Una nueva agresión al patrimonio indígena en La Gomera
“Lo que fue conservado durante siglos, gracias a la discreción de magos y cabreros, ha sido trivializado y destruído en pocos años de exhibicionismo digital”
La Gomera es probablemente una de las islas del archipiélago con mayor volumen de yacimientos indígenas por metro cuadrado. Su limitada expansión urbanística, en parte condicionada por su particular orografía y su baja densidad demográfica, entre otros factores, han propiciado la conservación hasta el presente de una actividad económica relacionada con prácticas tradicionales y por ende permitiendo la conservación material que ha servido como un vínculo emocional directo con el mundo indígena.
Si bien su población natural se ha mantenido estable en comparación con otras islas, en tiempos recientes se viene produciendo otro fenómeno que sin duda está generando controversia por la forma en que acontece: la llegada de “europeos” con un perfil aventurero, que pese a contar en muchos casos con medios económicos suficientes, deciden vivir la experiencia “silvestre” de ocupar cuevas y otros abrigos naturales, tratándose en muchos casos de espacios con un elevado valor arqueológico, por contar aún con testimonios materiales de la población originaria que ya habitara el territorio antes de la conquista europea en el siglo XV. La vida “natural” y “libre” de estos privilegiados aventureros, ya ha comportado graves consecuencias en el pasado, con incendios provocados por imprudencias, destrucción de yacimientos, alteración de espacios patrimoniales y afectación sobre el propio ecosistema. En muchas ocasiones la llegada indiscriminada de estos “personajes” ha supuesto el establecimiento de auténticas comunas conformadas por decenas de extranjeros, que hacen uso de nuestros ecosistemas para vivir su “idilio nómada”. Así, barrancos convertidos en letrinas, cuevas alteradas, acumulación de basura y fiestas de todo tipo, se dan sin control ni medida alguna. Cabe decir que este tipo de “comunidades nómadas” no son exclusivas de La Gomera. Es un fenómeno ampliamente extendido por todo el archipiélago.
Pero no son solo los “extranjeros asilvestrados” quienes ponen en riesgo nuestro patrimonio natural y arqueológico con su particular estilo de vida y desconocimiento de qué valores existen en su “hogar elegido”. A esta amenaza también se suma la más reciente fiebre “expedicionaria” que ha convertido determinados espacios patrimoniales en lugares de recreo y exposición en redes sociales. Por unos “me gusta”, lugares que llevaban siglos conservando la huella ancestral de nuestros antes, han pasado a ser un teatro de vanidades, en donde todo queda expuesto y al alcance de cualquiera. La ausencia de educación patrimonial y de políticas de protección y conservación efectivas promovidas por las autoridades, propician que muchos de estos “buscadores de tesoros digitales” no cuenten con un mínimo de nociones sobre “cómo actuar” al acercarnos a este tipo de espacios tan vulnerables. La falta de respeto a los bienes indígenas, una educación aculturizante auspiciada por siglos de colonialismo, el afán de acumular tesoros arqueológicos para colecciones particulares o el simple afán de reconocimiento público en redes sociales, han provocado que muchísimos yacimientos hayan sido dañados permanentemente en los últimos años.
Lo que fue conservado durante siglos, gracias a la discreción de magos y cabreros, ha sido trivializado y destruído en pocos años de exhibicionismo digital. Lo más grave es que aquellas últimas cuevas funerarias, que por su difícil acceso habían escapado del expolio perpetrado de manera intensiva durante los últimos dos siglos, son ahora objeto de deseo para estos “buscadores”. Drones, equipos de escalada y emplazamientos secretos revelados a voces en redes, facilitan un expolio indiscriminado que amenaza con desaparecer los últimos rincones en los que nuestros ancestros, pese a todo, descansaban en relativa paz.
Nuevo caso en La Gomera
El más reciente caso en La Gomera, supone un ejemplo de todo lo anterior. Tras un aviso vecinal y la divulgación de un vídeo en el que se mostraban restos humanos en el interior de una cueva, las autoridades locales fueron puestas en alerta, al tratarse, según constataron los expertos, de un espacio sepulcral indígena, que había permanecido relativamente inalterado durante siglos. Si bien los vecinos de la zona conocían de su existencia, el respeto y discreción hacia estos lugares sagrados, había prevalecido, permitiendo su conservación. Nos parece sumamente triste, que a causa de esta divulgación injustificada, esos restos mortuorios de los antepasados gomeros, hayan debido ser extraídos del lugar que en su día eligieron como lugar de descanso eterno. Huesos y cráneos en bolsas, que muy probablemente acaben dentro de una caja o en el fondo de un almacén, cuando no, exhibidos en vitrinas en algún museo como si de objetos de colección se tratase. No olvidemos que hablamos de personas, que vivieron, amaron, sintieron, lucharon contra el dolor y la muerte, y cuyas familias cumplieron con su última voluntad acerca de dónde querían ser depositados al fallecer.
La muerte formaba una parte central de las creencias de los antiguos pueblos de canarias, integrándola plenamente en su día a día y encontrando en ciertas premisas espirituales, la necesaria trascendencia que dota a los pueblos de un elevado sentido de la moral. Lo que hacemos en esta vida presente, condicionará nuestra existencia del otro lado, una vez abandonemos el recipiente físico. Tales eran las creencias de los pueblos amazighes que poblaran el archipiélago y que aún hoy, siguen presentes, no solo en la sangre de sus descendientes sino a través de su hermosa huella material. Los lugares de enterramiento indígena, deberían ser respetados y contar con los debidos mecanismos de protección. A nadie le entra en la cabeza que un extranjero entre en un cementerio contemporáneo y lo ocupe para vivir o celebrar raves y mucho menos, que los restos de personas difuntas, fuesen profanados y saqueados para exhibir sus restos en museos o peor aún, en colecciones privadas en cualquier rincón del mundo. No permitiríamos que lo hicieran con nuestro abuelo o abuela ¿Por qué sí se permite con los restos de otros antepasados lejanos? ¿Acaso no eran personas? ¿O es que no los sentimos propios?
El desafecto que gran parte de nuestro pueblo siente hacia su pasado indígena tiene un claro componente cultural, producto de siglos de sometimiento y marginación. Hacernos ver el cráneo de un antepasado como un objeto de colección o una pieza de feria sujeta a exhibición, supone un logro para aquellos que llevan pretendiendo, durante demasiado tiempo, desligarnos de nuestra identidad y raíces. Por nuestra parte solo nos queda seguir promoviendo una adecuada ética patrimonial y divulgar el conocimiento necesario, que permita normalizar la labor arqueológica, lejos de imposturas y enajenaciones. Compartir el conocimiento y luchar frontalmente contra todo aquel que siga viendo en nuestro legado material indígena un producto de marketing digital o un tesoro que llevarse a casa, privando a las generaciones futuras de su sentido de pertenencia.
Defendiendo el legado superviviente




