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La artesanía no vive de ferias

«Defender nuestra artesanía significa, ante todo, garantizar que quienes se dedican o quieran dedicarse a ella puedan vivir dignamente de su trabajo»

Sara Hernández, portavoz de Drago La Palma

A mediados del mes pasado se celebró, como cada agosto, la Feria Insular de Artesanía de La Palma. No se si ustedes tuvieron la oportunidad de acercarse hasta el Puerto de Tazacorte, yo fui a la inauguración, y reconozco que mi primera reacción al entrar en aquella carpa fue querer salir de allí cuanto antes. El calor era insoportable.

Y eso que yo estuve un rato nada más. Las artesanas y artesanos tuvieron que permanecer allí durante tres días más, de la mañana a la noche, atendiendo sus puestos y tratando de vender su trabajo.

No esperaba, desde luego, que el actual Grupo de Gobierno aprovechara la Feria Insular para descubrir las virtudes de la adaptación climática, la verdad. Pero, sabiendo el calor que ya se había sufrido en la edición anterior y las temperaturas previstas para esos días en Tazacorte, que nadie en ese Cabildo pensara siquiera en algo tan elemental como dotar aquella carpa de ventilación forzada, climatización por nebulización o algún espacio fresco donde poder descansar me parece, cuanto menos, de una irresponsabilidad difícil de justificar. Teniendo en cuenta, además, la elevada edad media del sector y que quienes participaban iban a pasar allí jornadas enteras.

Puede parecer una anécdota, pero creo que este hecho es representativo de algo mucho más profundo. El poco cuidado con las condiciones en las que artesanas y artesanos tuvieron que pasar cuatro días en la principal feria del sector es también una buena metáfora del poco cuidado que durante demasiado tiempo ha mostrado la institución cabildicia hacia quienes sostienen nuestra artesanía.

Se llenan la boca hablando de nuestras tradiciones, de nuestra identidad y de la importancia de conservar nuestros oficios. Los bordados, la seda, la cestería, la cerámica o la madera aparecen continuamente en campañas institucionales, ferias turísticas, discursos y fotografías promocionales. Para enseñar la artesanía palmera y utilizarla como símbolo de la isla nunca faltan oportunidades. Pero lo que parece costar bastante más es cuidar a las personas que la hacen y construir las condiciones necesarias para que puedan seguir haciéndola.

Y no será por falta de diagnóstico. En 2008, el Programa Comarcal de Desarrollo Rural de ADER La Palma advertía ya de las dificultades para convertir la artesanía en una actividad económica estable, de unos canales de comercialización rudimentarios, de la elevada edad media del sector y de los problemas para transmitir los conocimientos y garantizar el relevo en buena parte de los oficios.

Dieciocho años después, resulta difícil escuchar el mismo discurso sin preguntarse qué se ha hecho durante todo este tiempo. En la inauguración de la Feria Insular de Artesanía de este año, el presidente del Cabildo, Sergio Rodríguez, volvía a hablar de la necesidad de «cuidar y preservar este arte que nos identifica», mientras desde el área de Artesanía se insistía una vez más en la visibilidad y el relevo generacional.

Cuando casi dos décadas después seguimos escuchando las mismas palabras, el discurso institucional empieza a oler a rancio. Gobierno tras gobierno se habla de preservar, visibilizar y «poner en valor» nuestra artesanía, mientras las políticas siguen moviéndose demasiadas veces en la superficie de la promoción, las ferias, los talleres y las campañas que utilizan nuestros oficios como escaparate de la isla. Entretanto, el sector agoniza sin que se haya afrontado buena parte de los problemas estructurales que estaban perfectamente diagnosticados en 2008.

Hacer de la artesanía una profesión

Una de las artesanas con las que hablé estos días para preparar el artículo me señalaba que a veces olvidamos lo más obvio, y es la cantidad de tiempo que requiere la artesanía. Muchas horas, a veces días, para producir una sola pieza. Sin embargo, a quien intenta vivir de un oficio artesano se le pide que, además de producir, venda, lleve las redes sociales, prepare envíos, solicite subvenciones, se inscriba en ferias, resuelva trámites administrativos y, muchas veces, dedique también parte de su tiempo a gestionar voluntariamente una asociación.

Profesionalizar el sector no puede significar pedirle todavía más a la persona artesana. Tiene que significar profesionalizar el ecosistema que la sostiene.

Casi veinte años después de aquel diagnóstico de ADER, la comercialización sigue siendo uno de los grandes problemas. Seguimos esperando que una artesana abandone durante días su taller para ponerse detrás de un puesto, mientras los puntos de venta del Cabildo funcionan en horarios administrativos y cierran fines de semana y festivos.

Necesitamos una estrategia real de comercialización: una plataforma común que no se limite a mostrar productos, sino que facilite venta, envíos y logística; apoyo administrativo para que cada artesana no tenga que convertirse en especialista en subvenciones y trámites; y estructuras profesionales que permitan compartir gestión y costes, impulsando también cooperativas y otros proyectos colectivos.

