La Montaña de Valerón (Gran Canaria); lugar de veneración de la antigua Artevigua
El ser humano siempre necesitó ubicarse espacialmente para coordinar su subsistencia. Por lo tanto, formar parte de un espacio determina el modo de ser, una identidad, lo que acentúa el concepto de paisaje cultural. En esta zona de los altos de Gáldar cobra una dimensión exclusiva los núcleos de Barranco Hondo y Juncalillo, territorio modelado por los antiguos canarios y sus descendientes hasta bien entrado el siglo XX, con gran protagonismo de las casas-cueva. Se trata de uno de los mayores asentamientos trogloditas de toda Canarias, con más de 700 cuevas censadas. Es parte integral del paisaje cultural de Artevigua que hoy conocemos como Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2019.
La Montaña de Valerón preside el núcleo poblacional de Juncalillo y Barranco Hondo, siendo una atalaya idealizada de apariencia piramidal que destaca en el paisaje. Con sus 1.440 metros de altitud, permite una visión panorámica extraordinaria y sorprendente.
En las tradiciones culturales de numerosos pueblos, la montaña ejerce una atracción mística. Entre las concepciones mágicas de las poblaciones bereberes, la montaña es el elemento natural intermediario entre la tierra y el cielo, lugar de celebración de los principales rituales. De este modo, el concepto de montaña entra dentro del simbolismo de la ascensión y tiene carácter múltiple, ya que participa de la idea de centro. Es vertical, elevada, se aproxima al cielo y participa del simbolismo de la trascendencia. Como centro, sirve para manifestar las hierofanías atmosféricas y numerosas teofanías. Además, expresa también las nociones de estabilidad, inmutabilidad y hasta pureza. De una forma general, es a la vez centro y eje del mundo.
El poder simbólico del territorio es tan fuerte que supera la dimensión puramente material. Por ello, la apropiación del territorio no significa el dominio sobre la naturaleza, sino la adaptación al medio y a su carga espiritual.
Una montaña como la de Valerón se bendice o se diviniza y sigue siendo una montaña, aparentemente, nada la distingue de las demás. Pero, para quienes la sacralizaron, la realidad física transmuta en realidad sobrenatural, dejando de ser lo que era y cobrando un simbolismo particular. Ya no está en el caos del universo, siendo, por tanto, el primero y más sagrado de los santuarios, el arquetipo de todos los templos. Además, centro del pensamiento mítico, la cima de la montaña cósmica no solo es el punto más alto de la Tierra, es también el ombligo de la Tierra, el centro donde la creación comenzó.
¿Qué escondía la montaña de Valerón que el pueblo de Juncalillo siempre la veneraba? Hasta no hace mucho tiempo, los mayores se reunían en la cima en determinados momentos del año, conservada en la memoria genética de los actuales habitantes de Juncalillo y Barranco Hondo. Tal era su veneración y presencia que todavía se recuerdan algunos relatos, como el de una señora que vivía en la zona de Risco Caído; al hacerse mayor y no poder cruzar el barranco para ir a la montaña, mandó a poner una cruz en una loma de enfrente de su casa para que reflejara la cruz de Valerón y estaba tranquila porque tenía la montaña presente. En otro caso, también otra señora que iba siempre a la montaña, encendía un farol por las noches en la cima para que la gente tuviera presente la luz, nos cuenta Manuel Díaz de Juncalillo.
La devoción que la gente tenía por la montaña la recoge el cristianismo, colocando una cruz y un altar el 20 de octubre de 1914, siendo restaurada posteriormente el 26 de julio de 1992. La montaña de Valerón representa una formidable muestra de sincretismo cultural mediante la reinterpretación –no sustitución– religiosa de los nuevos elementos con sus significados. Los colonos europeos y la Iglesia católica reconocieron y utilizaron determinados conceptos culturales indígenas para ejercer su dominio, siendo la religión el principal asiento.
Dentro de los diferentes modelos de hibridación cultural, en la montaña de Valerón se utilizó la cruz como símbolo de cristianización, pues aquellos lugares más alejados por la orografía seguían siendo refugio de hábitos religiosos indígenas. La cruz era la forma más expedita y práctica para la evangelización en sitios apartados; fue el empeño de la jerarquía cristiana por eliminar antiguas prácticas “paganas y supersticiosas”.
