Carta mojada con agua y lágrimas   

La mayoría de los pasajeros eran personas humildes que emigraban en busca de un futuro mejor que no les brindaba Canarias, abrumadas por las dificultades de una época de miseria y escasez. En total, viajaban 1.236 personas, entre pasaje y tripulación”

Querida abuelita, te echo mucho de menos, y al abuelito también, pero mamá dice que dentro  de poco vendrás a visitarnos y, tal vez, les guste tanto nuestro nuevo hogar que no querrán  marcharse; eso me haría tan feliz. Estaríamos todos juntos de nuevo, bueno menos papá. A él también le echo mucho de menos.  

 Mamá dice que papá está en el cielo y que desde allí vela por nosotras, y que algún día,  cuando sea viejita, yo también iré y podré volver a verle. 

Mamá ha ido a hablar con el capitán y me ha prohibido salir del camarote. El capitán es un  señor muy simpático, se parece un poco a papá pero sin bigote. A veces me da gofio con miel;  mamá hace como que no mira.  

Anoche la oí hablar con un oficial, ella quería saber por qué el barco estaba dando la vuelta  pero ese hombre le decía que todo estaba bien, que no había de qué preocuparse. Cuando  entró en el camarote, me dio un beso en la frente y se quedó mucho tiempo sentada a mi lado  sin hacer nada, a veces lloraba, yo me hice la dormida pero no se lo digas ¿vale?  

Desde anoche no nos dejan salir a cubierta porque el mar está enfadado pero nosotros no le  hemos hecho nada, así que no lo entiendo. Quizás si le cantáramos una nana o le contáramos  un cuento se dormiría, tal vez solo tenga miedo como yo; aunque mamá dice que no tenemos que asustarnos, que pronto llegaremos a puerto y podremos comenzar una nueva vida. 

Prepárate porque cuando el abuelo y tú vengan a vernos te contaré tantas cosas que apenas  tendremos tiempo para comer o para dormir, he hecho muchos amigos en el barco. Como  Fernando, el es de La Matanza, como tú, abuelita, dice que cuando seamos mayores se  casará conmigo, está loco o Miguel, él viaja con sus padres y sus dos hermanos pequeños, dice que es de El Paso, del último sitio donde paramos a cargar gente, siempre está contento y se porta muy bien conmigo, dice que es de un sitio donde hay una  playa siempre con arena y siempre hace sol, yo no sé si creerlo  porque en Ravelo casi siempre hace frío y llueve.

Laura viaja sola pero sus padres la  estarán esperando en tierra, es muy gracioso como habla, es de Teror me ha dicho que así se  llama su pueblo, y cuando el barco se detenga en el puerto de Cuba, que es donde vamos, sus  padres agitarán un pañuelo rojo para que ella pueda verlos, se abrazaran y no se volverán a  separar jamás. Te voy a contar un secreto abuelita, creo que le gusta Fernando, a veces se  enfada conmigo si él me habla más que a ella o si me mira más que a ella. Yo le digo que a  mí Fernando no me gusta, entonces ella sonríe y me abraza. Abuelita ¿hago mal en  mentirle? Es que no quiero que deje de ser mi amiga.  

Mamá no ha regresado aún, y el agua golpea cada vez con más fuerza la pequeña ventanita  de mi camarote, el maestro Don Fermín decía que el mar era azul y brillante, pues no lo es,  es como una espuma de bañarse. Tengo miedo de que se rompa, si se rompe ¿cómo se lo voy a  explicar a mamá o al capitán?, y ¿si creen que la he roto yo?  Llevamos tanto tiempo parados, el barco no se mueve, por lo menos, desde anoche. Miguel y  yo estábamos jugando en el pasillo cuando oímos un enorme trueno que hizo que el barco se  tambaleara, los flotadores naranjas cayeron al suelo y algunas de las luces se apagaron; la  gente salió de sus camarotes más blancos por el susto que por los mareos. Yo me caí de  rodillas y me raspé un poco las manos con la alfombra azul, Miguel se golpeó la cabeza con la barandilla blanca que está pegada a las paredes. Mamá nos cogió a los dos y nos metió  en la habitación hasta que todo se calmase, pero la verdad es que todo sigue igual abuelita,  es como la historia del Arca de Noé, pero aquí el agua no nos golpea solo desde el cielo. 

