Memorias de África o la necesaria deconstrucción de la modernidad

La llegada de pateras a Europa y a Canarias no debemos tratarlo como un hecho aislado, sino parte de un proceso histórico, social, económico, tecnológico y filosófico que hace falta desentrañar y analizar. Si lo observamos como un acontecimiento desligado de sus orígenes, contribuimos a reforzar el mensaje xenófobo, excluyente y deshumanizador de la extrema derecha y de la derecha, que pretenden evadir las responsabilidades de quienes lo han causado, compartimentando la historia como si nada tuviera que ver con sus prácticas en otras latitudes.

Hace poco, durante el confinamiento, buceando entre vestigios de otro tiempo, encontré las notas que tomé en el seminario sobre el tercer mundo, titulado “Cultura y Solidaridad”, que el eminente filósofo Enrique Dussel impartió en Las Palmas de Gran Canaria en 1996, organizado por el “Aula Manuel Alemán”, enclave fundamental de la reflexión filosófica en las Islas.

Enrique Dussel es un brillante crítico de la Modernidad y de la Historia Oficial a la que tacha de eurocéntrica ya que el centro de preminencia de ese relato que se quiere universal lo detenta Europa. Dussel trata de deconstruir esa historia desde los márgenes, desde las periferias a las que siempre se les ha negado formar parte del núcleo de ese gran relato dominante: América Latina, Asia y África. En realidad, dice Dussel, Europa fue un continente secundario y periférico hasta la Modernidad. El mundo árabe, que ocupó buena parte de Europa durante siglos, tenía una cultura más avanzada que la europea, lo mismo que las grandes civilizaciones asiáticas (China, India, Japón). En 1492 comienza la llamada Modernidad porque Europa sale de sus fronteras y se expande con la conquista de América. Es España quien comienza la Modernidad, con un modelo que él denomina imperio-mundo, es decir, un centro y unas colonias de ultramar a las que se somete mediante ocupación y a las que se les impone la lengua, la religión, la estructura social y militar y los valores culturales. Este es el modelo que se estableció en América.

Alrededor de 1630, con el declive del imperio español y el auge de la burguesía comercial del norte de Europa, el centro se desplaza a Ámsterdam, pero por sus reducidas dimensiones, los Países Bajos no pueden ocupar militarmente otros territorios e imponen un colonialismo comercial, más a la manera fenicia que romana, que Dussel denomina sistema-mundo. Un modelo basado en el intercambio de mercancías, un modelo en el que el mundo es visto como un gran bazar.

En la tercera fase de la Modernidad, Inglaterra toma el relevo de Holanda y comienza su hegemonía entre 1688 y 1945. El imperio inglés ejerce la ocupación del territorio como antes España, pero, a diferencia de ésta, no está interesado en imponer sus principios culturales o religiosos sino más bien en obtener las materias primas que contienen esos territorios para su incipiente revolución industrial que brotará imparable en el siglo XIX, el siglo inglés.

Después de la II Guerra Mundial, el poderío norteamericano y su dominio mundial mediante las empresas transnacionales, las alianzas militares (OTAN) y las entidades financieras como el FMI, el Banco Mundial o la OMC hacen que la ocupación de territorios sea algo excepcional puesto que ya no hace falta para detentar el poder en el mundo globalizado. Aun así, la invasión de países díscolos es un recurso recurrente.

Esta es la historia moderna a grandes rasgos, pero la Modernidad es también un modelo de ser humano forjado en Europa pero que se pretende universal, debido precisamente al eurocentrismo, sin embargo, es un ser humano diferente a los que habitaban en los territorios que conquistó. Desde Descartes, el primer filósofo moderno, el ser humano es entendido como sujeto pensante dotado de alma mientras todo a su alrededor es objeto medible y cuantificable, en palabras de Descartes, res extensa. Así, creyéndose superior y diferente, también cree erróneamente que todo lo que contempla a su alrededor está a su servicio, que nada lo ata a la Naturaleza y, en última instancia, que no forma parte de ella. Su mirada cosifica el entorno y es absolutamente opuesta a la mirada de los pueblos originarios de otras latitudes, donde el sujeto no se concibe individualmente sino dentro de su comunidad y ésta, a su vez, como formando parte de la vida, de la Naturaleza, bien a la manera animista de los pueblos subsaharianos o a la manera de una madre con sus hijos como las naciones indias con la Pachamama.

Ese sujeto moderno que se cree único y diferente, es también un sujeto depredador por esas mismas características, a las que añadió el racismo durante el proceso de conquistas de los últimos cinco siglos. África, cuyos hijos llaman hoy a las puertas de esta desorientada Europa, fue la última gran colonización ocupacional europea y la última gran descolonización territorial, ya que, económicamente, sigue sin lograr la soberanía. Ahora llega débilmente parte la factura a quienes causaron su ruina y la destrucción de sus comunidades.

