Viento oxidado

Ya han pasado tres años desde que empezó la guerra. Marina Raskova se preparaba para meterse en el engrasado biplano. Mientras caminaba junto a sus compañeras poniéndose los guantes y ajustándose el casco, los hombres las miraban con ojos de lobo mientras soltaban piropos obscenos.

Su regimiento estaba integrado completamente de mujeres y, a pesar de ganarse la fama de Las Brujas Nocturnas gracias a los estragos que causaron a los nazis con avionetas completamente obsoletas, eran infravaloradas. Raskova era la mejor y a pesar de demostrar tantas veces que era digna de respeto, ser mujer la forzaba a tener que estar siempre demostrando su valía para  acallar las vejaciones de sus camaradas.

-¡A por ellos!- gritó desde la pista de aterrizaje a los demás aviones que se preparaban para despegar- ¡Suerte! ¡Y acabemos con unos cuantos!- gritó esta vez a su alumna sentada detrás.

Y despegaron a la batalla, haciendo rugir los motores mientras se elevaban hacia el cielo.

Había nervios y miedo en el corazón de la piloto, pero también un odio por los nazis tan grande que pensaba con la mente fría, no dejándose llevar por los impulsos que le podrían costar la vida en cualquier momento. La preocupación, sin embargo, venía de que ellas bombardeaban de noche, pero ahora los aviones enemigos se acercaban a la base para bombardear a los soviéticos. Debían repeler el ataque.

Tras media hora de vuelo, divisaron los aviones nazis y se acercaron unos a otros en línea recta hasta que en el epicentro los aviones empezaron a hacer maniobras con la belleza de un huracán y, en medio de él, Marina vio el avión de un As de la aviación alemana. Se decidió a derribarlo sin pensárselo dos veces.

Los aviones alemanes eran más rápidos y modernos, y aunque la chatarra que pilotaban las soviéticas era lenta, también era muy maniobrable, por lo que sería difícil para los veloces aviones acertar algún tiro.

Mientras el As maniobraba para hacer un lazo y pillar por detrás a una avioneta soviética, Raskova apretó el gatillo tras apuntar sin dudar de que acertaría, y mientras ella salvaba a una compañera, a su biplaza le llegó el impacto dos balas en el tanque de combustible. Maniobró para intentar derribar otro avión alemán, pero tuvo que pensar inmediatamente en donde aterrizar. Miró y vio al As alemán planeando para aterrizar sobre el campo mientras salía humo de su avión.

-¡Capturemos a ese!- chilló, y siguió la estela grisácea.

Cuando aterrizaron, con una pistola en la mano, Marina Raskova se acercó y miró al piloto, que se hallaba desangrándose sentado con la espalda apoyada sobre su avión. La bala le había llegado al brazo izquierdo y se había posado cerca de su corazón. El As levantó la mirada y se veía incrédulo de que no solo le hubiese derribado un avión tan anticuado sino que también fuese una mujer.

En ese momento en el que el delirio y las ganas de fumar le dominaban, se sacó de la chaqueta una caja de tabaco con la diestra y buscó un encendedor, pero no lo encontraba. El hombre sonreía y se podía ver cómo se maldecía, cómo, a pesar de todo, no podría fumarse un último cigarrillo. Marina se agachó y le encendió el cigarrillo, que a la base se había teñido de rojo.

Spasiba– dijo el alemán mientras le daba la cajetilla a Marina como ofrenda.

Ella sacó un cigarro y se sentó a su lado. Ambos levantaron el cuello y miraron como las rusas hacían que los alemanes tuviesen que retirarse. Para cuando el cigarrillo de Marina se terminó, miró a su lado y vio al alemán inmóvil, con medio cigarrillo de ceniza colgando de la boca, como si se resignase a caer a pesar de ya estar quemado.

Elvis Stepanenko

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