Pero vivir de la artesanía también exige conseguir que lo que se produce dialogue con el presente. Otra de las artesanas con las que hablé insistía precisamente en la necesidad de innovar para conseguirlo.

Un estudio de 2023 del Ministerio de Cultura sobre los sistemas de formación y aprendizaje de los oficios tradicionales y saberes artesanos en España llega a una conclusión parecida. La continuidad de estos oficios requiere combinar los conocimientos tradicionales con diseño, gestión empresarial, digitalización, marketing e innovación, y señala que su adaptación a las necesidades actuales puede abrir nuevas oportunidades económicas y contribuir al relevo generacional.

Hay experiencias exitosas que nos podrían servir de ejemplo. La Universidad de Granada cuenta con una Cátedra de Innovación en Artesanía, Diseño y Arte Contemporáneo que desarrolla, entre otros, el proyecto ADA. En él, artesanas y artesanos trabajan conjuntamente con profesionales y alumnado del diseño y las artes en procesos de creación compartida, combinando el conocimiento de los oficios con formación en diseño, marketing o materiales y llevando ese trabajo directamente a los talleres para desarrollar nuevos productos y prototipos.

¿Por qué no hacer algo parecido en La Palma con las universidades canarias? Conectar a nuestras artesanas con alumnado y profesionales del diseño, Bellas Artes, ingeniería o marketing podría ayudar a acercar la artesanía a las necesidades del presente para, sin perder su esencia, encontrar nuevos usos y llegar a nuevos públicos.

Conservar una tradición no significa convertirla en una fotografía fija de lo que fue. También hay que permitirle —y facilitarle— evolucionar para que siga viva.

Hacer posible el relevo

Y después está uno de los conceptos que más se repite en los discursos institucionales: el relevo generacional.

Una de las dificultades que me señalaban las propias artesanas son los horarios. Aunque también existen actividades por la tarde, buena parte de la formación de la Escuela Insular se ha impartido tradicionalmente por la mañana, cuando muchas personas estudian o trabajan. En la práctica, quienes acuden mayoritariamente son personas jubiladas, cuando lo que necesitamos es conseguir que nuevas generaciones puedan aprender estos oficios.

Pero solucionar los horarios tampoco sería suficiente. Aprender determinados oficios no es cuestión de hacer un curso de unas semanas. Requiere meses o años de práctica junto a alguien que lleva toda una vida acumulando conocimientos y, durante ese tiempo, hay que vivir.

En este sentido, me gustaría compartir con ustedes el modelo de Castilla-La Mancha. Su Máster de Artesanía y Diseño Contemporáneo combina formación académica con cientos de horas de aprendizaje directamente en los talleres de maestras y maestros artesanos, con grupos muy reducidos, mientras el alumnado recibe además formación complementaria en diseño, gestión y herramientas digitales. La administración regional, además, bonifica el 95 % de la matrícula.

Es decir, se financian las condiciones para que la juventud pueda realmente aprender y continuar estos oficios, en lugar de pedirle simplemente que conserve unas tradiciones sin darle los medios para hacerlo.

La UNESCO propone precisamente incentivos económicos tanto para quienes transmiten estos conocimientos como para quienes los aprenden. Y el estudio del Ministerio de Cultura sobre los oficios tradicionales señala la necesidad de recuperar la figura del aprendiz y advierte de que una formación insuficiente reduce todavía más las posibilidades de relevo en profesiones ya envejecidas.

La Palma podría desarrollar un verdadero programa de maestra o maestro y aprendiz, remunerado y dirigido prioritariamente a aquellos oficios cuyo relevo esté en mayor riesgo, —como la alfarería con barro palmero o la latonería, por ejemplo— con formación estable y horarios compatibles con el trabajo y los estudios. Si de verdad consideramos estos conocimientos parte del patrimonio de La Palma, tendremos que dejar de limitarnos a hablar de la importancia de conservarlos y destinar los recursos necesarios para que haya quien pueda aprenderlos y continuar transmitiéndolos.

Menos escaparate y más futuro

Y para hacer buena parte de todo esto ni siquiera tenemos que empezar de cero. Tenemos una Escuela Insular de Artesanía que podría convertirse en el corazón de una verdadera política insular para el sector y reunir buena parte de las herramientas que hemos ido planteando.

Desde Drago La Palma creemos que es hora de cambiar las prioridades y poner los recursos públicos donde realmente hacen falta. Después de casi veinte años repitiendo los mismos diagnósticos, no necesitamos más discursos institucionales sobre la importancia de conservar nuestra artesanía mientras quienes gobiernan dejan que el sector agonice.

Dentro de unos meses volveremos a ver bordados, cestería, seda, cerámica y madera en fotografías promocionales, y el próximo agosto volveremos a escuchar discursos sobre identidad, patrimonio, tradición y relevo generacional. Pero una tradición no se conserva fotografiándola antes de que desaparezca.

Menos escaparate y más futuro. Defender nuestra artesanía significa, ante todo, garantizar que quienes se dedican o quieran dedicarse a ella puedan vivir dignamente de su trabajo.

Sara Hernández, portavoz de Drago La Palma

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