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Correr sin ver, pero sin dejar de avanzar

Jesús Cristóbal Socas Trujillo: “Las OCR me devolvieron las ganas de vivir”

Jesús Cristóbal Socas Trujillo es docente de refuerzo escolar especializado en física y matemáticas, escritor de dos libros —Relatos contra el olvido y Negocios de Cuerpos y almas— y actualmente trabaja en una tercera obra. También es creador y desarrollador de proyectos sociales, reconocido como ejemplo de rol social por la Comisión Europea.

Canario, natural de la isla de Tenerife, concretamente del Valle de la Orotava, ha construido su vida entre el aula, la escritura y el deporte, donde ha encontrado una de sus mayores vías de transformación personal: el OCR (Obstacle Course Racing), una disciplina de resistencia y obstáculos en la que compite siendo una persona con baja visión.

Su historia no habla de límites, sino de adaptación. No habla de lo que falta, sino de lo que se construye cuando el terreno es incierto y el avance depende tanto del cuerpo como de la percepción.

Me considero una persona cariñosa, observadora dentro de mis limitaciones, un enamorado de la física y de las matemáticas. Escribo, enseño y desarrollo proyectos, pero sobre todo quiero que se entienda algo: las limitaciones, dentro de lo posible, se pueden superar.

Su llegada al OCR fue casi casual, guiada por un antiguo entrenador, Fran, hoy en el Gym Bahía de Puerto de la Cruz. Él le propuso un reto que acabaría transformándose en algo mucho más profundo: “Me enamoré de este deporte y de la gente que lo rodea”.

En lo físico y en lo mental, el desafío ha sido constante. Especialmente en la suspensión, donde no hay certeza de lo que vendrá después del siguiente agarre. El miedo a lo desconocido y la duda interna forman parte del recorrido. “Sé que probablemente no seré de los mejores, pero quiero demostrar que este deporte también es nuestro, también es posible para personas con diversidad funcional”.

Para él, el miedo no es un freno, sino una condición natural de la vida. “Lo veo como la vida misma. Nunca puedes anticipar lo que viene, pero eso no te detiene. Este deporte —como la vida— va de avanzar sin certezas, de arriesgar incluso cuando no ves el final”.

Uno de sus momentos más significativos llegó en la Última Berserker. El apoyo del guía, las voces de sus compañeros en la subida del monte, la energía colectiva empujando en mitad del esfuerzo. Aunque fue descalificado, la sensación fue otra: “Sentí que puedo hacerlo cada vez mejor”.

En las OCR, la individualidad convive con una fuerte comunidad. “Todos nos apoyamos. Incluso cuando ves caer a un rival, no te alegras, porque sabes que si él se hace más fuerte, tú también te verás obligado a superarte”.

Su historia ha comenzado a resonar más allá de las carreras. Personas que se acercan a felicitarle, otras con diversidad funcional que le escriben preguntando cómo empezar. No buscan un camino fácil, sino un camino posible. “Pequeñas adaptaciones pueden abrir un mundo entero”.

Entre esas adaptaciones menciona la figura del guía en carrera o paneles táctiles antes de los obstáculos de suspensión. Cambios pequeños en apariencia, pero enormes en impacto.

Las OCR, dice, le han devuelto algo esencial: “Las ganas de vivir”. Le han dado naturaleza, libertad, superación y la posibilidad de formar parte de algo más grande, un deporte que exige mejorar sin perder la humanidad.

Cuando todo se complica, se aferra a lo esencial: la libertad de moverse, el contacto con la naturaleza, el tacto de los obstáculos y el impulso de seguir avanzando incluso sin certezas.

Su percepción del mundo también ha cambiado. “Ahora siento el obstáculo, sus marcas, los materiales. He aprendido a anticiparme a lo desconocido desde el cuerpo, no desde la vista”.

A veces, reconoce, su forma de competir es malinterpretada. “Creen que soy antipático cuando no reaccionó en momentos de mucho ruido o tensión, pero es concentración. Es saber exactamente qué estoy tocando y cómo debo agarrarlo”.

Esta misma semana afrontará uno de sus mayores retos: la OCR 100 dentro de la Olympus Race, que tendrá lugar en El Tarter, Andorra. Una prueba de apenas 100 metros, pero repleta de obstáculos encadenados que exigen reacción inmediata, precisión y toma de decisiones en fracciones de segundo. Una prueba ya compleja para cualquier atleta, pero aún más exigente en su caso debido a su baja visión. Aun así, afronta el desafío con determinación, decidido a seguir avanzando hacia sus sueños.

Si tuviera que dejar un mensaje, lo tiene claro: “Nunca alcanzamos nuestra cima. Siempre podemos superarnos, pero sin perder el amor y la diversión que deben importar”.

Y si algún día su nombre queda en la memoria de alguien, le gustaría que fuera sencillo y directo: como Suso, “ese jodido topo que lo intentó, que pudo, y que si no podía… seguía intentándolo hasta lograrlo”.

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