ayer, como si nos pusiesen en la misma categoría.

-Carter, me siento mal, no puedo más… Tengo que cagar.

-¡Jajaja! ¿Te calaron los nervios? Anda ve y hazlo rápido, si nos desviamos y no has vuelto diré que paren y te esperen, pero en ese caso se reirán de ti y sí que pareceremos novatos.

-Gracias, tío.

Jimmy se alejó unos veinte metros y se puso al asunto. Pasaron unos meros treinta segundos y disparos empezaron a sonar. Jimmy cogió una hoja, se limpió rápidamente y corrió hacía los disparos apuntando su rifle hacia delante. Empezaron a sonar explosiones y gritos.

-¡Maldita sea! ¡Repliéguense! ¡Repliéguense!

Era una emboscada de ocho guerrilleros subidos a árboles. Dejaron minas plantadas por el perímetro y, subidos desde los árboles y con unas granadas, diezmaron al pelotón en cuestión de segundos. Solo quedaban cinco, cubriéndose tras un pequeño dique.

Jimmy corrió y vio a un enemigo en lo alto. Paró, apuntó, disparó. El cuerpo cayó estrepitosamente contra el suelo. Cogió aire y se tiró al dique junto a Jackson.

-¿¡Donde están los demás!?

-Tienes al bueno de Williams a tu lado y al listillo de Carter esparcido por ahí. Pisó una mina.

Jimmy, mientras oía las balas y granadas que caían cerca de su cobijo, giró la cabeza hacia el otro lado y, horrorizado, el tiempo se le paró al ver la inanimada cara de su cabo, con una bala entre ceja y ceja.

-¡A esto nos apuntamos, chaval! ¡Jajaja! Salgamos de aquí antes de que nos cuelen una granada, ¡vamos!

Y Jackson y los demás, entre gritos e injurias, dispararon hacia los árboles casi de forma aleatoria mientras corrían hacía la dirección de la que habían llegado, pero Jimmy no pudo moverse pues sus ojos y su consciente habían quedado en un vórtice de muerte en los ojos de Williams. No lloró, su corazón palpitaba más lento que nunca y no temblaba. Apoyó la espalda y la cabeza en la inclinación mientras miraba la muerte a los ojos.

Pasaron cuarenta segundos más y todos estaban muertos menos el joven soldado. Por fin, no se oía nada más que el viento acariciando las hojas. Jimmy cerró, los ojos y se quedó dormido hasta la noche.

Los cuatro vietnamitas supervivientes bajaron de los árboles, saquearon los cadáveres en busca de cualquier objeto o munición útil, incluyendo el cuerpo dormido de Jimmy al darle por muerto, y se fueron para posicionarse en otro punto y hacer otra emboscada.

Jimmy despertó aturdido, pero consciente de todo lo que había pasado. Se levantó, y empezó a caminar el sendero hacía el campamento. Lo hizo con una mirada fría y unos movimientos carentes de voluntad por sobrevivir. Caminaba a través del limbo titiritando por miedo más que por frío.

Cuando llegó a la base, los oficiales pegaban gritos para saber qué había pasado, pero difícil era escuchar en el limbo. Salir de él sería como revivirlo todo de nuevo, ver los cadáveres, oír las explosiones y los disparos que rozan con tu vida.

Extrajeron a Jimmy a un hospital de campaña y el terror de sus ojos dio la alarma inmediata del médico. Ya había visto esto muchas veces. Le movieron de nuevo pero esta vez a su tierra, California, para ser tratado en un hospital psiquiátrico. Solo habló sobre el asunto una vez estando ingresado por trastorno de estrés postraumático.

 

 

Elvis Stepanenko

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