Fortalecer lo conquistado

En cualquier disciplina deportiva, detrás de una gran afición y de un magnifico equipo está la labor de una directiva ejemplar: coherente y sabedora de los medios que necesita para reunir los mejores deportistas de élite. Entienden que para mantener un nivel competitivo alto, tiene entre sus prioridades la preocupación de cuidar a su cantera desde edad temprana, supervisados por un colectivo de buenos técnicos. Que si alguien se lesiona, pueda ser asistido inmediatamente en los mejores hospitales y ser sustituido por otro compañero con las mismas garantías. Que si alguno cumple una sanción federativa injusta, pueda ser defendido por los mejores abogados; poder modernizar instalaciones, bibliotecas, salas audiovisuales y otros equipamientos, donde se pueda estudiar y analizar las características individuales y colectivas de sus componentes, así como las del equipo contrario.

Con este “breve” preámbulo he intentado hacer visible cómo circunstancias ajenas a la ideología política, ha impedido que la defensa de nuestros derechos territoriales y sociales, en la década de los años setenta, no enraizara gradualmente en la mayoría de la población canaria, nacida después de los años ochenta. Más allá de que Winston Churchill nos pusiera en guardia al referirse a que “los adversarios políticos los tenemos enfrente y los enemigos están sentados a nuestro lado”; y que, Mahatma Gandhi sugiriera que “en las colonias no procede participar en las elecciones”, me parece más oportuno que nos deberíamos centrar en la desconexión habida entre las organizaciones y sus militantes; más que, reflexionar sobre otros desencuentros. 

Nadie imaginaba en aquel entonces, que a fecha de hoy, hubiese tanto pasotismo, inmovilismo y despolitización para no hacer causa común con un modelo social igualitario y libertario; o, que en pleno siglo XXI, miles de jóvenes se desentenderían de un proyecto ilusionante que reivindica para Canarias poder diversificar nuestra economía con una meta clara: conseguir pleno empleo y salarios dignos como cualquier país del mundo anglosajón; potenciando industrias, no desmantelándolas.

Jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni con posibilidades de buscarse un futuro en otras latitudes; o trabajadores con salarios precarios, serían teóricamente el caldo de cultivo perfecto para que todos juntos tomásemos las riendas de nuestro destino con mayor entusiasmo. Pero no. A pesar de estar viviéndose los peores momentos de paro y pobreza, enmascarado en cursos de formación y en bolsas de alimentos; aún más deplorables que en los últimos años de la dictadura franquista, donde era bien visible un movimiento anticolonialista; somos testigos de que el espíritu contestatario e identitario de los estudiantes y de la ciudadanía en general, se ha ido diluyendo mansamente por otros derroteros; ensimismados cada vez más en un mundo “virtual” y “globalizado”, para alegría de los totalitarismos, las multinacionales y los lobbies financieros.

Probablemente, culpa de esta situación la seguimos generando nosotros mismos al tener hoy una actitud menos combativa: creernos que al caciquismo se le puede derrotar enarbolando banderas cada cierto aniversario; o, manifestándonos in extremis cuando el cabreo ha llegado a un límite insoportable; lanzándonos a las “barricadas de cartón piedra” sin haber superado el factor psicológico de nuestra gente y las repercusiones del “Síndrome de Estocolmo”; creernos que el colonialismo se iba a quedar con los brazos cruzados, porque el Derecho Internacional legitime nuestras reivindicaciones; o, porque éstas se puedan negociar cómodamente en algún despacho de la ONU. Poco menos que dando a entender que las movilizaciones están fuera de lugar y que la descolonización e independencia nos va a salir gratis sin el concurso mayoritario de la población. Prueba de que a día de hoy, todavía, no hay ningún atisbo en que las organizaciones estén estructuradas en los barrios de las Islas, ni en ningún sitio.

Considerando que son cientos de miles de ciudadanos/as que están todavía a años luz de nuestros ideales y pensamientos anticolonialistas; y que, en ninguna parte ha sido fácil reconducir de la noche a la mañana un movimiento libertario sin disciplina revolucionaria; y encima, a rebufo de un adoctrinamiento españolista en colegios e institutos; donde anulan la autoestima de sus alumnos; y progresivamente al Pueblo canario. Aun así, no es momento para converger en opciones recurrentes como el “cierre simbólico” de los Centros escolares durante un periodo de tiempo; que evite o limite el riesgo de contagio a todo el alumnado. No anticipemos acontecimientos. Son los propios educadores, “víctimas agradecidas” de un sistema caciquil, que paga estupendamente, quienes tendrían que valorar si se debe aportar cuáles serían esas medidas de corrección. Pero visto lo visto, “quieren pero no pueden”. Otra prueba tangible de que cuando se llega a las instituciones nadie se atreve a morder la mano de quien les da de comer. Les entra la risa. Se especializan en saber nadar y cuidar la ropa. Prefieren asumir la obediencia debida a un sistema educativo obsoleto, distorsionando nuestra realidad social y económica, antes que plantar cara al colonialismo; de la que no es ajena las APAS: saben por qué sus hijos, como así detalla el “Informe Pisa”, están a la cola de rendimiento escolar de toda la Unión Europea.

Todo para el Pueblo pero sin el Pueblo” resume de alguna manera la conducta de aquellas organizaciones “nuestras”, que lideradas intelectualmente por una o dos personas, han decidido afrontar ellos solos todo el peso de las mismas, gracias al sostén de las redes sociales, y a la gran capacidad de trabajo que les caracterizan. Calculan que, llegadas las elecciones, cubriendo a duras penas las listas para los Ayuntamientos, Cabildo y Parlamento, recurriendo a los amigos y conocidos, pueden ser garantes y artífices del cambio social que propugnan. Grave error. No basta con intelectualizar nuestra realidad de manera razonada y revolucionaria, si al mismo tiempo no se facilita que la militancia se implique de una vez como correa de transmisión entre los dirigentes de cada partido y la ciudadanía de a pie. Nada resulta más fácil para no asumir responsabilidades, que seguir “colaborando” detrás de un ordenador, con una escueta opinión de otra opinión, con un simple “me gusta”, o un “pulgar” en señal de conformidad; antes que preguntarse qué tarea puedo hacer en mi propio entorno, o allá donde haga falta; más preocupados en que vayamos todos a votar, a ver si surge algún milagro, que en concienciar y organizarnos debidamente.

 

Juan Edilberto Rodríguez Morales




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