Los europeos se habían ocupada de África durante siglos con el único propósito de traficar con esclavos, convertidos en la mercancía que transportaban para sus colonias americanas, una vez diezmada la población nativa por las enfermedades, los trabajos penosos, el alcohol, el hambre…África, hasta el siglo XIX, era en realidad una gran desconocida, mientras que América, de la que nos separa un océano inmenso, se había colonizado 4 siglos antes, algo a todas luces ilógico en lo que jugaron un papel crucial los medios de transporte de la época, el caballo se adaptó muy bien a las tierras americanas pero no a las africanas, no a sus selvas y desiertos donde las enfermedades tropicales y los insectos los debilitaban y morían. Los avances en el campo de las comunicaciones, unido a la necesidad de materias primas para la Revolución Industrial que comenzaba en Europa, proporcionaron la oportunidad de ocuparse de África, para desgracia de los africanos.

Primero llegaron los exploradores, oficialmente guiados por motivos científicos, como realizar estudios de botánica, de zoología, de geología o para descubrir las míticas fuentes del Nilo, perdidas en las brumas de la leyenda desde la Antigüedad. Financiados por la Royal Geographical Society, creada en 1830, arribaron a África David Livingston, Stanley, Samuel Baker, John Hanning Speke, Richard Burton… A pesar del romanticismo con que Europa revistió la figura del explorador, lo cierto es que de altruismo no tenía nada, más bien fue el inicio de un proceso del que recogemos sus frutos en la actualidad, en el muelle de Arguineguín sin ir más lejos.

Muchos de esos exploradores eran supremacistas blancos que despreciaban a las culturas y los pueblos africanos y se complacían en aterrorizar a los nativos. Un ejemplo paradigmático de ello es el de Henry Morton Stanley, tal vez el más audaz e intrépido explorador. En su segundo viaje a África, después del famoso en que encontró al doctor Livingston, partió de Zanzibar hasta llegar a los grandes lagos del interior de África y continuó su expedición hasta alcanzar la cuenca del río Congo y navegarlo hasta el Atlántico cruzando África de oeste a este, en una epopeya sin precedentes llena de vicisitudes y momentos extraordinarios como descubrir que las fuentes del Nilo manaban del lago Victoria y , por tanto, certificando así que Speke tenía razón en su disputa con Burton. Pero Stanley era cruel, racista, brutal e implacable y a los nativos las fuentes del Nilo les importaban bien poco porque ellos ya las habían descubierto mucho antes. Otra seña de identidad europea, pretender que solo cuando Europa descubre algo es cuando lo descubre la humanidad, identificada por tanto con Europa, como es natural.

Después de obtenida la información de lo que atesoraba el continente por parte de los exploradores, llegó el momento de la colonización, pero para no entrar en conflictos entre las potencias, se celebró la Conferencia de Berlín (1884/85), donde se la repartieron como una tarta, así tal cual suena, sin pedir la opinión de ningún africano puesto que ninguno estuvo invitado al festín. Así, salvo Etiopía y Liberia, todas las naciones africanas fueron a parar a una potencia colonizadora europea, como si de una piñata se tratara. El sumun de la barbarie lo representa la hoy República Democrática del Congo, un territorio de cerca de dos millones y medio de km cuadrados que no fue considerada colonia belga, sino propiedad privada del rey de los belgas Leopoldo II, que como tal la trató: saqueó, robó, torturó y asesinó a 10 millones de personas. Parece ser que hay gente, aunque se pregunta si hay que bajarlo de las estatuas.

Solo algunos colonos, muy pocos, demostraron su aprecio auténtico por África y sus pueblos. Fue el caso de Karem Blixen, baronesa danesa y extraordinaria escritora bajo el pseudónimo de Isak Denisen, que nos legó esa joya de la literatura que es “Memorias de África” llena de amor, curiosidad y admiración por los africanos. Se popularizó con la adaptación al cine de Sidney Pollack con Robert Redford y Meryl Streep pero, siendo una buena película, está muy lejos del original de Blixen.

