El orgullo de una madre

Una mañana, una joven madre decidió ir a visitar a su abuela.La pobre mujer llevaba meses ya en cama, inmóvil, ausente. Su nieta, por un extraño miedo infundado y refugiándose siempre en su rutina injustificadamente inviolable, retrasaba su visita. Pero ese día, la joven se levantó con las fuerzas necesarias para enfrentarse a ese duro momento.

Cuando la joven madre acompañada por su pequeña hija entró de nuevo en la casa de sus abuelos, sintió que había regresado a su origen, a su casa. Corrió hasta la habitación donde se encontraba la que siempre había sido una gran mujer y una abuela dulce.Se acercó a la cama donde descansaba la mujer y le pidió a su niña,que le diera un beso a la bisabuela. La niña la besó con ternura y miró como su madre también hacía lo mismo, pero con un amor infinito. Cuando la joven madre mostró su amor con ese pequeño acto, un recuerdo de su infancia se hizo nuevamente presente. La que por aquel entonces era una niña le preguntó a su abuela: “Abuela, ¿por qué no todas las personas del pueblo enseñan a silbar?” La joven abuela de aquellos días pasados, miró con ternura a su adorada nieta y le respondió con otra pregunta: “¿Estás orgullosa de tu abuelo linda flor?”. La joven madre repitió mentalmente en ese mismo momento la respuesta que le dio a su abuela aquel día tan lejano en el tiempo, pero tan presente en su corazón. “Sí abuela. Estoy orgullosa de mi abuelo. Estoy orgullosa porque es un hombre sabio”

-¡Sí, mi niña! Tu abuelo -le interrumpió la abuela- es un hombre que trabaja en el campo, que ayuda a sus vecinos y que enseña todo lo que sabe a las personas que le están cerca. Tu abuelo mi linda flor del higo pico, es un buen hombre. Orgulloso de sí mismo y de su tierra. Por eso mi niña, quiere que tú también aprendas lo que él sabe. Cariño mío, tú también bebiste la leche del gánigo.

-¿Cuándo abuela? ¿Qué gánigo? -preguntó la orgullosa nieta-.

-¡Ay, mi niña!-respondió la abuela- Hay cosas que no sabes que tienes dentro, pero cuando menos te lo esperes, lo sacarás a la luz. Tu abuelo y yo sabemos que eres especial. Eres como esa cabrita guanila que te gusta observar y a la que tu abuelo, tanto admira.

-¡Sí, ja, ja, ja!-reía y afirmaba la niña bonita de sus abuelos- Abuela -le confesó la niña-, abuelo me dijo que tengo que ser como ella. ¡Cómo una cabra, ja, ja, ja! Abuelo siempre me hace reír. Lo quiero mucho.

Los ojos de la joven madre se llenaron de lágrimas y su hija, que observaba su comportamiento extraño, le preguntó: “¿Por qué lloras, mami?”. “¡Ven conmigo!” Le dijo la madre a la niña con entusiasmo y alegría.

La madre y la hija salieron al patio de la casa. Se colocaron junto al viejo y grande peral mirando al sol. La niña no entendía aquella situación y observaba con asombro a la madre. Ésta en cambio se sentía como hacía muchos años atrás. Dejó que en sus pulmones entrara todo el aire puro de la cumbre, colocó los dedos en la boca como su abuelo le había enseñado y silbó saludando al hombre ausente, llenando nuevamente las calles del pueblo con el recuerdo de su abuelo y maestro. Los vecinos al escucharla salieron a la calle y también ellos, silbaron saludando al hombre, al mago, al compadre, al amigo, al hermano, al vecino. Llenaron todos los rincones con la memoria, la nostalgia y la admiración por aquel hombre y su familia. La bisnieta llena de alegría y sorpresa preguntó: “¿Cómo haces eso, mami?” Y la joven madre le respondió: “Me enseñó el abuelo. Tu bisabuelo mi niña”.

Después de esta afirmación, el corazón de aquella pequeña nieta y ahora joven madre, se llenó del mismo orgullo que corría por la sangre de su abuelo. Magec que observaba todo desde lo alto, bendijo ese día al pueblo de la cumbre con un abrazo cálido y lleno de amor.

 

 

 

Banessa Bethencourt Mesa

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