Entre las Sombras (Mujer)

Fran era un joven curioso. Llevaba dos años en la universidad estudiando psicología simplemente porque le intrigaba el comportamiento humano ya que su infancia se plagó de maltrato escolar y familiar. Nunca fue agresivo y, aunque viviese en ese entorno, siempre le fascinó el porqué.

Trabajaba de camarero por la noche, descansaba hasta el mediodía e iba a clases de tarde. Tenía una novia con la que se reunía cada fin de semana para ponerse al día, pasar el rato con charlas sobre lo fascinante que es el comportamiento sociológico y hacerle el amor. En el fondo, él creía que podía llegar a casarse con ella.

En su edificio, tenía como vecinos a una pareja problemática. Esta pareja se lanzaba a los gritos y obscenidades a diario y todos los vecinos podían oírlo. Normalmente se mudan tras pasar el año de contrato por esta pareja, pero a Fran no parecía molestarle demasiado y el alquiler era barato asique nunca buscó otro lugar.

Una mañana, la discusión acabó con un fuerte golpe contra la pared y un portazo seguido de pasos rápidos por las escaleras. Preocupado, Fran se vistió y fue a llamar a la puerta. Una chica que parecía una modelo que lloraba de tantas drogas que había tomado le abrió.

-¿Va todo bien? Oí…- y la vecina se abalanzó sobre él para besarle. Fran la apartó.

-¿Qué haces? Venga, bésame.

-Soy el vecino y vine porque oí un golpe.

-Solo era el imbécil de mi ahora ex novio. Tiró una silla contra la pared porque está mal de la cabeza. Venga, entra.

-Tengo novia y la quiero. Bueno, me voy.

-¿¡Me rechazas!? ¡Será imbécil! -y dio un portazo en sus narices.

Fran bajó y no le dio importancia. Al día siguiente, tras volver de clases, encontró una nota que habían pasado por debajo de la puerta. “Soy la vecina. ¿Podrías venir cuando leas esto? Quiero disculparme”. Fran dejó su mochila y llamó a la puerta de la vecina.

-Entra.

Fran entró y atravesó el pasillo. Cuando llegó al salón, encontró a la vecina desnuda y con las piernas abiertas.

-¡Tómame! Soy toda tuya.

Fran se dio la vuelta y caminó rápidamente para salir de ahí mientras la vecina le insultaba y le suplicaba al mismo tiempo. Volvió a casa y nada más pasar una hora la vecina estaba en su puerta, esta vez vestida, llorando y suplicando el perdón.

-Vete o llamo a la policía.

-¿¡Ah, sí!? Pues llámales. Le diré a la frígida de tu novia que me lo hiciste y a los polis que me violaste. ¡Sí! ¡Te vas a enterar, maldito desgraciado!

Y entre súplicas e insultos, apareció la policía y la vecina solo pedía perdón con clamando que está desesperadamente enamorada. La policía le dio un aviso y por el resto del día no volvió a molestar.

Fran sabía que esto se le podía ir de las manos y llamó a su novia para explicarle lo ocurrido y ella quedó impactada, aunque lo entendió. Le preguntó si ella querría quedarse con él entre semana para que la “loca” le dejase en paz y accedió. Esa misma noche, se quedó en el piso sola mientras Fran trabajaba.

Volvió a las cuatro de la madrugada y al llegar al salón, vio a la vecina llorando en el salón.

-¿¡Pero qué haces aquí!?

-Ahora podemos estar juntos. ¡Ya sé cómo te llamas! Fran, que nombre más bonito. Yo soy Lucía.

-¿¡Cómo que estar juntos, maldita chiflada?!

Por los gritos, la novia que dormía en el cuarto salió escopetada.

Lucía se negaba a irse y Fran llamó otra vez a la policía y esta vez puso una denuncia. Sacaron a la vecina de la casa y la llevaron al calabozo a pasar la noche ahí y que se tranquilizase. Mientras tanto, los agentes le recomendaron mudarse inmediatamente y no revelar a la ligera donde se va.

Fran decidió mudarse inmediatamente mientras amanecía. Su novia le ofreció quedarse en su casa hasta que encontrase otro sitio y se pasaron la mañana moviendo las pertenecías de Fran. Para cuando Lucía hubiese vuelto, Fran habría desaparecido.

Pasaron semanas y todo había vuelto a la normalidad, pero Lucía no desistió y consiguió su nombre completo, su número de teléfono y la facultad donde estudiaba. Parecía un detective e iba preguntando sutilmente a los que parecían sus compañeros más cercanos, pero Fran nunca revelaba donde vivía y siempre volvía a su nueva casa en coche.

Un día le llegó una notificación de amistad junto con un mensaje diciendo que lo siente mucho y le gustaría hablarlo. La congoja de ver la insistencia de esa mujer era demasiado intensa y lo único que se le ocurrió en ese momento fue borrar todas sus cuentas sociales y cambiar su número de móvil tras hablar con su novia.

-Voy a tener que irme de esta ciudad… convalidar asignaturas y seguir el grado en algún otro lado porque esto es surrealista. ¿Y si le da por hacerte daño o hacerme la vida imposible? Porque esto es demasiado. No entiendo nada- le decía por teléfono.

E hizo como dijo, pero la novia había sido amenazada por Lucía para que le revelase el paradero de Fran. Más denuncias cayeron y la distancia y la locura hizo que la relación tuviese que terminar junto con todo contacto para que Lucía no volviese a amenazarla.

Pasaron unos años y Fran se estaba sacando un máster. Mientras estudiaba, le llegó una llamada.

-¿Hablo con Francisco? Verá, soy el psicólogo de Lucía. Le llamo para pedirle un favor.

El psicólogo explicó que Lucía había logrado progresar y le pedía si podía acudir a una consulta para ayudarla a acabar con la obsesión. Fran, tranquilo en su voz pero enfurecido en su interior, dijo que no y pidió que lo le volviesen a llamar y que, sobre todo, no le diese su número a Lucía. El psicólogo, ante la negativa, no pudo contener decir lo mala persona que era Fran por no querer ayudar, aun él siendo del mismo oficio y comprendiendo lo esencial que era.

-No me vuelva a llamar- y colgó.

Cuando pasaron unos meses, el psicólogo que conocía la dirección de Fran gracias a su extensa búsqueda a través de universidades, le mandó un paquete del tamaño de una caja mediana. Al abrirlo, Fran encontró lo que parecían más de cien cartas. Había una pegada a la caja, dando a entender que era la más importante y la leyó.

Lucía se suicidó. Me pedía que te mandase todas estas cartas y tuve que mentirle, pero ahora veo apropiado hacerlo. Es culpa tuya”.

Los ojos de Fran no mostraron emoción alguna. Suspiró con alivio e hizo de aquella nota una bola. Cerró la caja, cargó con ella hasta llegar a los contenedores y la tiró al de color azul.

Volvió a casa, se sentó en el sofá mientras se encendía la tele y, tras darle un sorbo a la cerveza que se había servido, sonrió.

 

 

Elvis Stepanenko

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