Nostalgia

Iba por la calle, cabizbajo, y solo podía pensar en ir a un bar. Abrí la cartera y solo tenía un billete de cinco euros y tres monedas de dos céntimos.

-Supongo que si quiero emborracharme tendré que ir al súper.

Levanté la vista y el sol me dañó los ojos. Suspiré mientras veía los puntos que te dejan la luz y agaché la cabeza de nuevo.

“No pienses” me dije mientras tenía los ojos llorosos. “No lo hagas” reafirmé. Levanté la vista y te vi, ahí en la esquina que tenía a diez pasos. Solo fueron milésimas de segundos, pero te vi.

-Maldita sea.

Mis pasos se convirtieron en zancadas para llegar ya a la nevera que tendría mi consuelo. Cuatro litronas y una botella de vino barato. Si me las bebía rápido, podría emborracharme tal y como esperaba.

Entré en el supermercado y vi tu rostro en el reflejo de la botella de vino. Pensé en un zumito. Agarré las cinco botellas y con torpeza llegué la caja sin que se me cayesen y las dejé.

-Una bolsa, por favor- dije algo dolido a la cajera, que con una amargura similar parecía dármela. “¿Por qué no me la ofreció? ¿Acaso cree que me las llevaré así? ¿Es imbécil? ¿O tal vez está tan triste como yo?”, pensé.

-Cuatro con noventa y dos- dijo la cajera con la voz apagada.

Pagué y me fui con la bolsa que inclinaba mi cuerpo hacia la izquierda por el peso. “Odio no llevar dos bolsas que me equilibren”, me dije, y me la puse al pecho, sujetándola con una mano debajo. No me quedaba otra elección que levantar la vista y tener que verte acechándome de nuevo. “¿Por qué? ¿Por qué sigues ahí si no hago más que ahogarme en desesperación y alcohol? El alcohol no soluciona nada pero tampoco lo hace la leche.”

Llegué a mi portal. Suspiré. Metí la llave en el cerrojo y abrí la puerta, y un sofoco taladrante hirió mi estómago. Di tres pasos y me senté pesadamente en las escaleras.

Con los codos sobre las rodillas, tapaba con las manos un rostro pálido y humedecido por una fiebre que perdura desde que te fuiste.

La angustia subió lentamente por la garganta hasta que salió como si de vomito se tratase, y empecé a sollozar.

-¿Por qué?- dije con un suspiro ahogado.

-Porque te lo mereces- respondiste.

Me levanté y decidí ignorar esas palabras, esa voz. La angustia desapareció con la idea de la embriaguez. Embriaguez y más embriaguez serían los días que me quedaban.

Pasaron tres horas y ya lo había bebido todo. Ahora tocaba dormir y volver a soñar cómo te maté, conduciendo, tú dormida en el asiento del copiloto, tan hermosa como siempre, y yo cerrando los ojos dos segundos antes de chocar contra el camión.

-Debía ser yo- me decía cada noche antes de dormir.

 

 

 

 

Elvis Stepanenko

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