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La última colonia turística

El fascismo del siglo XXI rara vez entra gritando. No necesita marchas militares ni uniformes negros para imponerse. Ha aprendido algo fundamental: en una sociedad cansada, precarizada y saturada de información, el poder ya no se construye solo mediante la violencia visible, sino también a través de la normalización cultural. A través de discursos aparentemente razonables. A través del miedo. Del cansancio. Del “no hay alternativa”.

Mientras el planeta se calienta a una velocidad sin precedentes, mientras los océanos baten récords históricos de temperatura y los incendios devoran territorios enteros, una parte del poder político y económico internacional ha decidido que el verdadero enemigo no es el colapso climático. El enemigo es quien lo denuncia.

En la última década, numerosos investigadores han comenzado a utilizar un concepto incómodo pero cada vez más necesario: “fascismo fósil”. Un término que describe la alianza entre sectores de extrema derecha, intereses económicos ligados a los combustibles fósiles y movimientos políticos que convierten la transición ecológica en una guerra cultural. No hablamos solamente de negacionismo climático. Hablamos de algo más profundo: la defensa agresiva de un modelo económico basado en la explotación ilimitada de territorios, cuerpos y recursos naturales.

El nuevo fascismo no necesita quemar libros si consigue secar territorios enteros mientras convence a la población de que destruir su propia tierra es progreso.

Porque el problema nunca ha sido únicamente el petróleo, el gas o el carbón. El problema es el sistema de poder que los sostiene. Un modelo que necesita crecimiento constante en un planeta finito. Que necesita mano de obra barata. Que necesita territorios sacrificables. Que necesita convertir cualquier crítica social o ecológica en una amenaza contra “la economía”, “la libertad” o “el empleo”.

Y ahí aparece uno de los elementos más peligrosos de este fenómeno: la utilización de instituciones intermedias —medios de comunicación, lobbies empresariales, fundaciones, tertulias, redes sociales, plataformas políticas y determinados aparatos culturales— para fabricar consenso y desacreditar cualquier alternativa. El objetivo es sencillo: convencer a la población de que no existe otro camino posible que seguir explotando hasta el agotamiento.

Primero fue el negacionismo climático. Después llegó el ataque contra el ecologismo. Más tarde contra el feminismo, contra los movimientos sociales, contra quienes defienden límites al crecimiento turístico o cuestionan el modelo extractivo. Todo queda conectado bajo una misma lógica: proteger un sistema económico que necesita consumir cada vez más territorio, más energía y más vidas.

Y aunque muchas veces estas dinámicas se analizan desde una perspectiva global —Estados Unidos, Brasil, Europa del Este—, lo cierto es que también tienen una expresión concreta y reconocible en Canarias.

Porque las islas, por su fragilidad territorial, por su dependencia económica y por su condición periférica, se convierten en laboratorios perfectos del capitalismo extractivo moderno.

Aquí el petróleo no siempre sale del suelo. Aquí se quema en aviones. En macrohoteles. En desaladoras funcionando sin descanso. En autopistas saturadas. En millones de turistas anuales vendidos como única posibilidad de supervivencia económica.

Canarias no es ajena al fascismo fósil. Canarias vive dentro de una de sus formas más sofisticadas.

Antonella Aliotti

Feminista Radical Antirracista

Defensora de la Casa Común

Activista DDHH y Sociales

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