La mayoría de los colonos explotaban sin miramientos a los africanos tratándolos en el mejor de los casos con paternalismo y en el peor como esclavos. Junto a ellos llegaron aventureros, predicadores, curas, estafadores y un nuevo perfil nunca visto en suelo africano pero que ya había hecho su aparición en las grandes praderas norteamericanas, el gran cazador blanco. Ese depredador implacable ya había eliminado buena parte de las manadas de bisontes de las que vivía el indio, pero en África se consolidaron como género, incluso literario al estilo Hemingway, gracias al sacrificio compulsivo de millones de animales salvajes hasta llevarlos casi a la extinción. Las atrocidades contra otras especies no tienen límites, su práctica a veces ni siquiera tiene un sustrato de valentía y amor propio. Cuenta el recientemente fallecido Javier Reverte, en su libro “El sueño de África”, que dos americanos mataron en una semana de 1920, nada menos que 323 leones en el Serenguetti sin bajarse del coche, ¡¡menuda azaña !!.  Recuerda a aquel episodio de “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, donde se evocaban los tiempos de las matanzas de manatíes desde los barcos que navegaban el río Magdalena. Hoy seguimos con estas prácticas criminales, en Alaska se realizan cacerías de osos o lobos desde avionetas y helicópteros o a reyes insulsos, grises empresarios o fantoches de las finanzas, les ponen un elefante delante para que les peguen un tiro. A este nivel de salvajismo hemos llegado en el siglo XXI, como decía Groucho Marx “Partiendo de la nada hemos llegado a las más altas cimas de la miseria”.  El hombre blanco occidental moderno, tal y como diagnosticaron desde la Escuela de Franckfurt, vive preso de la razón instrumental que cosifica la naturaleza y las relaciones interpersonales y las devalúa a nivel de medios para lograr fines más lucrativos.

Sin embargo, la vida es como el río de Heráclito siempre en perpetuo devenir, ya en los años 50 del siglo pasado comienzan las luchas por la independencia de África y en los 60 esas independencias se consiguen formalmente en un buen número de países africanos. En esa época un periodista escribe: “Recorre las calles un Ford rojo con un altavoz en el techo. Una voz ronca y firme exhorta a la gente a que acuda al mitin. El punto fuerte será la presencia de Kwame Nkrumah, el primer ministro, el líder de Ghana, el líder de África, de todos los pueblos oprimidos”. Ese periodista era el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinsky que narra el mitin de Hkrumah en Accra en 1958, al que asistió y que reflejó después en ese imprescindible libro del mejor reportaje que es “Ébano”. En realidad, se trata del alba de los pueblos africanos después de siglos de esclavitud, colonialismo y saqueo de sus riquezas naturales. En 15 años, de 1960 a 1975, se independizan todos los países africanos salvo Namibia, ocupada por la Sudáfrica del apartheid, que obtuvo su independencia en 1990 con la inestimable ayuda de Cuba. A día de hoy solo queda una colonia pura, el “Sahara Occidental” sigue bajo el poder represor de Marruecos, con la inestimable ayuda de España, Francia y Estados Unidos.

Un puñado de grandes estadistas quedará para siempre en el imaginario colectivo africano como los rostros de su mejor momento, el momento en que África se puso en pie:  Nkrumah en Ghana, Patricio Lumumba en Congo, Amilcal Cabral en Guinea Bissau y Cabo Verde, Ben Bella en Argelia, Agostinho Neto en Angola, Samora Machel en Mozambique, Mandela en Sudráfrica, Sengor en Senegal, Julius Nyerere en Tanzania y otros menos conocidos pero no menos importantes, aunque los actores centrales fueron los pueblos de África y sus ansias de libertad. El largo brazo de Occidente cercenó la vida de algunos de esos dirigentes, como en los asesinatos de Patricio Lumumba y Amilcal Cabral, ya probados. En otras ocasiones azuzaron guerras fratricidas y desestabilizaron a las nacientes naciones o sobornaron a sus clases dirigentes que terminarían traicionando a sus pueblos sin escrúpulo alguno. La potencia económica y tecnológica de Occidente fue demasiado fuerte para estos pueblos, que nunca tuvieron soberanía económica, y que se vieron forzados a acatar el rol que se les tenía asignado en el mercado global: proveedora de materias primas para las florecientes empresas del mundo desarrollado, sin que sus ciudadanos salgan nunca de la pobreza mientras se llevan sus riquezas: oro, diamantes, coltán, petróleo, gas, fosfatos, cacao o safarís. Ahora entendemos aquella frase de Mohammed Alí cuando se negó a ir a la guerra de Vietnam “¿Por qué un negro como yo tiene que ir a matar amarillos para mayor beneficio de los blancos?”.

Hoy, los hijos e hijas de África arriban a las costas de Europa, no buscando venganza o justicia histórica, que razones no les faltan, sino un trabajo digno para ganarse la vida y ayudar a los suyos, a los que quedaron en África, aquel continente al que tanto saquearon y al que tanto le debe Europa pero la respuesta de ésta, en su conjunto, y de su extensión cultural de ultramar, los Estados Unidos, es desalentadora y suicida, prefieren poner muros de contención y, como mucho, dar algunas migajas para la ayuda al desarrollo, en vez de acometer una reconstrucción de lo que llevan siglos devastando. Solo el presupuesto en defensa de un año de EE.UU y la OTAN bastaría para ello, pero prefieren despilfarrarlo en la maquinaria de guerra y muerte que tanto ha seducido a Occidente históricamente. Así es y así nos va, luego se van dando lecciones de ética al resto del mundo, cuando en realidad lo que hemos exportado es barbarie.

                               Gerardo Rodríguez, miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC




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