Subir a la montaña de Valerón suponía todo un viaje de peregrinación hacia un estado liminar; representaba el tránsito de lo profano para alcanzar lo sagrado. Ascender con cada romería se convertía en una conducta ritual periódica y mecánica deseable por sus moradores, reforzando sus valores y sus lazos de hermandad. Es, de alguna manera, un formato de apropiación de un paisaje cargado de significado cultural que forma parte de la memoria individual y colectiva, y que se refuerza a través de comportamientos festivos e incluso rituales que se llevan a cabo en la cima de la montaña. Por lo tanto, cada vez que los peregrinos subían a la montaña de Valerón, lo hacían porque lo mandaba la tradición y la esperanza de alcanzar un bien concreto, sea en la dimensión material o en la espiritual. Es decir, se trata de un viaje individual o colectivo, con motivaciones religiosas, hacia un lugar considerado sagrado.
Historias ancestrales apuntan a diferentes marchas que se realizaban con ramas hasta la cima de la montaña. Esto nos introduce en las procesiones que realizaban los antiguos canarios con varas y ramas en las manos, cantando y gritando al cielo, levantando los brazos para pedir agua para sus sementeras. Juncalillo conserva una de sus tradiciones más arraigadas, la centenaria rama de Santo Domingo, celebrada en el mes de agosto. Los vecinos portan ramas de pino por caminos y veredas que depositan, como ofrendas, en el frontis de la parroquia. Evidentemente, se trata de la misma tradición, perpetuada en el tiempo, aunque el significado pueda haber variado.
¿Sería la montaña de Valerón un verdadero pilar del mundo para los antiguos canarios, incluso para los habitantes del entorno hasta bien entrado el siglo XX? Los canarios fueron unos efectivos organizadores del territorio en su proceder frente al cosmos. Eligieron determinados espacios ceñidos al entorno geográfico, siendo bien delimitados como Centros del Mundo. El simbolismo del Axis Mundi es bastante comprensible; el eje sostiene el cielo y asegura a la vez la comunicación entre cielo y tierra. En la montaña, cuya situación se concibe en el centro del mundo, los antiguos y nuevos habitantes de Artevigua podían establecer un diálogo con lo más sagrado.
El Centro es imprescindible en la organización espacial cosmológica; como eje de todo y comunicador entre los planos, utiliza las coordenadas de su mundo que se despliegan en diferentes direcciones, siendo el elemento que brinda coherencia al sistema. A través de este centro (por caso, la montaña de Valerón) se establece una ardua comunicación entre los planos espacial y temporal.
Por todo lo manifestado, debemos prestar mucha atención a la visión del paisaje que tenían nuestros ancestros para encontrar indicios sobre su ideología. En principio, un paisaje es algo caótico y desordenado; sin embargo, la cultura incorpora principios cosmológicos y simbólicos que se precisan desde la misma cima de la montaña para establecer el orden y la armonía. La mente de los antiguos canarios, combinando la imaginación y la realidad, es capaz de superar la fijación del espacio y expande el tiempo circular en absoluta armonía.
Aparte del calendario solar, los antiguos canarios usaron igualmente el calendario estelar de la madre Guayarmina (estrella Canopo). Su orto y ocaso helíaco (antes del amanecer) son el 15 de agosto y el vespertino (después del atardecer) el 2 de febrero. Sobre la cima de Valerón, estas dos fechas adquieren una dimensión extraordinaria.
Cada 15 de agosto, coincidiendo con la aparición de la estrella Canopo sobre el horizonte, después de cuatro meses oculta, el sol emerge por la destacada Montaña del Centeno y se oculta por el Pico Teide. Es probablemente una de las imágenes más sobrecogedoras que se puede admirar desde la cima de Valerón.
El 2 de febrero, el sol sale por un roque destacado en el paisaje cercano (el Lomito del Chorro) y se oculta por la rocosa Montaña de Altavista, la antigua Azaenegue. Este topónimo es traducido por el filólogo Ignacio Reyes como Assa-enneg, que podría entenderse como «llegada del alba» o lugar para contemplar la «más alta vista».
El nivel de conocimiento antropofísico no admite ninguna duda sobre la forma de actuar para organizar un sistema que les permitía ordenar su mundo. De este modo, la sacralización de la montaña de Valerón viene ponderada por estas religaciones espacio-temporales. Superó el tiempo y quedó en la memoria de los habitantes de Juncalillo y Barranco Hondo.
La montaña de Valerón debe ser resignificada también desde la mirada de los antiguos canarios como memoria de sus ancestros y la causa de su idea de cosmos. Los actuales habitantes de estos pagos son los herederos de un patrimonio ancestral que debe permanecer y ser protegido a través de su legado histórico-cultural.
Agradecimiento a Manuel Díaz de Juncalillo.
Miguel A. Martín González
Historiador y profesor





