La “Abuela” siempre sonríe

Tomasa es una de esas abuelas todoterreno que igual te la puedes encontrar entre los cacharros de la cocina haciendo comida para toda la familia como en el parque jugando con su nieto a la pelota

Sopla una ligera brisa, el verano finalizó hace ya varias semanas y el otoño comienza tímidamente a dejarse notar con sus noches cada vez más largas y sus mañanas cada vez más frías.  Tomasa acude a la cafetería de un conocido centro comercial de la isla de Tenerife, su nieto Pedrito da vueltas a su alrededor, con un avión de juguete y ríe con una libertad que vamos perdiendo con el paso de los años.

Percibo que Tomasa está un poco nerviosa por lo que me quiere contar y por la reacción que pueda tener su hija y su yerno, si se enteran de que ella es la protagonista de esta historia.

Se pide un café expreso con sacarina y para Pedrito un jugo de melocotón que —como él mismo dice—es su favorito del mundo mundial.

Comenzamos a hablar de cosas insustanciales, poco a poco se tranquiliza. Nos levantamos de la terraza y vamos a la zona de juego infantil, Pedrito entra raudo y veloz. Tomasa suspira y comienza con su relato.

Yo enviudé muy joven, tenía 22 años y mi niña tenía menos de tres meses de nacida. Mi Juan siempre fue un hombre al que le gustaba ir de parranda con sus amigos de toda la vida, cuando salía del trabajo pasaba por la cantina se tomaba varias cuartas de vino y a continuación bajaba para casa, una de esas tardes al poco de nacer nuestra hija se reunió con todos para celebrar su nacimiento. Pasaban las horas y yo me ponía cada vez más nerviosa, dejé a la niña con mi suegra, avisé a mi hermana y nos dirigimos hacia el bar. Antes de llegar lo vimos, lo habían atropellado y lo dejaron tirado como si fuera un animal. Llore y grite como nunca en mi vida, caí en una fuerte depresión me quería morir un día miré a mi niña, ella agarró con su manita un dedo, cerré los ojos y decidí luchar por ella y por mí.

A la mañana siguiente me levanté antes que el gallo, mira tú que si era temprano que lo desperté yo a él (ríe mientras lo recuerda), limpie la casa, fui a casa de mi madre le deje a la niña y me encamine a las casas de los ricos del pueblo a pedir trabajo. Todos sabían lo que me había pasado y en la primera puerta que toque me ofrecieron faena. Trabajé para ellos como una esclava, seis días a la semana, desde el alba hasta el atardecer. Un día el dueño de la casa, metió la mano debajo de mi falda, pegué un grito y no volví jamás.

En la segunda casa tuve mejor suerte, tanta que inclusive me dejaban las sobras de la cena para almorzar y de vez en cuando me dejaban librar algún sábado, sin quitarme parte del sueldo.

Así he pasado mi vida, limpiando casas ajenas y cuidando niños que me llegaban a querer más que a sus madres. A mi niña jamás le faltó ropa limpia, comida o un juguete por navidades. Jamás estuve con otro hombre y mira que no me faltaba pretendientes, pero qué quieres que te diga, mi niño si no tenía ni casi tiempo para mi niña mucho menos para los demás y aún menos para enredarme en una relación con nadie.

A veces lloraba bajito, muy bajito para que ella no me escuchara porque tenía una presión en el pecho que solo se me aliviaba así. Lloraba sobre todo en las noches de Navidad, en el cumpleaños de mi Juan y cuando mi hija me pedía que le hablara de su padre antes de dormirse.

Pasaban los años, conseguí otros trabajos todos para cuidar y limpiar casas, mi niña crecía se hacía toda una mujer y acabó ocurriendo lo que casi toda madre teme y desea a la vez, se enamoró y se fue a vivir con el que hoy es su marido y padre de su hijo.

Que sola me sentí la primera noche, cerré la puerta de casa e inclusive la de mi habitación, cosa que jamás había hecho, pero sólo así me sentía segura.

Al cabo de varios años me jubile, si te soy sincera, pensaba que me iba a aburrir como una ostra y que me moriría dentro de mi casa como una urraca solitaria. Pero no fue así, mi vecina Encarna vino al par de días con un pintalabios rojo y un vestido, me lo puse y casi arrastra me llevó al hogar del jubilado, mi cara era todo un poema, que hago yo en este sitio lleno de momias, quería poner una disculpa para salir de allí. Pero Guillermo se me atravesó por medio, me pidió bailar quería decirle que no pero antes de darme cuenta estábamos bailando y cuando me quise dar cuenta ya había anochecido.

Llegué a casa y allí estaba mi hija, me miró y me vio con los labios pintados, me pidió que me lo quitara, que estaba ridícula y que ya no tenía edad para eso y así lo hice. A continuación, soltó su bomba, sería abuela, la abracé y lloramos juntas de felicidad.

Pasaban los meses, yo seguía saliendo al hogar del jubilado, mi relación con Guillermo estaba cada vez más consolidada y me atreví a llevarlo a casa.

Se lo presenté a mi hija y está con una gran frialdad se fue de casa, me llamó al cabo de una hora, me dio a elegir entre Guillermo o ella y mi nieto. Los elegí a ellos y me volví a encerrar en casa.

Nació Pedrito y llegó el momento para que ella se incorporará al trabajo, me pidió que le cuidara al niño por lo menos hasta que encontrara una guardería decente y obviamente le dije que sí. Los días dieron pasos a los meses y los meses a los años quedando yo como una niñera a tiempo completo.

Yo amo a mi nieto como si fuera mi propio hijo, he podido disfrutar de su infancia como jamás pude hacerlo con mi propia hija, pero cada vez me duelen más los huesos y la energía se me va escapando a puñados casi no puedo seguirle el ritmo.

A veces me pregunto si seré egoísta, una mala madre y una abuela horrenda. Pero quiero vivir de una vez mi propia vida, quiero tener libertad para ver a Guillermo cada día y no tener que hacerlo a escondida, quiero viajar, aunque sea a otras islas y bailar hasta el amanecer.

Soy mayor, una anciana o una vieja según quieras verlo, pero ahora es mi momento. Tengo miedo de que si le pido a mi hija más libertad me quite de su vida y de la vida de mi pequeño campeón.

Los abuelos amamos a nuestros nietos, pero nuestros hijos deben entender que no tenemos la misma energía que en otras etapas de nuestras vidas y que en ocasiones deseamos vivir cosas que por circunstancias de la vida nunca hemos llegado a vivir.

No nos pongan cadenas, impulsen nuestro vuelo y no sé olviden que nosotros ya estamos en la última etapa de nuestras vidas, disfruten de nosotros, pero dejarnos disfrutar también.

Jesús Cristóbal Socas Trujillo




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