El Error del Inventor

-Padre, he encontrado más plumas.

-Gracias, Ícaro. Pronto podremos escapar de este condenado laberinto. Mala suerte la nuestra toparnos con alguien como Minos. Todo esto es culpa mía- dijo el anciano Dédalo mientras echaba cera a las alas metódicamente.

Dédalo había acostumbrado a murmurar a diario su historia al mismo tiempo fabricaba su escapatoria. Mientras, Ícaro se dedicaba a buscar plumas, normalmente de las arpías que sobrevolaban el Laberinto de Creta, lugar del que salir era imposible a no ser que se tuviesen alas.

Mientras Ícaro buscaba plumas, su padre revivía en su cabeza constantemente el cómo había llegado a caer en tal desgracia.

-Si no hubiese matado a Talos, no tendría que haberme exiliado-, murmuraba Dédalo-. Atenea me dio la sabiduría en la invención, pero no en el juicio. Los dioses no solo me atormentaron con la envidia de que mi sobrino superase con creces a mi propia descendencia…, qué talento tenía aquel muchacho. Ahora tendría un gran heredero de mi obra… Pensar que Minos nos recibió con una sonrisa de puñales. “Trabaja y hazme feliz y así tú también lo serás”, decía el tirano. Y todo fue bien hasta que el arrogante rey tuvo que enfurecer a Poseidón. ¿A quién se le ocurre quedarse con el sacrificio de un dios? Encima, tuve que caer en todo el enredo…

-¡Padre, más plumas!

-Shh, no grites-, dijo en un murmullo alto, mirando con ojos desorbitados a Ícaro, pero su expresión facial cambió inmediatamente a la mirada meditabunda que mantuvo durante su trabajo-. Gracias, hijo. Ve y encuéntrame unas cuantas más, queda poco.

-De acuerdo-, e Ícaro siguió su búsqueda.

-… Poseidón condena a Pasifae a enamorarse del gran toro blanco que Minos no quiso sacrificar… si un dios te da algo, haz lo que se te dice… o cogerá a tu mujer, hija del mismísimo sol, y te humillará. “Trabaja, Dédalo, trabaja”, me decía Minos. Si su esposa me manda una tarea, yo la hago. Si es un toro de madera para que pueda consumar su amor y su desdicha, allá ella y la voluntad de Poseidón. Y lo peor fue cuando engendró al minotauro, que nos tiene despierto todos los días. Menos mal que este laberinto es tan grande… bueno, no… esta vez mi genialidad ha sobrevolado mi confianza en el rey. “Construye un laberinto para la criatura”, dice el rey. El inventor lo hace. “Nadie puede saber cómo salir, y tu ayudaste a mi reina a consumar con aquella bestia. ¡Tú y tu hijo quedaréis encerrado en él!” grita el rey… ¡Por Zeus!, cualquiera pensaría que podría escapar con facilidad esta invención mía, pero el rey quería una obra hecha para que nadie pudiese librarse, ni siquiera los sacrificios recién llegados para la criatura. Pobres atenienses. Cómo mantiene la cabeza fría el que reclama y exige que sean sacrificados siete hijos y siete hijas de Atenas…

En ese momento calló pues escuchó pasos aletargados combinados con una respiración grave y profunda en la pared contigua. Asterión paseaba los pasillos incansablemente buscando la salida que jamás encontraría, aunque la tortura duraría poco para el minotauro en cuanto apareciese Teseo con su espada y su ovillo.

Cuando los pasos cesaron, Dédalo siguió murmurando.

-… cuando salgamos de aquí buscaremos un nuevo hogar, y lo encontraremos fácilmente. Empezaremos de nuevo, sin rey o envidia. Espero que Talos me perdone desde el inframundo…, nunca debió de ser él…, volaremos y seremos libres como los pájaros. Solo hay que tener cuidado y volar en la altura justa.

Ícaro volvió a su padre con un manojo de plumas. Esta vez fue despacio pues también oía al minotauro acecharles.

Al acabar las alas y ponérselas, Dédalo advirtió a su hijo.

-Ícaro, cuando te alces, recuerda, no vueles demasiado cerca de sol pues se derretirá la cera y se desmontarán las alas. Tampoco vueles cerca mar ya que se te mojarán las alas y pesarán demasiado como para volar. ¿Has entendido?

                -Claro, padre-, dijo Ícaro despreocupado.

Comenzaron a aletear y se elevaron. Podían ver el majestuoso laberinto que podía confundirse con un palacio y miraron desde arriba y superioridad al minotauro que seguía vagando los pasillos.

Se dirigieron al norte y sobrevolaron varias islas del Egeo. La escena era siempre hermosa y la emoción de la libertad les hacía sonreír a ambos, padre e hijo.

Dédalo iba delante y dirigía la empresa girando la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que su hijo le seguía, pero se descuidó con la confianza y la belleza del Egeo.

Tras días volando, Ícaro se aburría y quería ver más del mundo. Pensó que si se elevaba lo suficiente llegaría a ver el fin del mundo sin elevarse demasiado, pero poco a poco se acercó demasiado al sol, y mientras se mantenía decepcionado con nunca llegar a ver el borde de la tierra, la cera se derritió.

                Ícaro comenzó a caer gritando e intentando aletear al ver lo rápido que caía hacia un mar que esperaba a tragárselo. Dédalo escuchó los gritos y dio la vuelta horrorizado frente la escena, pues sabía que no podía hacer nada.

                Ícaro cayó al agua.

                -¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Padr…! ¡Ayud…!-, fueron los últimos gritos de Ícaro.

                -¡Poseidón, ya me has castigado antes! ¡Devuélveme a mi hijo!

Solo se podía oír el oleaje del mar y un aleteo irregular del dolido Dédalo.

-Talos me habría escuchado…

El anciano, entre lágrimas y los tormentos de haber perdido a los que podría haber llamado hijos, encontró una isla cercana en la que podía descansar y recobrar fuerzas, pero finalmente resolvió quedarse ahí hasta el fin de sus días y decidió llamarla Icaria en honor a la insensatez del hijo del gran inventor.

 
 
 

Elvis Stepanenko

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