Temo que el barco se rompa si el mar no se duerme. ¿Podrías cantarle tú una nana, un  arroró, como el que le cantabas a mi primito Ayose? Canta lo más alto y fuerte que puedas  para que te oiga, seguro que así también yo te oiré y dejaré de tener miedo.  Mamá dice que el barco es fuerte,  que estamos seguros pero el mar quiere entrar y  comernos abuelita. Cada vez que las olas chocan contra el barco es como si quisiera  empujarnos lejos. El mar no nos quiere aquí.  

Te echo tanto de menos que rezo porque llegue el día en que nos volvamos a ver. Contaremos  historias y comeremos leche de las cabras de abuelo, de la chaneja, que era mi favorita  porque cuidaba mucho a su bayfito magallón, con gofio, plátano y miel. Te diré un secreto es  mi comida favorita, la comida aquí es mala puagg, yo me la como solo para que mamá no se  preocupe más, porque estoy muy delgada, el médico del barco le dijo a mamá que […] Te daré  un beso y un abrazo tan grande que no querrás volver a separarte de mí.  Creo que mamá ya viene la oigo hablar con alguien, su voz parece triste. Le daré un fuerte  abrazo de tu parte, y de la del abuelo, seguro que así se pondrá contenta.  Por favor abuelita no te olvides de mí, de nosotras.                                                                                                                                        

Te quiere mucho tu nieta                                                                                                        

9 de septiembre de 1919                                                             

 En algún lugar cerca de La Habana pero lejos de ti 

Aquel martes 9 de septiembre de comienzos de siglo, la vida de cientos de canarios  se vio truncada por la desgracia. Todo comenzó un mes antes. El día 17 arribó a Gran Canaria. Embarcaron 251 pasajeros -otras fuentes cifran que fueron 259-. Al menos diez procedían de Las Palmas de Gran Canaria; 28 de Telde; 13 de Santa Brígida; 23 de la Vega de San Mateo; 18 de Arucas; 27 de Teror; 12 de Valsequillo; ocho de Valleseco y tres de Tejeda.

El 18 de agosto otros 212 nuevos pasajeros subieron a bordo en Santa Cruz de Tenerife. En aguas de la bahía tinerfeña también reposto carbón, agua y víveres frescos. Su llegada a la isla fue anunciada a bombo y platillo.

Antes de cruzar el Atlántico, el día 21 del mismo mes, 106 emigrantes más se  unieron al pasaje en Santa Cruz de La Palma. Este sería el último puerto de escala del crucero en Canarias, y cuentan las crónicas que al girar la cadena del ancla en  el puerto palmero, la perdió. Una señal considerada de mal agüero por los marineros de la época.

La mayoría de los pasajeros eran personas humildes que emigraban en busca de un futuro mejor que no les brindaba Canarias, abrumadas por las dificultades de una época de miseria y escasez. En total, viajaban 1.236 personas, entre pasaje y tripulación.

Tras atracar primero en San Juan de Puerto Rico, el barco se dirigió a Santiago de Cuba, donde recalaría el 5 de septiembre. Allí se quedaron en tierra 742 afortunados. Las 488 personas restantes que sí embarcaron rumbo al puerto de La Habana jamás volverían a tierra. El 9 de septiembre, el capitán del Valbanera solicitaba la entrada a La Habana, pero la respuesta que recibió fue que estaba  cerrado por un ciclón.

Tras maniobrar, el buque embarrancó en las arenas movedizas de la costa cubana, en una zona muy próxima a Florida. Zozobró y se escoró sobre el costado de estribor y fue cubierto por las olas embravecidas. El hundimiento fue cuestión de minutos.

En los años 60, un buzo americano, especialista en rescatar objetos de los pecios, encontró en su segunda inmersión un portillo medio abierto. Entró en un camarote y vio flotando el cadáver de un niño con algo de ropa.

En medio del silencio del océano, hundidos en arenas movedizas atestadas de tiburones y barracudas, descansan eternamente cientos de canarios desde hace  casi un siglo sin un monumento ni efeméride oficial en el Archipiélago que honre su memoria.

Carlos Javier Carreño Cabrera




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